OPINIÓN: “Morir por amor” – ‘La trastienda’

Excalibur, ha muerto. Así. El pobre y fiel animal, en previsión de
que la desgracia viral africana (una más) empezara a campar entre los sistemas
respiratorios españoles, ha sido la víctima cruél y propiciatoria. Por un error
-o a saber- de su segura amada dueña, él ha tenido que dar su vida sin saber
porqué. Triste destino el tuyo/ amigo fiel de tus amos/ que serviste
ejemplo/ para unos y otros humanos
.

Y así  es. España, se moviliza contra la muerte del
can. Gritos de “¡Asesinos, asesinos!” ante las puertas
de la casa de la auxiliar de enfermería infectada por la silente enfermedad,
ante la imagen de la docilidad, el miedo y la confusión más terrible plasmada
en la figura de una criatura con cara de bueno y nombre de terrible tizona.

Excalibur miraba, entre sorprendido y perdido, aquellas escenas que
rompían la normalidad de su casa. Seres embuchados en ternos que hacían
irreconocible su humanidad, se alzaban hacia él, extrañado y asustado, para no
sabía qué y lo trasladaban a un incierto lugar (¿cuántas veces no se habría
metido en otro coche, en busca de algún lugar de asueto y disfrutar con sus
propietarios?).

Tras los barrotes, una vez ya
en aquél vehículo desconocido, sus ojos clamaban respuestas ante el
desasosiego. Veía personas  gritando
desaforadas, escuchaba su nombre coreado y no podía hacer nada. ¿Quienes eran
aquellos que parecían recriminarle algo?

Él no lo sabía, pero aquél
desconocido animalito, del que sólo sus vecinos, quizás, conocerían su nombre,
se convertía en el símbolo de un país. Una nación que se unía a partes. Unos
para pedir su libertad, otros para que se hiciera lo necesario y, en todo caso,
ambas  coincidían en lo terrible de las
circunstancias: de nuevo, un inocente pagaba ante lo injusto de una situación
que se fue de las manos.

“Excalibur ha
muerto sin sufrir”.
Las palabras del encargado de dar la
noticia,  esperada pero no deseada, no
calmaron a nadie. El país entero discernía y discutía sobre lo necesario o no
de aquella medida, en tanto la afectada dueña era tratada en un hospital y
otros posibles contagiados puestos bajo estricta observación. La rabia de
aquellos que solicitaban la revisión y revocación de la condena del cánido
explotaba en innumerables  bombardeos de
indignación.

Han matado a una mascota sin culpa
de nada. Y la tristeza inundó España. Un país que se desagua por el sumidero de
su propia incoherencia. Una vez más, nos dividíamos: ahora por Excalibur.

No. No es sólo un perro, es
un ejemplo. Una realidad de hasta qué punto somos unos inconscientes y cómo nos
manipulan, adiestran y organizan quienes tienen intereses
mayores que la vida de nadie (sea humano o animal). Sí, he dicho nadie,
no voy a hacer diferencias, en este caso, entre hombres y perro.

Mientras se daba la noticia
de una profesional que había sucumbido al mismo mal que mató al enfermo que
trató -otro misionero español, Manuel– el pánico se hizo presente
no ya en España, sino en Europa, y todos acusaban la incapacidad de un
Gobierno superado por una situación inesperada. Se ensalzaba al desgraciado
animal, sentenciado y ejecutado, y despellejaban a los sacerdotes
fallecidos por habernos traído el Ébola.

Esa es la visión de parte de
este país demagógico. Los misioneros fallecidos por este virus exponían su vida
por otras personas en África. Arriesgándose, bien sólo por profesar una fe
distinta, bien por -como así sucedió- contraer alguna enfermedad, y en esta
España -triste y fácil de posicionar, gracias a las ideologías que hablan mucho
de lo social y poco de lo humano– hay quienes, por el mero hecho
de ser sacerdote, los crucifican en muerte. ¿Banalizo?  Es coherencia y humanidad.

Por desgracia, muchos
intereses son los que quieren despistarse en estos momentos,
relativos a diversas cuestiones de índole político, social y económico, y ha
sido una enfermedad  de fuera de nuestras
fronteras la que ha  venido a ayudar
a más de uno para ello.

Las redes sociales no
son -valga lo apropiado- inmunes, y sólo hay que leer comentarios y lo
despectivo de sus tratamientos para con los misioneros Miguel y Manuel.
Sólo echar un vistazo para llorar con los pésames de muchos entristecidos y
enfadados con la muerte de Excalibur. Sólo detenerte un momento para
recapacitar sobre la facilidad de infestarnos de otro virus, también callado y
ruín, como es el de la insensibilidad moral que nos aqueja.

La muerte de dos hombres y un
animal me han hecho comprender, más aún, cómo cada vez entiendo menos esta
sociedad.

Tan sólo una reflexión final:
En el caso de Excalibur y de Manuel y Miguel, qué curiosa coincidencia,
todos murieron por haber demostrado su amor
.

Cuánto habríamos de aprender.

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