OPINIÓN: “La carta del hijo pródigo -a mi Cristo del Ecce-Homo-” | ‘La trastienda’

El
regreso del hijo pródigo es, por aquello de la vuelta de una oveja perdida, uno
de los más esperados que un padre pudiera desear. Puede ser. Quien esto escribe
lo es, sin dudas. Un hijo que, en su efervescencia de juventud, decidió romper
con todo y empezar de cero. Y así fue. Pero qué iluso creer que olvidar en
fácil; la asignatura pendiente del que se marcha es esa. El hombre vive perenne
en los recuerdos.

Este
domingo la paradoja más inevitable de la vida me hizo retornar a esta tierra
donde ya soy casi más foráneo que propio; la muerte de un ser querido resultó
ser el visado de un pasaporte que ya casi tenía caduco de no usarlo, ese que me
da una razón para volver a pisar mi Isla.

El
viaje, triste, estaba lleno de momentos que lamentaba no haber compartido con
quien ya no habría de volver a ver más en esta vida; si algo tiene la muerte
para quien la padece en tercera persona es que le da pábulo a la introspección.
Y ante la última morada nos damos cuenta de qué es, o no, importante en
realidad. Tras el adiós terrenal, ese que se da sin querer y se tiene por
indeseado, con el dolor herido, retorné mis pasos hacia el barrio de mis padres
–mi barrio– a fin de despedirme de la familia antes de volver a la Sevilla que
me tenía acogido.

Era
segundo domingo de cuaresma y, aprovechando lo inesperado de las
circunstancias, antes de marchar, me dirigí hacia la plaza que ha sido toda mi
vida: la de la Pastora. Me encontré con caras conocidas que no me reconocían;
caminaba por aquellas calles, que habían sido como mis venas, casi como si lo
hiciera por el de un pueblo cualquiera, y por fin entré por las puertas
abiertas de par en par de aquella parroquia que siempre consideré –digamos que
por aquello del amor platónico– las más bella. Unos saludos de rigor, como digo,
y discúlpenme la exageración, casi mostrando mi documento de identidad en algún
caso, y llegué a sus pies, y… ¿Saben de ese silencio infinito? ¿Ese que se
provoca cuando las palabras son tan deficientes como el agua en un desierto?
Pues eso. Un largo y profuso silencio se hizo cuando, bajo el altar mayor, en
una semioscuridad preciosa, me encontré con la causa de mis devociones.

Allí
estaba, sin tener en realidad por qué estar. El hijo pródigo había vuelto a la
casa de la que se marchó y se encontró cara a cara con el Padre. ¡Y qué cara,
Padre mío! ¡Qué rostro, de tan humilde, hermoso! En aquel silencio se posaron
sobre mí esos recuerdos que arriba comentaba.

Precisamente
este domingo, cosas de la causalidad, concluía los actos del cincuenta
aniversario de las hechuras de mi Cristo del Ecce Homo. ¡Y qué hechuras, Cristo
mío! ¡Que manos, de tan sumisas, amadas! Y a su planta, en la tenue luz de su
mirada, vinieron a mi mente todos aquellos con los que una vez compartí mi vida
en torno suyo: Angel Camas, Antonio Galán, Lorenzo Gómez, Eduardo Olmo, Jesús
Cruz, Rafa Gabaldón, Antonio Bernal, Guillermo Paz, Tomás Vallecas, Salvador
Lemaistre, Alfonso Berraquero, Diego Rodríguez, Bernabé Martínez, Paco, Lucas y
Juanma Marchante, Angelita, mis tata,s, mi tío Juan, mi abuelo, mis padres, mis hermanos, mi mujer
y mis hijos… y una larga fila de nombres
que harían imposible ponerle el punto y final a este escrito; porque en
aquellos ojos que me miraban fijos, como siempre me habían mirado, estaban
todos, ¡estaba todo!

Y a
los pies de aquel sentenciado a muerte unos labios infantiles los besaban; era
la nieta de un antiguo y querido amigo ya fallecido. ¡Qué grande! La devoción
de su abuelo renovada en aquel sencillo beso. El sentido de aquella efeméride
que ya terminaba se condensaba en un simple y amoroso gesto. Y una sonrisa
asomó a mis labios en aquel día en el que la alegría se me había vestido de
luto.

El
hijo pródigo volvió. ¿Por azar? Lo dudo. Volvió para dar un adiós eterno y un
reencuentro en el último día en el recuerdo. Qué paradoja, insisto. Llevaba
mucho queriendo escribir algo sobre este cincuentenario de mi hermandad del
Ecce Homo, pero todo lo que creaba me parecía tan engolado, tan lleno de
sentimentalismo fácil, tan pleno de palabrería bonita y a la par tan vacía, que
nada veía bueno. Y tuvo que ser en una vuelta inesperada, en el día más
insospechado, cuando salió de mí pluma lo que mi corazón llevaba tiempo latiendo.

No,
no es el artículo más estético, ni correcto, ni emotivo, ni explosivo, ni el
que se mereciera mi Cristo –como siempre le llamé– en homenaje a sus cincuenta
años de devoción entre los isleños, pero de seguro que ninguno como este
hubiese escrito más sincero.

Ya
sé lo que sintió el hijo pródigo al encontrarse con el padre: el saberse por él
querido.

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