OPINIÓN: “¡Quieto!, ¡Vámonos! ¿Vámonos? Venga que me aburro” – ‘Fajín de esparto’

Llevaba tiempo evitando darle al
teclado para escribir sobre lo que, para mí, es de lo más insignificante de una
procesión. Hacen su labor, algunos su particular penitencia, pero será que
nunca me he metido debajo de un paso y soy más de ceñirme un fajín de esparto
que una faja. O será la cantidad de conflictos que “lo de abajo” ha
creado en las hermandades que considero que no son imprescindibles. Quizás es lo
más folclórico de un cortejo procesional y, por tanto, lo más alejado al
sentido catequético de una estación de penitencia. Quizás se perdería estética,
quizás se perdería pellizco, seguro que se perdería público,  pero con ruedas los altares móviles en los
que se convierten los pasos en Semana Santa saldrían de todas formas. Sin
hermanos que vistan su túnica seguro que no.

Pero no crean que este, mi primer
artículo sobre la carga, pretende convertirse en un fusilamiento a los que con
su esfuerzo, sacrificio y entrega contribuyen que en nuestra particular retina
cofrade tengamos guardados determinados momentos que son especiales por el sentimiento
que emana con la música, la carga y sobre todo con el misterio o la dolorosa a
la que has ido a ver.

Se han acabado las navidades, y
comienza la precuaresma. Ya están sonando los timbres en las casas al son de
una nueva postulación que algunas hermandades mantienen más casi como una
tradición que como una manera de obtención de ingresos extraordinarios, que se
ven mermados año a año. Antes de la llegada de los carnavales llegarán varios
conciertos de marchas procesionales en los que en algunos de ellos,
afortunadamente, podremos disfrutar con formaciones musicales de calidad que no
han tocado nunca en nuestra ciudad. Y de nuevo comienzan a sucederse las primeras
reuniones, asambleas, igualás,… de
las cada vez más cantidad de cuadrillas de cargadores. Cuadrillas de
asociaciones, cuadrillas de hermanos, cuadrillas de capataces,… el abanico se
ha abierto en los últimos años en nuestra ciudad. Y también los ensayos de las
mismas.

Y llegados los ensayos,
observamos como hay mejoras pero aún queda mucho margen. Aunque lo veo desde
fuera y quizás mi ignorancia en estos temas me lleven a caer en errores, veo
que se van dando pasos agigantados hacia un perfeccionamiento de todo lo
relacionado con “lo de abajo”. Ya no es tema tabú regular las
trabajaderas o colocarlas en “v” si así se ve necesario; ya no es
tabú tener muchos relevos o plantear la posibilidad de doblar cuadrillas; ya no
es tabú homogeneizar la delantera y la trasera si el paso no tiene las
trabajaderas regulables; ya no es tabú homogeneizar el calzado, o no son tabú
los pantalones blancos en hermandades de barrio… cuestiones que pueden ser
nimias pero que ha costado incluso comentar en determinados ambientes.

Y también se observa como los andares se van fijando cada vez más al
estilo y gusto de cada hermandad. Al igual que la música, el exorno floral de
los pasos, los bordados, las túnicas o el comportamiento de los nazarenos (el
público es otro cantar), los pasos van andando mejor, poco a poco según la
filosofía que marca cada hermandad. Así da gloria ver determinados pasos de
cofradías de negro que han adoptado
un andar mucho más ágil, sin margen para otra forma de andar que no sea ir de
frente. Pero, desde mi punto de vista, creo que donde queda mucho margen de
mejora, de complicidad con las marchas que en los últimos tiempos han tenido
una enorme evolución, es en la forma de andar de los pasos de misterio de las
consideradas hermandades de barrio.

En una carga donde el que lleva
la voz tan solo sabe decir …quieto,
vámonos, quieto, quieto, vámonos, “pa trás”…
todo queda muy
limitado. Da igual que la marcha que suene tenga una batería espectacular, da
igual que las cornetas suenen a tres voces, da igual que esa marcha no se la
sepa el que lleva la voz y mande a la cuadrilla qué movimientos es el que
convendría hacer, porque todos sabemos lo que van a hacer; en el momento en el
que haya dos platillazos y cuatro golpes más fuerte del bombo, él mandará uno,
dos o tres quietos seguidos, y los de la trasera empezarán incluso a picar el
paso.

Es lo que tenemos; una forma de
andar que puede dar mucho más de sí, en la que dejando a un lado el manido tema
de la herramienta de trabajo, creo que hay mucho margen de optimización,
pudiéndose realizar otros movimientos que hagan que los pasos de misterios de
las hermandades de barrio anden al son de la evolución que se ha producido en
las marchas procesionales. El que conozca el mundillo de la carga sabe
perfectamente cuáles son los movimientos, los cambios a los que me refiero.
Incluso, por qué no, otros que puedan inventarse.

Porque, como muchos han o hemos
hecho, al final tanto …quieto, vámonos,
quieto, vámonos…
te acaba aburriendo y hay algunos que terminan emigrando
en esos días grandes….   

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