OPINIÓN: “Marca La Isla” – ‘La trastienda’

Cuestión de gustos. Dicen que de
prioridades.

Hablo del patrimonio de nuestra ciudad.

Se balancea La Isla en un barco sin capitán, aunque
los que deben serlo no lo son y han salido al auxilio gente del pueblo; marineros con no pocos galones más de uno, que intentan enderezar de
alguna forma el rumbo de la nave para que como ya ha pasado en otras ocasiones,
no naufrague. Las aguas de la cultura en esta ínsula son peligrosas, y
equivocar las coordenadas puede suponer darte de bruces con una inesperada
roca.

Por fortuna, siempre me gustó el
arte y tuve la ocasión de estudiarlo, aunque no terminé decantándome por él.
Soy de los que apuestan por la necesidad de investigar, desarrollar, recuperar,
dar a conocer toda la riqueza que en ese aspecto tenemos en San Fernando,
muchas veces desconocida, pero también opino que ese tesoro no es solo tangible.

La Asociación de Jóvenes Cargadores Cofrades (JCC), como ya sabrán, abandera un proyecto inédito hasta ahora en la
ciudad: proponer que el estilo de andar de nuestros pasos -la carga,
vamos- pase a ser parte de ese valor intangible -como lo es el flamenco-, y se
conforme como un exponente más a considerar dentro del abanico cultural local.

Sobre esto, puntos a favor y en
contra. Quizás no sea tanto lo último, sino estimar que hay otras preferencias.

No quiero contradecir a quien
piensa que  esta causa no se merece la prioridad del propio ente
municipal, con el alcalde y otros grupos municipales como grandes aliados. Pero
puestos a exponer sirven cada uno de los criterios, ya que, a mi parecer, no es
algo que dependa en exclusiva de un sector concreto.

No voy a utilizar el manido
argumento de recurrir a otras localidades como referencia en lo cofrade -véase
Sevilla-, y el
potencial que este movimiento representa.
Me quedo con el propio efecto que el mundo de la almohada imprime en San Fernando.

Cuando la infancia era nuestro
único universo, nos  atraía aquello que nos rodeaba y veíamos tan común.
Así, solíamos imitarlo ayudando, sin saberlo, a
consolidar la tradición (esa palabra
que, a
veces, parece impropia para usar sobre nosotros), ya sea disfrazándonos en los carnavales, preparándonos para ir a la
feria, o convirtiendo unas maderas, unas latas de pintura vacías, y muuuucha
imaginación en toda una procesión (con un tembloroso Cristo arrodillado -por si acaso- inclusive).

Cuántas cosas debiéramos tener
como patrimonio. Algunas de ellas ya aclamadas, otras sin pretensión y en el
caso que nos ocupa, ya se mueven los hilos.

He sido cargador, he sentido lo que significa que la maera te clave al suelo; he podido conocer al pueblo emocionado cuando
tenía la ocasión de mirar, en secreto, a través de los respiraderos. He
comprobado qué es que tu compañero haga un sobreesfuerzo cuando ha notado a
otro flaqueando. He visto eso y más. No todo bueno, ni tanto tan malo.

En nuestra historia particular,
han quedado nombres como Nicolás
Carrillo
, Tinoco, Milupa, Manolo
“el Bigotes”,
Pepe “el Mellao, Pepe “el Rubio”… Y hasta calle tiene el primero. No pocos en esta tierra, que
tantos y conocidos nombres ha dado, habrán oído alguna referencia acerca de
ellos, porque son parte de una forma de vivir La Isla.

Sí, sí. Lo digo sin cortapisas: Una forma de vivir que compartimos. Es una parte
tan propia tanto como el levante y el poniente, la saly su jerga, los aromas
de estero
, las tortillitas de camarones, las panizas, las poleás, los roscos
de La Victoria,
as torres azules de la Iglesia Mayor, la Carraca, la biblioteca
Lobo
, el cerro de los Mártires o el Panteón de Marinos Ilustres.

La particularidad en la forma de portar los pasos en
esta Isla de Dios es, por derecho propio, un monumento a la tradición no
edificada

(arquitectónicamente hablando).

No hacen falta doctores,
licenciados o técnicos que den el visto bueno o reclamen su estado. No requiere
de permisos para que se ejecute su obra. El único martillo que acepta no derriba, levanta. La única voz de mando que admite es la
del capataz, que es capaz de hacer trabajar a cuarenta hombres como si fuesen
uno. 

Es “Marca La Isla“. Así como suena. Como lo es Camarón, el castillo de San Romualdo, el molino
de mareas del
Zaporito o el mismísimo Puente
Zuazo

El estilo de carga isleña es una
seña de identidad. No hay otro igual, no imita otros modelos más o menos
cercanos; se ha autoregenerado, ha resistido la importación de otras
costumbres. Se ha amoldado -sin perder su génesis- a cada hermandad y a cada
época, otorgando propiedad al discurrir
procesional. 

Hay quien defiende que es
aburrida, de técnicas monótonas e insulsas. Pero ese es un tema, personalmente,
sin importancia. A lo que sí se la doy es a su peculiaridad: desde el argot hasta las herramientas, pasando por
los modos.

El patrimonio inmaterial es algo a lo que no nos terminamos de hacer. Parece que declarar como Bien
algo tan autóctono como es la carga, implica que dejen en desventaja otras
reivindicaciones que, en el aspecto material, ya pesaban para la ciudad; si bien esto solo conlleva al beneficio
común, por mucho que no seamos creyentes (hasta detractores), o que la Semana
Santa la usemos para hacer turismo fuera de nuestra pequeña frontera.

Las singularidades que tanto
aclamamos, a veces, no las estimamos por considerarlas algo que está ahí. Le damos, quizás, un valor personal, pero no a otro nivel.

La JCC ha
dado un paso muy valiente. No ha priorizado su papel, aunque haya sido la voz,
y ha dejado al estilo ser el protagonista.

Pienso que somos ricos en el
patrimonio innecesario de la sonrisa sarcástica cuando se habla tan a la ligera
de arte cofrade, Semana Santa (catalogada de Interés TurísticoNacional), cofradías, cargadores… No somos
conscientes de su importante
influencia cultural
, y lo que
implica para la economía y el turismo de San Fernando, hablando en
plata.

Si La Isla puede enorgullecerse
de tener una de las pocas playas
vírgenes de Andalucía
, un templo mitológico; de haber sido capital de España, y vientre donde se gestó
La Pepa. Si
entre sus gentes se han encontrado científicos
y literatos. Si en las entrañas de
su mar se hundió por primera vez el submarino
de Isaac Peral
. Si contamos con uno de los observatorios más relevantes de España… ¿Por qué hemos de
desechar mostrar, con el mismo orgullo de patria chica, que somos los herederos de un legado no material, los guardadores de una tradición que nació de la
necesidad de un pueblo, y que debemos custodiar como algo inherente a nuestra
idiosincracia?

Otra cosa es cómo se haya tratado el legado
material. Que se trabaje para mantener el que nos queda y cuidarlo. Eso sí
necesita de doctores, antes que el virus de la incompetencia o la ignorancia
debilite, más aún, nuestros ya mermados bienes.

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