OPINIÓN: “Altares efímeros” – ‘Fajín de esparto’

Cuando creíamos que lo
habíamos visto todo llegan los Panaderos y montan en pleno mes de septiembre el
palio completo de la Virgen de Regla para los cultos que recordarán este
próximo fin de semana el V aniversario de su coronación canónica. Que conste
que esta tipología de altar efímero no es nueva. Ya la tuvimos en la Isla hace
un par de años en la Bazán el Domingo de Pasión y ejemplos de ello se han sucedido
desde hace tiempo por toda la geografía andaluza. Las redes sociales sevillanas
están que echan humo. Para gusto costales…. ¡uy perdón colores! y por tanto,
en este mundo cada vez más visceral, algunos alaban la decisión de la priostía
como si fuera el no va más  y otros la
injurian como si fuera el colmo del despropósito.

Pero dejemos de hablar
de lo que ocurre en la ciudad hispalense y centrémonos en lo que nos compete e
importa, que después nos tachan de sevillanitis
aguda y no está el horno para bollos -o panes como los de la hermandad de la
calle Orfila-.

Una vez abierto
oficialmente el nuevo curso cofrade, quería comenzar esta nueva temporada
desempolvando el fajín de esparto
para analizar ese trabajo de precisión y virtuosismo en el que se convierte la
instalación de un altar efímero por parte del equipo de mayordomía. En este mes
de septiembre, con aquello de la festividad de la natividad de la Santísima
Virgen son muchas las corporaciones que celebran funciones, besamanos y demás
cultos internos en honor a la Madre de Dios. Está establecido que mayo es el
mes de María, pero para el mundo cofrade septiembre se ha convertido en otro de
los meses calientes.

Si en algo se
diferencia un altar de cultos del montaje de un paso es en la innovación, en la
imaginación de crear algo nuevo y no repetir; cuestiones que para Semana Santa
se restringen básicamente al exorno floral, al cambio de atuendo de las
imágenes o a la inclusión de posibles estrenos. Sin embargo, en un altar
efímero no sólo se pueden modificar la disposición de la luz (velas) o la
escenografía sino también la morfología del mismo o lo que es más importante,
el sentido y la simbología que se le da. Ahí están los altares que se montaron
(o que dejaron montar) en el año de la Fe, como ejemplos de esta idea.

En esto de los altares
efímeros también se puede palpar el vigor y las ganas de trabajar de una junta de
gobierno, aunque ese aspecto sea solo perceptible por los que viven durante
todo el año y no sólo en Semana Santa su fe desde lo cofrade. Por eso me parece
un desacierto que determinadas hermandades repitan un año sí y otro también el
mismo altar para unos cultos o que estos se reduzcan a dos centros de flores y
cuatro candelabros.

Aunque quizás, lo que
más reticencia me genera sea la ubicación de esos altares. Soy consciente de
que ahí juegan otros factores, pues pocos son los párrocos -y en la mayoría de
la ocasiones también directores espirituales- que permiten la instalación de
esos altares de cultos en el presbiterio, quedando deslucidos aquellos pregones
que están dedicados a una imagen a la que, por escuchar al pregonero, se le da
la espalda; o esos otros altares que quedan constreñidos al hueco de una
esquina de una iglesia en la que la hermandad tiene su altar de diario y,
encima, afectan al culto de otra imagen. En este sentido, y por poner un
ejemplo ¿cómo quedarían en el altar mayor o en el crucero de la Iglesia Mayor
esos altares que últimamente se están instalando en los cultos de Lágrimas?
Ganarían sin duda en elegancia y magnificencia, y sobre todo en el sentido y
naturaleza de su razón de ser.

Por último, no quisiera
dejar pasar la oportunidad de anotar una tendencia que llevada al extremo me
parece cuanto menos que chirriante. Existe una tendencia de asociar solemnidad
con exponer a modo de reliquias objetos antiguos como si de un expositor de un
anticuario se tratase. Platos, bandejas o candelabros de mesa quedan expuestos
sin un sentido catequético claro, por lo que me temo que su colocación responde
a cuestiones estéticas. Es por ello que, si me dan a elegir, me quedo con la
simbología del cetro y la media luna que sostenían dos angelitos de Servitas
cedidos para la ocasión en el altar que hace un par de semanas se instaló en
los cultos de Lágrimas. Aunque para gustos… ya se sabe. 

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