OPINIÓN: “¡Se acabó!” – ‘La trastienda’

Habló el pregonero, y con la
última inclinación de cabeza -agradecida señal- todo está dicho.

Se disipan los negros
nubarrones, y el expectante pueblo, creyente o no acerca de lo que el orador
vislumbraba en ensoñaciones a días vista, espera que se cumpla ese milagro que
con tanta vehemencia exhortaba.

Hablaba de emociones, de fe
ciega a pesar de los palos de la vida, del niño y del viejo que las mismas
ilusiones compartían, aunque al mayor habían experiencias que las entrañas le
revolvían.

Ya pasó ese trámite de la
última exalación entre la prosa y el verso. Ahora queda ver el milagro. La
palabra hecha obra, la conversión de unos, el delirio de otros, la
incomprensión de algunos… ¡Hasta el desprecio! Pero para nadie pasan
desapercibidas las horas pasionarias que llegan entre alborozos de campanas, y
da igual que repiquen un Domingo de Ramos o la tarde del Viernes Santo.

Misterios de nuestra tierra.
Éstos que transforman nuestras calles en romana Judea, que confunden naranjos
con olivos y a cristianos con judíos -Sanedrín incluído-.

El silencio se hace clamor,
el gentío penitencia, y los salmos que se rezaban en las iglesias: marchas; la
oración que no habla porque no le hace falta.

Hay quienes gritan al cielo.
Que sus vestiduras rasgan, al no comprender que en una sola semana la ciudad se
convierta como aquél Pablo con su espada. Y puede que, a veces, razón no les
falten, que si no es con cirios, capirotes y el folclore sin más detalle, todo
no es devoción, sino fraude.

Lo dijo el exaltador mientras
todos callaban, escuchando las letras que desde su garganta incitaban a creer
que hay un motivo para ser lo que somos y llevarlo a gala: ¡Amar la Semana
Santa!

Pero no quererla como los
fariseos, buscando el protagonismo de la impuesta venera o medalla.

Todo tan idéntico, tan
distinto, que cada año que pasa es una renovación -quizás una innovación- del
mensaje que el nazareno dejó escrito con su propia sangre.

¡Se acabó!

Pero como se terminan las
cosas para el cofrade: ¡Comenzando!

Cuando la tarde del próximo
domingo las palmas precedan Al que va sentado en el pollino, acabará empezando
-¿o empezará terminando?- aquello que llevamos todo un año aguardando.

¡Se acabó!

Ahora es cuando se hace
realidad lo pregonado.

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