OPINIÓN: “Semblanzas cofrades (VI): ¡Al coqui huevo! – ‘La trastienda’

Y así comenzaba uno de los pregones más conocidos de nuestra
Semana Santa. Lo siento por los esencialistas que dan por hecho que el
primero lo ha dado siempre el azahar. No. Este era un [f]actor de relleno en el
anuncio de la cuaresma; uno efímero que, incluso, ni nos fijamos cuando se ha
ido. Los verdaderos protagonistas eran esos pregoncillos oficiosos que, de
forma velada, escribieron parte de las líneas y estrofas de los otros pregoneros,
de los oficiales; esos gastronómicos que han rellenado folios de verso, prosa y
recuerdos y que, inefables, han constituido páginas llenas de sabor cofrade.

Pregones de pastelería local, de gloria bendita, de dulce recurso,
de efluvios que salen zalameros coqueteando con nuestra pituitaria, flirteando
con nuestra gula, pecadillos para el estómago que, para qué negarlo, nos induce
a una felicidad que solemos agradecer.

He empezado por el coqui como podía haberlo hecho por los
roscos o las torrijas. Podía, también, haber hecho ayuno y haber pasado por los
alcauciles con chícharos, unos garbanzos con bacalao, babetas con caballa o el
bienmesabe en sobreusa, y es que si hay algo fuera del mero ámbito cofradiero
y, sin embargo, tan intrínseco en él, son estas delicias.

He dicho pregones y me reitero, porque mejor que estos poco
habrán que sepan describirnos y hacernos sentir la cercanía de esos días santos
y sus albures. Pocos como estos sabrán hacernos viajar hasta un Domingo de
Ramos o a un Viernes Santo. Pocos como estos serán capaces de afirmar que la
Semana Santa es algo íntimamente nuestro, más allá de lo que pensemos de ella. El
caramelo del penitente, largo y llamativo, pegajoso, cansino de consumir, capaz
de durarnos siete o más días; o los nazarenos, rellenos también de azucarado
manjar, con los colores de las cofradías de la ciudad, son las primeras páginas
de este pregón inmenso.

Pregón del rosco de La Victoria, La Mallorquina o la Nueva
Suiza. Pregones que, no por más citados, no por más repetidos, no por más escritos,
dejan de ser verdaderos, exclusivos, inimitables exaltaciones que, desde luego,
bien merecían su distinción en oro. No se puede hablar de roscos en minúsculas,
sino de Roscos; así, ¡en mayúsculas!, como reconocimiento a su papel de peculiar
embajador de esta tierra.

El olor de la miel esponjando las torrijas. Dulce universal
que se regodea en nuestros paladares, que se agarra a nuestras papilas y se
enquista en los recuerdos. El olor, tan nostálgico como exquisito del pan en
una sartén, friéndose e invadiendo poco a poco, pero con rotundidad, hasta el
último rincón del hogar. El perfume de la miel sobre aquellas rodajas, aún calientes,
derritiéndose, deleitándose, desparramándose en un lago goloso en el fondo del
recipiente…

Reconozco que nunca me gustaron las torrijas; me resultaban
empalagosas y pringosas. Fue una noche de Jueves Santo, antes de acudir ir con
un buen amigo a acompañarlo a San Francisco, pues era hermano del Silencio,
cuando subí a mi casa a ponerme ropa cómoda y desprenderme del terno que dicho
día requería. Al abrir la puerta, ese
intenso perfume que citaba me asió de la mismísima nariz y me llevó directo a
la bandeja de metal donde se disponían, en perfecto orden de revista, una
copiosa formación torrijera. Algo se despertó en mí. Un amor inaudito que dura
hasta hoy. Qué gran verdad que al hombre se le conquista por el estómago.

De cualquier tiempo: el arroz con leche. Pero, quiérase o no,
está tan ligado a estas fechas de cuaresma que, aun degustándose en verano, más
fresco que a temperatura ambiente, ese sabor acanelado le confiere una
distinción inseparable del susodicho Rosco o las torrijas.

¿Y las panizas? ¿Y las poleás? Vetusta historia del
acerbo de la restauración local. Aquiesencia de otros tiempos de verdadera
penitencia.

Y es que no sabe igual un café, una cerveza, un desayuno, una
merienda, incluso una cena, con el dosel de la cuaresma o la Semana Santa tras
ellos. No es igual agenciarse de un papelón de churros y un humeante chocolate un
día cualquiera a una mañana de Viernes Santo; no sabe igual un café a media
tarde cualquier día que en la de un Domingo de Pasión, dando descanso a las
piernas exhaustas y departiendo sobre lo visto y revisando el itinerario que
aún queda por recorrer. No es lo mismo tapear un día cualquiera que una parada
improvisada tras el Vía Crucis del Consejo o tras unos cultos cuaresmales, por
ejemplo. No sabe igual un almuerzo expectante un Domingo de Ramos, chaqueta
sobre el respaldar de cualquier restaurante, que en ese mismo lugar otro día
cualquiera. No saben igual las cosas, no.

Ya mismo hemos empezado la cuenta atrás con el Miércoles de
Cenizas, ahora es cuando comienzan las cocinas a darle forma al sabor de la
tradición de estas fechas, y tomarán un sabor especial aquellos momentos que
decía junto a las prebendas culinarias. Ese nosequé que atesoraremos en
una primavera más junto a otras vividas rememorando historias, a amigos que ya
no están, revisando lo que nos queda por delante o anticipando, con los dedos
cruzados por una meteorología bondadosa, lo que hemos esperado, con paciencia
cofrade, al aroma de una agradable charla.

¡¡Al coqui!! ¡¡Al
coqui huevo!!
¿No les ha entrado con este pregón hambre de Semana Santa?

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