Hermanos de Honor

No han sido los primeros, y espero que no sean los últimos que cierren la lista, pero indiscutiblemente, son los que ahora tienen que ser. Muy distintos en sus roles, comparten una misma devoción; diferentes panegíricos que confluyen en una única e inequívoca pasión. Así sería una primera aproximación para definir los tres hermanos de honor que la Archicofradía Sacramental de Medinaceli ha rubricado por aclamación en un cabildo esperado y planificado desde hace meses. Un mismo título para tres personas muy distintas que durante años han aunado sinergias y esfuerzos que han dado frutos de manera continua.

José Coto Rodríguez, Antonio Garnarez Acosta y Juan Ignacio Guerrero Pérez, han sido reconocidos con lo que podría ser la máxima distinción que, desde mi parecer y convencimiento, un cofrade puede tener por parte de su Hermandad. Los tres han trabajado desde hace años y continúan dedicando su tiempo, sus virtudes y habilidades, sin esperar contrapartida ni nada a cambio, en beneficio de su hermandad. Posiblemente porque en algún momento de sus vidas quedaron enganchados, por motu propio, en el compromiso irreversible de llevar a lo más alto a su hermandad.

Lo de irreversible lo subrayo, porque es aquí donde radica una de las claves que hay que tener en cuenta para entender y apreciar esta distinción de la que han sido objeto. Y es que, la moral individual que durante sus vidas les ha impulsado a actuar por y para su cofradía, no ha experimentado ninguna caída, no ha sufrido desvanecimientos, ni ha entrado en periodos de amnesia. Quizá si le dedicamos un minuto a buscar otros personajes que no cumplieron con esta moral indefinida, comprendamos mejor porque Pepe, Antonio y Juan son ahora hermanos de honor. El pundonor cofrade de los tres, los ha llevado a ser hoy quienes son.

Pero al mismo tiempo, el honor es ambivalente. Y somos el resto de los hermanos, la gran comunidad de cofrades, los que nos sentimos orgullosos y honrados por tenerlos entre nosotros y por haberlos llevado con nuestros votos e iniciativa a ser merecedores de este título. No sólo sentimos orgulloso de ellos los que hemos tenido la oportunidad legal de votar la iniciativa y asistir al cabildo, sino que, tomando el pulso fuera de la familia de Medinaceli, el sentimiento de muchos cofrades que leyeron la noticia ha sido igualmente de agrado y satisfacción. 

Sé y me consta que andan por ahí, por nuestras calles e itinerarios, por nuestras nóminas de hermanos, muchos más hermanos de honor que aún no han sido reconocidos. No hace falta que sean grandes oradores, ni rutilantes artesanos, no es condición indispensable que hayan ostentado cargos de relevancia. Sólo es necesario que su comunidad más cercana se mire en ellos y, sin manual ni protocolo, reconozca en esa persona que sin lugar a duda, se tiene ante sí a un hermano de honor. Hasta la fecha son muy pocos. Espero que se abra esta veda, con criterio, y que disfrutemos en vida de un buen ramillete de cofrades de honor.

Eduardo Coto Martínez

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