OPINIÓN: “Y por fin… estará un 16 de julio en la calle con su pueblo” – ‘Fajín de esparto’

Las
grandezas y miserias de la religiosidad popular. Aquella que no entiende de
catequesis, aquella que busca la intermediación directa
de la Divinidad a través de un objeto material -como es una imagen-, sin
necesidad de que en ella participe el aparato organizativo y/o jerárquico que
oficializa y da sustento, ideología y canon a la religión. Es aquella en la que
el cristiano da muestras de su inferioridad
ante Dios, cuando,  azotado por la inestabilidad,
debilidad o dolencia… hace una encomienda, una plegaria, una ofrenda (física
o inmaterial)… buscando la intermediación divina para que se cambien las
tornas y se encuentre la felicidad, la salud o la estabilidad en esta vida.

Do ut des que dirían en la antigua
Roma. Como si de una religión a la carta, como si de un pacto privado que en lo
más profundo de nuestro ser habríamos firmado de forma personal e
intransferible con el ser al que le debemos la vida. Así nos comportamos de
forma cotidiana en nuestros rezos y plegarias cuando aprestamos con fuerza esa
estampa que tenemos arrugada de la imagen en la que depositamos todas nuestras
esperanzas, o cuando miramos al cuadro que preside nuestra alcoba y en el que
vuelve a aparecer esa imagen; o cuando nos acercamos a la iglesia y aunque esté
Jesús Sacramentado presente en el sagrario nos dirigimos al altar de esa imagen
y la miramos y a través de ella nos acercamos a Dios.

Y
en esa conversación privada, pocas veces damos gracias, son más las que pedimos
y prometemos y de eso somos buenos conocedores los cofrades de hermandades
penitenciales que vemos como en la semana mayor se multiplican las
manifestaciones públicas de devoción hacia nuestros titulares, revistiéndose en
muchos casos esas personas con el hábito penitencial por cumplir una promesa. Una promesa que no viene a ser más que ese
pago del ser mortal al ser divino como cumplimiento a un pacto privado que se
ha gestado sin intermediación de clero alguno.

Toca
una revisión seria. Eso nos han dicho
desde la jerarquía eclesiástica. Pues nada, habrá que pedir cita para hacernos
un chequeito. Lo malo de hacernos esa
revisión es que puede tener resultados contradictorios si acudimos a lo público o lo hacemos por lo privado. Y en la religiosidad
popular la segunda opción está muy arraigada. Quizás por ello, desde los
estamentos de poder y la jerarquía eclesiástica hacen llamamientos para que se
encarrille la situación. Aunque poca solución tiene cuando ese tirón de orejas
no se le hace al pueblo sino a la jerarquía cofrade, a los miembros de las
juntas de gobierno que son, en la mayoría de los casos, los practicantes de esa
religiosidad popular que están más adoctrinados. Tengo la particular opinión
que las cofradías nacieron como herramientas de control y tienen su sentido
para -desde el seno de la Iglesia- crear un marco de desarrollo regulado a ese
caudal de religiosidad que se desprende desde el ámbito privado de las
creencias personales.

Sin
embargo, yo como miembro partícipe de este movimiento cofrade no me siento lo
suficientemente preparado como para regular esas conductas. Podré llevar a cabo
un análisis introspectivo de mis propios comportamientos, pero como colectivo
lo siento, no me veo capacitado ni legitimado. Sobre todo ante muestras de
devoción tan intensas como las que dentro de unas horas viviremos en nuestras
calles cuando, tras algo más de treinta años, la Virgen del Carmen vuelva a
salir en procesión de alabanzas el día de su festividad. Muestras de devoción
como las que se han vivido durante la novena que se ha desarrollado en estos
últimos días, pero que esta noche no tendrán un renglón o canon
establecido. 

Pues,
¿quiénes somos para juzgar cómo debe una devota actuar ante la divinidad o
juzgar lo que pueda “pactar” con Él a través de su rezos y plegarías
a la Reina del Carmelo? Lo dicho, las grandezas y miserias de la (bendita)
religiosidad popular.  

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