OPINIÓN: “Semblanzas cofrades (V): Divino tesoro” – ‘La trastienda’

Fuimos. En esta vida, todo se traduce en pretéritos. Da manera inconsciente e inapelable nuestro trasunto es inevitable, y lo que hoy era el futuro ya es pasado.

Obviese decir que estas quintas semblanzas tienen por tema a la juventud cofrade. A la inasequible y meritoria juventud cofrade que aunque los tiempos para la fe retornan convulsos, son el mejor antídoto para estas fiebres que, para qué engañarnos, nunca remitieron.

Un clásico boletinesco —acepción esta que estoy usando mucho por último— son los apartados dedicados a ella, y del que yo mismo he participado cuando tuve la ocasión de ser el delegado, por dos o tres ocasiones, del Grupo Joven de mi hermandad del Ecce Homo. Quizás, solo quizás, se peca en estas paradas dedicadas a ellos de que parecen ser escritas bajo un guión predefinido; que no dice falsedad alguna, pero no engancha. Lo digo, insisto, incluyéndome.

Los jóvenes en las cofradías fuimos, y justo y necesario es reconocerlo, la mano de obra económica. Y si esto escuece a alguien, es porque es cierto. Mano de obra que, por otro lado, tampoco se quejaba de su labor, asumida como se asume un contrato que se firma. No se mentía cuando, en las reuniones previas a la inclusión del interesado, se le incidía en los quehaceres de aquellas juntas auxiliares. El aquí se viene a trabajar por la hermandad eran las palabras más satisfactorias, y realistas, que uno percibía. Si bien habían trabajos y trabajos.

De la postulación a la venta de papeletas para el sorteo de una cesta navideña, la juventud era la gasolina de aquel motor que, año tras año, seguía funcionando. Tuvo, a principios de los noventa, representación en el Consejo Local de Hermandades, en la época del cambio de Joaquín Rodríguez Royo a Juan Pedro Fernández de los Ríos; una etapa fructífera y necesaria para concebir que aquellos chavales tenían inquietudes, intereses y verdaderas ganas de hacer algo por y en el mundo cofrade. Una etapa donde estos adolescentes, y los no tanto, fueron precursores de un cambio de mentalidad en las propias juntas de gobierno.

Recogida de pan duro para vender por las vaquerizas y huertas por la Casería o Camposoto, recogida de papel para reciclar también con el mismo fin; a veces, incluso, ayuda a las ventas de papeletas que semanalmente vendían algunas hermandades —cuadradas blancas o azulonas— como extra para sus arcas, el montaje de exorno, y también de infraestructuras, de las casetas de feria, trabajarlas, por supuesto… Las funciones del joven en las hermandades eran tan embarradas, en ocasiones de manera literal que su papel nunca fue cuestionado, de ahí que existiera una llamada constante de estas a sus bases más lozanas.

Hasta la reorganización, reunificación y nacimiento de los actuales grupos jóvenes, sobre el año 1991, existía una hoy impensable división por sexos: las citadas juntas auxiliares, formadas por los chicos y las de damas, por las chicas. Si bien no se daba en todas las corporaciones, sí era habitual en bastantes. En octubre de aquel año, si no yerro, se dio el primer encuentro de la juventud cofrade de la bahía, en el Liceo.

Tras aquel nacimiento, se pasó de los maratones interhermandades a la profundización del papel juvenil. Mayo y junio, hablando de los maratones, eran los meses donde se daban aquellos trofeos deportivos con selecciones ad hoc. De lo mejor y más granado del arte futbolístico de cada casa. De hecho, es probable que en alguna casa de hermandad, hoy día, aún se encuentre algunas de aquellas copas o placas que se entregaban a ganadores o participantes y que, a lo mejor, se miran con cierta extrañeza. El que organizaba el Prendimiento era un clásico. De hecho, uno de los primeros eventos recaudatorios que organizó la hermandad de Humildad y Paciencia en sus comienzos fue un supertorneo tal en el colegio Arquitecto Leoz. En las dependencias de aquella escuela conocí, por cierto, a la que iba a ser la Virgen de las Penas antes que Alfonso Berraquero tallara a la actual.

La cesión de una de las veneras, numeradas en su trasera: ese era el punto álgido de pertenencia. Antes de que veneras y medallas fuesen objeto de adquisición entre los hermanos, como lo es ahora, en provisión del derecho de estos a portarlas, entre otras fórmulas, permanecían guardadas en una caja al efecto y anotada su entrega al miembro determinado previa firma de este. Y allá que ibas, ya sea en cultos mensuales o cuaresmales, y en representaciones varias, con tu orgulloso metal latiéndote en el pecho con aquella brillante distinción. Cuánto lustre con bicarbonato o Tarni-Shield no se les daría.

Pero, como decía, a partir de aquella reunificación, sobre todo, se produciría un cambio en la percepción de su ser. Profundizar, que he citado, en su concepto más allá del mero colaboracionismo; en su visión como un viable y factible proyecto de futuro. Y no es que antes no lo fueran, conste, pero empezó a regarse más.

Y de aquellos riegos estas cosechas. Prolijas, efectivas, vivas y continuadoras de aires renovados. Siguen montado casetas en la feria, postulando, vendiendo de todo para  colaborar, limpiando varales, participando de la vida más interior de sus cofradías… La vida de estas son y pervivirá por ellos, y eso es una bendición hoy y siempre. Es el más bello y sensible tesoro que se tiene. Tanto, que se aprendió de ello y surgieron los grupos infantiles. Pero eso daría para otra semblanza.

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