OPINIÓN: “Pregoneros” – ‘La trastienda’

Simples coincidencias.
Llevaba unos días dándole vueltas a este escrito, pero un cofrade -con
mayúsculas- se me ha adelantado en este mismo medio.

Pretendía comentar sobre los
pregones y sus voceadores. Acerca de lo que estos representan como parte
de esa tradición tan nuestra de anunciar algo entre versos y emociones; incidir
en lo hermoso de este papel eventual donde, por un momento, hacemos importante
lo que nos resulta común, por muy esperado que el evento sea.

Primero, la noticia por parte
del Consejo Local de Hermandades de la designación de mi compañero de
columna en IslaPasión, Antonio J. Campos, como exaltador
oficial
de nuestra Semana Santa. El lunes, el anuncio por parte de la Asociación
JCC
de la decisión de darle el martillo de la palabra, ante un paso
hecho ambón, a mi hermano Rafael Guirado (Guiri). Qué
buena vista haberlo nombrado para ponerle voz al sentir del cargador isleño.

Pregonar es el arte de pinzar
corazones
. No puede, lo veo así,
emocionar quien no siente lo que dice por mucho nombre y currículo que tenga.
Las palabras salen del corazón, aunque la cabeza las coloque para darle
sentido. Borbotones de sensaciones que son un géiser en erupción,
irrefrenable, imposible evitar que de su interior salga en explosión aquello
que bulle dentro.

¿Será éste el premio
de todo aquél que se ha dedicado a algo con tanta dedicación?

En mis tiempos de bisoñez
cofrade, el concepto pregón escapaba a mi juicio como acto
necesario, aunque  tenía en alta estima a
quien se atrevía a darlo. Hoy, algo menos inexperto, los alabo; porque hay que
ser valiente para mostrar aquello que sientes ante un auditorio de almas
que aman lo mismo que tú.

No me imagino qué sentirá Antonio,
cuando ante él, en el mismo estrado donde se gritó con efusión la palabra Libertad,
hace más de doscientos años, eleve su mirada más allá de las hojas que colocará
con determinación temerosa en el atril, y contemple la expectación de quienes
abarrotan el Real Teatro.

Incapaz soy de colocarme en
la situación de Rafael, para tener que hacer andar, con el mismo compás
emocionado que pedía bajo los palos, los latidos de aquellos que
realizan, como él, el mismo trabajo en las andas.

Es un don hacer que
las letras se unan en armonía y conmuevan, que generen pensamientos de
nostalgia, de alegría, de orgullo, de comunión, aunque ni tan siquiera conozcas
a quien esté a tu lado en ese instante. El pregonero tiene la misión de
presentar, sí, pero también la de hacer vibrar. Lo que escriba no es sino una
auténtica carta de amor. Líneas y líneas de pasión, basadas en momentos donde
fue amante devoto. Eslabones de experiencias que forman una cadena de la que no
es fácil liberarse, por ser parte de toda una vida.

En prosa o en verso, el
enamorado debe escribir besos, sin olvidar los malos momentos que sirven
de lecciones que ayudan a crecer, sin menospreciar el ejemplo de quienes le
precedieron, sin jactarse de su condición privilegiada, sin abandonar, en pos
del fervor de la ocasión, las realidades que hoy nos acompañan. A veces, los
besos se cubren de lágrimas
.

Difícil función. Bordar,
tallar, cincelar expresiones que conmuevan y remuevan de los asientos los
espíritus inquietos de unos y los serenos de otros, a ambos por igual.

Honrosa batalla, hasta el
mismo día donde lo escrito se haga voz, la que se os plantea.

¡Enhorabuena, pregoneros!

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