OPINIÓN: “De esencias y patrimonios isleños” – ‘Fajín de esparto’

Ahora que aún podemos estar con
el pito de caña, los nudillos a golpe de 3×4, y las uñas afiladas para un buen
punteado de la guitarra más carnavalera; ahora que en el pueblo de al lao hablar de Semana Santa es cometer pecado en el
templo de los ladrillos coloraos; dejo el fajín
de esparto
y cojo prestada la pluma del capitán más envenenado para mostrar
algunos de los patrimonios que tiene nuestra tierra, por los que tenemos que
luchar, conservar, proteger y poner en valor, esos que no entienden de
generaciones, de jóvenes o mayores porque se han ido forjando en la memoria y
conviven en el día a día de todos nosotros.

Después de mi último artículo de
opinión (personal) en esta web en el que decidí, después de un año colaborando,
hablar de la carga y saber si eran ciertas mis sospechas en cuanto a que si
tratas ciertos temas se genera debate, pensé que debería volver a opinar sobre
los temas que verdaderamente entiendo. Pero, sopesándolo, lo siento, vuelvo a
enfangarme. Y no por criticar una opción loable que ha tomado un colectivo que
tiene como fin último el de cargar pasos, sino porque la ciudad como tal con
sus agentes activos deben diferenciar lo que es esencia,  de lo que es un medio, una técnica o una
herramienta de algo a lo que no hay que darle mayor protagonismo, porque lo
realmente esencial, lo que da sentido a todo ello va en las andas procesionales
y no en la forma de llevarlos. ¿o es que no hay más patrimonios por los que
nuestros agentes políticos, sociales y económicos deben luchar antes que por
una almohada, una cuerda de pita y un compás?

Vamos a darle Suso…. 

San Fernando, la bicentenaria Isla de León,

la isla de laberintos de agua salada,

la que pone la hora en su observatorio de estrellas.

La de la Calle Real, la del Castillo de donde todo surgió

la de un puente que defendió la libertad.

La Isla, la de las pirámides de oro blanco,

la de los molinos de mareas encorsetados en la memoria del olvido,

la de la playa natural, la del islote sagrado fenicio,

la del boquerón que termina en punta.

La de la Iglesia de pacto constitucional, convertida en mayor,

la de la Pastora, convertida en penitencia.

La de un barrio de un Cristo deseoso de su capilla.

La de olor a neftalina recordando al pasado,

la de una plaza monárquica con caballo dictatorial.

La de la construcción naval de tímpanos silenciosos

La que es casa de la goleta más viajera

La que huele a adobo cuando llega la noche,

la de zapatillas con olor a sapina

y la de chocos con arte de trasmallo.

La de Camarón y sus tortillitas,

La del cante y el quejío en los patios de vecinos

La Isla, la hija mayor de la bahía, adormecida por su madre.

La de sus güichis que fueron mentideros,

de chiquitas de aromas dulces.

La de mártires de leyenda, de romerías con olor a castaña,

la de gentilicios cañaillas de púrpuras vestimentas,

la de abrazos eternos en tumbas milenarias,

la de los barros convertidos en ánforas de atunes salados.

La de su patrona conventual, de fajines oficiales y honores militares,

la de su patrona carmelitana de barrios humildes y estampitas gastadas.

La que anuncia su Semana Mayor a golpe de rosco de clavo victorioso,

la de besapies a un Cautivo y al Nazareno más macareno,

la de la calle más ancha con perfume de azahar,

la de la cera derramada en adoquines imperfectos.

La Isla de las tradiciones de cuartos de hora,

la de peticiones inmateriales llenas de egolatría

de postulantes y gobernantes

que demuestran una vez más

que el quieto y la corneta

son el pan y circo actual

que hacían acallar a los pueblos en la Antigüedad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *