Volveremos

Hoy hace exactamente dos años de la última vez que me revestí con la túnica. Poco podemos aportar en estas palabras para todo aquel que no banaliza este ritual, y es consecuente con el valor que este acto significa. De todo es conocido la trascendencia que le damos tanto el hecho de ponérnosla como el sentido de la misma y de la estación de penitencia. Cuando nos la colocamos caen sobre nosotros el peso de las generaciones que nos han precedido, de la Historia escrita en letras de oro por instituciones laicas que, en el caso de San Fernando, tienen mayor recorrido en varias de ellas que el de la propia ciudad. Y sobre todo la responsabilidad de actuar en el anonimato que nos confiere el antifaz durante unas horas conforme a unas reglas y normas que todo hermano debiera conocer. Y, por último y más importante, el de saber aprovechar esas horas para olvidarte de todos los quehaceres diarios, para valorar lo que tienes y banalizar esos pequeños problemas que rondan siempre por tu cabeza, para interiorizar en tu modelo de vida, para disfrutar esas horas de la compañía de Dios y dar gracias por la vida que disfrutas y rogarle por los tuyos.

Por todo esto y otras tantas razones, sueño que la Semana Santa que acabamos de terminar sea historia y pasado y que no vuelva a producirse nunca más de este modo. Porque nuestra razón de ser es la de convertirnos en cofradía en la calle, la de realizar nuestra estación de penitencia y la de provocar esos sentimientos que todos hemos percibido cuando hemos presenciado una procesión. Guste o no, esa es nuestra Semana Santa, porque la de las procesiones por las tardes también iba acompañada de nuestra participación en la misa de palmas, en los oficios o en la misa de Pascua, o en las visitas a los templos por la mañana.

Por eso me resisto a pensar que la de 2021 ha sido una buena Semana Santa. Se ha celebrado sí, y todos hemos puesto lo mejor de nosotros –hasta donde nos han dejado- para que se haya celebrado lo más digno posible, que hayan existido verdaderos momentos de hermandad y de culto y se haya hecho un esfuerzo por mantener el interior de las iglesias como lugares seguros. Pero esta no es la Semana Santa que necesita un cofrade. Y menos aún, si en muchas ocasiones se ha cruzado la delgada línea que separa el altar que sirve para rezar y acercarnos a Dios con el photocall que da glamour y likes a nuestras necesidades virtuales en redes sociales. Porque desgraciadamente de esto último ha habido y mucho. Todos en un determinado momento nos hemos hecho una foto de recuerdo delante de nuestros titulares, pero todos hemos podido presenciar en esta Semana Santa al que estaba delante de nosotros en la cola que en vez de santiguarse, pararse y orar aunque fuese un minuto, usaba ese tiempo para hacer o hacerse una foto y transformar al actor principal de la escena (nuestros titulares) por nuestros egos personales.

Ahora que hace dos años que en estos días vivimos la última Semana Santa en la calle y ahora que también vemos como en el calendario cofrade va quedando algo menos de un año para una nueva semana mayor, es el momento para empezar a trabajar en todos los escenarios posibles que se puedan presentar en 2022. El problema de una Semana Santa como la que hemos conocido no estará en el cortejo, ni en los cargadores o en los músicos; sino en lo imprevisible del control del público, de cómo preveer y poder controlar distancias sociales cuando los isleños, ávidos de ver en la calle una procesión, salgamos en masa a la calle para presenciarla. Si algo debemos aprender de la pandemia es que todo es cambiante pero que con voluntad y buen hacer, algo se puede hacer. Tenemos un año

por delante para buscar fórmulas y para que, si en 2022 no pudiéramos disfrutar de la Semana Santa de siempre, podamos salir de los templos y convertirnos en cofradía… ya sea con parihuelas, recorridos aforados de público y simultáneos en horarios, o con otras medidas que haya que aplicar. Porque de lo que estoy seguro es que las hermandades necesitan sentirse cofradía y que la ciudad también nos necesita. Y también estoy seguro de que, sea de una forma o de otra… volveremos.

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