Un cartel de silencio

Ya se han presentado varios carteles pregonando la que, parece ser, este año sí, será la próxima Semana Santa por derecho y, hay que decirlo, no faltan carteles feos; debemos reconocer esto a pesar de que, en la mayoría de casos, los estemos esperando con el ansia de quien sabe que va a recibir un regalo.

Otrora, recuerdo cuando en lo que entonces era la sede del Consejo de Hermandades, allá en el hospital de san José, entre pases de diapositivas y con un público expectante que no vacilaba en demostrar de forma abierta su contento o descontento, se dilucidaba el que podría ser dicho cartel anunciador. Si bien la decisión no era en sí de los congregados espectadores no dudo, o dudo poco, que el jurado elector no se dejase convencer algo por los comentarios y demás sonidos y gesticulaciones que generaban tal o cual fotografía. Podría decirse, por aquellas calendas, que la proclama había sido elegida, más o menos, al gusto del pueblo en general y del cofrade en particular. Más o menos, repito.

Hoy, empero, sin aquella demostración popular de antaño, es más fácil la crítica. Hoy hay más especialistas en todo —especialistas, especialistos y especialitos—. Hoy salen críticos, analíticos, tertulianos…, todos jueces sin toga pero con capacidad de sentenciar de debajo no ya de una piedra, ¡sino hasta de una esquirla! Y, a veces, oiga, hasta llevan razón. En realidad, todos somos así. Mea culpa entono también.

Sí, hemos de reconocer que hemos llegado a conocer carteles feos, carteles que no nos han dicho nada o, tan solo, nos han dejado indiferentes. Ello demuestra que no hemos llegado a comprender entonces qué nos quería decir el autor de la fotografía o de la pintura —tan de moda por último—. Demuestra, asimismo, que no somos tan capaces para criticar estas obras; tan solo discernir si, en lo estético, nos atrae o no. Y hete aquí que te encuentras con el cartel de la Semana Santa isleña. Un cartel gris. Un cartel de sombras. Un cartel de silencio. Un cartel simple. Un cartel lejos de mostrar cualquier grandeza sacra o, insisto, estética de esta tierra. Un cartel, de sobrio, casi más castellano que andaluz.

Ha hecho falta, sin embargo, pasar todo lo que hemos pasado en estos dos años para contemplar en la simpleza un evidente más allá. He leído algún comentario jocoso de un personaje habitual en lo cofradiero por las redes sociales que decía que, cuando viera al primer nazareno, le iba a dar un abrazo de la emoción. No era tan banal lo simple por el simple hecho de sernos cotidiano, como no es tan simple el cartel de Sergio Gutiérrez Bueno; lleno de una simbología callada que clama fuerte por todo lo que en realidad representa. Y es que hace visible su, nuestro, como él mismo ha dicho, érase una vez un sueño.

Lo he citado y lo reitero. El de la Semana Santa de San Fernando es un cartel gris. Un cartel de sombras. Un cartel de silencio… Pero en La Isla ya sabemos que, tras el Silencio, llega la Esperanza.

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