OPINIÓN: “El Gran Poder” – ‘El Cabildo’

Tras haber podido
asistir en los dos últimos fines de semana a la clausura del año jubilar de la
Misericordia y participar de los memorables y multitudinarios (cada uno en su
medida) traslados de las imágenes del Señor del Gran Poder, en Sevilla, y de
Jesús de la Misericordia, en nuestra ciudad, comentaba con un amigo como  una
de las críticas más
usuales que solemos recibir los cofrades es aquella referida al excesivo apego
demostrado hacia los aspectos externos de nuestras hermandades y cofradías.

Efectivamente,
tenemos que reconocer, sin ningún tipo de complejo, que nos encanta contemplar
una procesión en la calle y que si alguien se propusiera hacer un estudio serio
sobre las causas por las que una persona llega a una hermandad, probablemente
solo un pequeño grupo tendría como motivación principal y exclusiva inquietudes
puramente religiosas. Sin embargo, muchos reconocerían como razón fundamental,
la atracción por el espectáculo inigualable que supone ver procesionar a una
hermandad por una calle cualquiera.

Esta cuestión no debe
escandalizarnos, pues precisamente ese es el gran poder de las cofradías: su
enorme capacidad de atracción y de convocatoria.  De la misma forma que históricamente la
Iglesia se ha valido de las artes para acercarse a las masas, las hermandades
han sabido utilizar su mencionado atractivo para movilizar multitudes y seguir
atrayendo nuevos integrantes en una labor de apostolado tan válida como
cualquiera otra.

Pero no debemos
olvidar que una cofradía es algo más que “calle”. Un acto de culto externo es
sólo un envoltorio que esconde un contenido mucho más serio y profundo en el
que los bordados, la música, la cera o las flores, conviven con celebraciones
eucarísticas, cursos de formación, exposiciones del Santísimo, campañas de
víveres, ayudas al seminario y anónimas obras sociales que a tantos llegan.

Por eso no llego a
comprender cuando desde determinados sectores de la sociedad, incluso desde
dentro de la propia Iglesia, se pide a las cofradías que se despojen de esta
“procesionitis”, de su barroquismo, de su solemnidad y que sus celebraciones se
revistan de sencillez extrema. En pocas palabras, se les solicita que pierdan
gran parte de su esencia sin pensar que las personas que a ellas pertenecen y
en ellas en ellas desarrollan su vida cristiana, lo hacen porque les han
atraído sus formas.

Las hermandades son
un camino más para llegar a Dios, tan válido como cualquier otro. No
desaprovechemos su gran poder.

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