Pandemia y cofradías

Difíciles, muy difíciles y complicados están siendo estos tiempos que nos han tocado vivir y, sobre todo, sufrir. La ya archiconocida pandemia del COVID-19, que nos viene afectando desde enero de 2019, ha condicionado la forma de actuar de nuestra sociedad en general y de las hermandades y cofradías en particular, que han sabido reaccionar de una forma ejemplar.

Ya desde los inicios de la cuaresma pasada, cuando los contagios y fallecidos aumentaban de forma alarmante y sin control, nuestras corporaciones supieron adaptarse, una vez más, a esas difíciles circunstancias y no dudaron alterar el normal desarrollo de la mayoría de los actos de culto celebrados, buscando siempre las mayores condiciones de seguridad y el bien común.

Poco después se aceptó y acató sin estridencias, como no podía ser de otra forma, el triste mandato de la suspensión de las salidas procesionales en un loable ejercicio de madurez y responsabilidad.

Al mismo tiempo, entendieron que era el momento, lejos de lamentarse, de centrar los esfuerzos en sus labores sociales y caritativas, reforzándolas aún más para tratar de paliar la crisis económica consecuencia de la sanitaria, incluso a pesar de la importante disminución de ingresos que ha conllevado la ausencia de pasos en la calle.

A pesar de todo esto, siempre habrá a quien esta forma de reaccionar de nuestras hermandades no le parezca suficiente y les reclame, en público o en privado, un mayor compromiso con los mas necesitados. Incluso se ha dado el caso de que algunas de estas críticas injustificadas han llegando desde dentro, desde el propio mundo cofrade como ha sido el reciente caso del Hermano Mayor de la Hermandad de la Macarena (cuyo concepto de hermandad está mas cercano al de una ONG que al de una cofradía tradicional) quien se otorgó la potestad de recriminar a las hermandades sevillanas una supuesta, a su juicio, falta de compromiso social. Inaudito. Lógicamente tuvo que rectificar de forma inmediata ante la repercusión de sus palabras tan poco acertadas y tan alejadas de la realidad.

Al hilo de todo esto, no debemos olvidar que si bien la caridad y/o la solidaridad forman parte de los valores fundamentales que deben regir en la actividad habitual de una hermandad y más en situaciones de especial necesidad como la de ahora, su verdadera razón de ser no es otra que el culto a Dios a través de sus imágenes sagradas.

Por tanto y en conclusión, entiendo que el papel que deben jugar nuestras hermandades en esta crisis sin precedentes es el auxilio al necesitado, cada una en función de sus posibilidades, pero compaginándolo con la celebración de sus actos de culto adaptados a los tiempos que corren, sin caer en sucedáneos frívolos (tal y como solicitaban los Obispos del Sur en una reciente declaración) y sin olvidar, en lo posible, seguir aumentando su patrimonio para contribuir al mantenimiento de los talleres de los artistas y evitar la desaparición de oficios de siglos de antigüedad que perviven gracias a los encargos de las cofradías.

Seria, además, otra forma de hacer caridad, quizás la mejor, la de proporcionar trabajo y contribuir al sustento de un buen número de familias de nuestra tierra andaluza.

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