OPINIÓN: ‘Capuchinas cierra’ – Eduardo Coto Martínez

La salida de las madres capuchinas de la
calle Constructora Naval podría ser tema de debate durante años que nos echen.
Y los motivos, justificados o no, tendrán el peso que cada uno queramos darle y
según el lado desde el que lo analicemos. Pero si hay algo en lo que me ganaría
adeptos en una encuesta, es justamente que se podría haber gestionado,
tramitado y cerrado de otra manera menos dramática.

En los casi 22 años que llevo trabajando
para la misma compañía, he visto y presenciado multitud de jubilaciones de
compañeros que, tras dar todo lo que llevaban dentro profesionalmente, fueron
homenajeados y despedidos con la justa oportunidad de dedicar palabras y de
recibir abrazos y felicitaciones de los que seguimos en la brecha. Es normal, y
de bien nacido en ser agradecido.

El caso de las capuchinas me ha puesto en
reflexión y he querido extrapolar el caso a lo profesional; a lo que haría una
empresa con unos recursos humanos medianamente formados.

La pequeña empresa de servicios ubicada
en la calle Constructora Naval fue fundada hace más de un siglo y cuarto. Una
franquicia de éxito que aseguraba la atención del ciudadano y el compromiso de
rezos por la causa que fuera encargada. El staff siempre tuvo ese perfil
humilde y generoso que hoy se valora tanto y que muchas empresas buscan para
conseguir una plantilla acorde a sus clientes.  Como toda empresa de éxito, con el paso de los
años, fue innovando y adaptándose a los tiempos; costuras, pasteles, obleas
para hostias….y por supuesto, el producto estrella: rezar por todo lo que me
pidas.

Así pasaron los años, y pasaron las
crisis, y la pequeña empresa de servicios, fue escuchando cómo cerraban otras.
Pero en Constructora Naval mantuvieron el espíritu original y ni un solo día
dejaron de hacer lo mejor que sabían, rezar, pedir por otros y mostrar
amabilidad.

Pero como muchas historias, esta también
tiene un final. En este caso un final muy injusto. Quizá no el mejor de los
esperados, ni siquiera el más razonable. El final que se ha escrito en
Constructora Naval ha dejado perplejo a esta ciudad, porque lo que tendría que
haber sido un homenaje en toda regla, una despedida cómo mandan los cánones,
una salida digna y acorde a la entrega de tantos años, finalmente se ha visto
abocada a una situación tan indigna como inverosímil.

Esta comunidad de clarisas capuchinas,
tiene en su haber la medalla de oro de esta ciudad, y sin embargo, ¿alguien se
ha acordado de este detalle? Yo estuve el día que la concedieron, y os aseguro,
que había colores de todas clases en la calle.

Solo queda lamentar lo que ha ocurrido,
porque olvidar la estampa de cuatro septuagenarias  –por la parte más corta-  saliendo con lágrimas en los ojos, sin ni
siquiera tener oportunidad de recibir un merecido y caluroso abrazo de su pueblo,
antes de partir para no volver, es algo que se me antoja imposible. Desde
luego, que han sido valientes.

Siguiendo con la extrapolación inicial,
lo que aplicaría ahora sería analizar y aprender de los errores cometidos, si
es que no se quiere volver a tropezar. No hay que hacer grandes análisis si
someter el caso a un Kaizen en toda regla. Creo que bastará con hacer un poco
de conciencia.

Ojalá que la franquicia de Constructora
Naval siga dando servicio desde su nueva ubicación, porque sin duda, su
personal, sigue siendo tan válido como el día en que abrieron.

Eduardo Coto Martínez

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