OPINIÓN: “Andar de espaldas -In memoriam Guillermo Rosete Pino-” – ‘La trastienda’

Cuando se acercan estas
fechas del Corpus, entre otros recuerdos que cada vez parecen más
lejanos, se me viene a la memoria la imagen de un amigo mío portando el guión
sacramental delante del Santísimo.

En realidad, nunca comprendí
porqué a él le gustaba ocupar tal lugar en el cortejo. Andando de espaldas a
todos, sin más vista que la Custodia. ¡Pues vaya!

Sin embargo, a él no le
importaba tal incomodidad (para mí lo suponía). Era de esas personas, de
gestos metódicos y palabras medidas, que no arañaban ni un ápice la cordialidad
de cualquier conversación. Así que, en realidad, no me extrañaba que le
delegasen tal cometido. ¿Habría alguien más idóneo para guardar el máximo
respeto al transitar de Su Divina Majestad?

Además, que formara parte de
una hermandad que tuviese de Titular al Santísimo Sacramento le confería, no sé
porqué, ese espíritu de abnegación, de dedicación, a algo tan profundo que no
pocos jóvenes de su edad, perteneciendo también a otras cofradías, no
alcanzábamos a comprender del todo. Cosas de la deformación cofrade que,
a finales de los ochenta, padecían algunas corporaciones.

De espigada figura, y con
cierto aire de estudiante de un College inglés, lo veía con sus libros
bajo el brazo, camino de su casa, en la calle Jesús de la Misericordia, a
eso de la hora de la gazuza. Era de esos chavales que parecían no haber roto un
cirio en su vida.

Le recuerdo orgulloso de la
pertenencia a su Archicofradía y, de hecho, parecía que aquél escapulario
inmaculado formase parte indivisible de su pecho. Era devoto del Medinaceli
por tradición, por vocación y por convicción.

Aunque nunca le ví revestido
de su túnica azul y roja, pues compartíamos día de salida penitencial; pero yo
llevaba esa capa, que era como la firma de mi barrio de La Pastora la
tarde del Lunes Santo.

Barrio éste que también nos
unía, desde la vecindad hasta la fe. Lo mismo coincidíamos por sus calles con
un simple “Buenas…”, que lo hacíamos en la misa que
la hermandad de la Misericordia celebraba con motivo del Corpus
Chiquito
(eso suena a añejo, pero a añejo de reserva del 68),
dándonos fraternalmente la paz.

Un día dejé de verlo donde,
de forma habitual, paraba o pasaba. Transcurrieron unos meses hasta que volví a
coincidir con él. Llevaba una gorra de visera, y bajo ella una imponente nada
de aquella cabellera que, hasta no hacía mucho, lucía. Un saludo formal y
amistoso, como siempre; una sonrisa por presentación y, en sus ojos, una lucha
en silencio.

El Corpus
siguiente no lo ví llevando aquél lábaro con el Cordero Pascual.  Ese año ya no le hacía falta ir andando de
espaldas para no dejar de ver a Cristo vivo. Ese año, ya estaba junto a
Él. Ese año ya formaba parte de esa mesa eucarística a la que tanto ensalzaba.

No puedo remediarlo. Pero el Corpus
lo uno, de forma inevitable, con aquél muchacho que siempre me pareció la viva
imagen de la amabilidad.

Hace unos años que, por
causas profesionales, no disfruto de la Solemnidad del Cuerpo de Cristo en La
Isla, aunque para siempre tendré la imagen grabada de Guillermo,
caminando frente al Altísimo, de espaldas a todos. Ha sido con el tiempo, con
la madurez que éste otorga, cuando he comprendido que no le hacía falta mirar a
ningún otro lado, porque ya tenía el TODO delante suya.

Este año tampoco estaré
cuando las puertas del templo mayor isleño abrá sus puertas, repiquen las
campanas a gloria y las notas musicales retumben en las fachadas del Salymar
o La Mallorquina; pero éste, como todos, me seguirá recordando a aquél
chaval que rendía honores caminando hacia atrás delante del Amor de los
amores

(In memoriam Guillermo
Rosete Pino
)

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