OPINIÓN: “¿Te acuerdas…?” – ‘La trastienda’

Ahora que las calles empiezan a
entonarse de ocres en esta primavera que antecede al invierno, también se inunda
la memoria de aquellos retales que conforman los recuerdos. Será que en esta
época, donde los claroscuros juegan a formar imágenes que ya nos evocan las de
otros tiempos, nos invade la nostalgia de aquello que se marchó, pero quedaron
perpetuados en ese íntimo yo -aquel
lugar al que no llega nadie más que nosotros-.

Ya, muy de tarde en tarde, tengo
la oportunidad de pasear por las calles que, en tiempo, fueron las de mi niñez,
adolescencia y juventud y reconozco que, a pesar de este, algo me sigue
empujando a no abandonar para aprovechar esas ocasionales caminatas que me
retrotraen a momentos plastificados en álbumes. Recorrer las pisadas que ya
dejé una vez en una ciudad que casi parece haberse olvidado de mí, es un acto
de reconciliación con quién soy y quién fui.

Ahora, no pocos de los que antes
me saludaban con la confianza de lo cotidiano, me llaman de usted y hasta
recelan al verme, vacilando sobre si ese al que saludan es, o no, el muchacho
que tenía la tienda religiosa en la calle Colón.  

– 
¡Sí hombre! ¡Cómo era…! ¡Ay, qué coraje! ¡El
sobrino de…! ¡Ay!

Hasta se me olvida, porqué
ocultarlo, nombres de calles que antes formaban parte de mi rutina.

Los rostros. Me cruzo con muchos
conocidos de otras épocas, y resulta que somos unos perfectos desconocidos, por
eso de que las facciones que se van dilatando gracias del efecto calendario
–una hoja menos, una arruga más-, aunque a algunos les sienta mejor la edad que
a otros.

En ese caminar no puedo evitar
que resucite en mí el alma de cofrade que se haya latente. Perdida entre
obligaciones, proyectos y mucha tarea por hacer, respira aún –con debilidad,
eso sí- esa avejentada sombra se abre paso entre mis muchas remembranzas.

Me llama, me embarga, me conmina
a retomar, digamos que de forma ficticia, lo que en alguna ocasión fue mi modus vivendi. Es inevitable, hay mucho
tótem que reclama a aquellos espíritus repartidos entre las venas de cal de
estas calles, ya sea el sobrio y amplio portón del número 12 de la calle
General Valdés que se adornaba de sendas cruces trinitarias, aquel patio de la
calle Mayorazga donde se entremezclaban olores a viandas quijotescas e incienso
de madrugadas en Silencio, o ese olor
a nuevo que aún desprende la parroquia de La Ardila, y en la que parece que vea salir de las
dependencias que había bajo las escaleras de acceso a la planta primera de los
salones parroquiales, a la ilusionada y reluciente primera junta de gobierno de
su hermandad mostrando aquellas novedosas pértigas de vara de madera y escudo
en humilde y dorada aleación.

Será –quién sabe- que al crepitar
de las hojas que yacen en el suelo caídas en acto de servicio en el combate del
cambio de estación, saltan en mil pedazos, como los de aquellos folios caducos
yertos, las historias vividas.

Las convivencias de horas y pico
de charlas de tres días de duración en las estancias del Consejo Local de
Hermanades, en el antiguo hospital de San José, con un exultante Joaquín Rodríguez
Royo que saludaba a los que íbamos a examinarnos
para obtener el certificado de asistencia y aprovechamiento del Curso de formación cofrade y cristiana
(sic). Qué distinta visión de aquella sala de actos, cuando se apagaban las
luces y con Cristo de la Presentación
sonando de fondo en un casette, empezábamos a ver discurrir diapositivas,
mientras el murmullo se hacía más denso cuanto más gustase la imagen que se
disponía en la pantalla.

¿Y esas cornetas que sonaban desde
la Bazán o la Magdalena? ¿Dónde
quedaron aquellas notas en Do-Re que ya en estas fechas sonaban incansables?
Pues fíjense qué cosas, que lo que en La Isla suena a nostalgia, en Sevilla suena en
Campana. Misericordia isleña para el
Cachorro de Triana. ¡Toma ya!

¿Y esos congresos de
cofradiología que se acompañaban del bendito néctar del lúpulo y la cebada? Por
alusiones, El Agüaero, La Trepá,
y las cantinas de esas peñas o asociaciones de cargadores de las que hoy solo
quedan la reminiscencia de las ponencias de barra cofradieras.

Era La Isla del certamen de pasos en
miniaturas, organizado por la hermandad de la Misericordia, en el
edificio de la Caja Postal
en Héroes del Baleares. La del primer diorama de la Pasión –antes del que
montara la hermandad de la
Pastora allá por finales de la década los noventa- que se
mostraba donde la cofradía de la
Vera+Cruz exponía su belén en la calle Rosario, ¿recuerdan?
Al lado de la farmacia que hacía esquina con la calle Murillo y lindaba con Valle, justo al lado de la Mercería Aragón.

Era La Isla donde los términos vara,
faldón, contraguía, costalero… Nos sonaban a impropio e imposible que fueran a
formar parte de nosotros. La de las túnicas a setecientas pesetas. La de los
pasos cuadrados de formas lineales. La de los exornos al gusto sin mirar la estética. La de los tambores templados del
CIM para Expiración y Perdón. La de los toques de cornetas en Ecce Homo para
hacer andar la procesión. Y, posteriormente, fue la de los experimentos.

Serán las cosas de los que ya
empezamos a vislumbrarnos otoñales, que nos dejamos invadir por ese estado
hipocondríaco que es la melancolía. O puede que sea la morriña en la que nos
sumerge el indeciso octubre. Lo cierto es que esta tierra que, como dije, ya
casi no me conoce, de vez en cuando, al reencontrarnos, me saluda con un “¿Te acuerdas…?

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