La Hermandad de Santa Elena de San Fernando continúa conmemorando el vigésimo aniversario de la bendición de la Santa Emperatriz y para ello en la tarde de este viernes ha mirado para atrás para reconocer el trabajo, la ilusión y la implicación de quienes hicieron posible su nacimiento y posterior crecimiento. El segundo acto de esta celebración reunió en torno a una mesa redonda a varios protagonistas de su historia, entre ellos hermanos fundadores, miembros de la cuadrilla, representantes de la Junta de Gobierno y músicos vinculados a la corporación. A través de testimonios personales, vídeos de archivo y recuerdos compartidos, el encuentro permitió reconstruir la evolución de una institución que nació entre jóvenes y que hoy cuenta con más de 300 hermanos, patrimonio propio y una devoción cada vez más arraigada en San Fernando.
El coloquio, moderado por José Mario Belizón Reina, contó con la participación de José María Gutiérrez, vinculado durante años a la cuadrilla y actualmente integrado en la Junta de Gobierno; Álvaro Galán Villarubí, uno de los fundadores de los primeros momentos; Rubén Ortiz de Celis, miembro de la cuadrilla desde sus comienzos; y Juan Luis Álvarez Llave, director de la Banda de Música Nazareno, formación que acompaña a Santa Elena desde hace 17 años.
Desde el inicio quedó patente que hablar de Santa Elena implica hacerlo también de una historia de amistad, sacrificio y pertenencia. Para los participantes, la hermandad no es únicamente una institución religiosa, sino una auténtica casa construida con el esfuerzo de varias generaciones.
El origen de este movimiento se sitúa en el año 2002, cuando un grupo de jóvenes procedentes de distintas hermandades decidió poner en marcha una Cruz de Mayo. Muchos de ellos apenas superaban los 15 o 16 años, pero compartían la afición por el mundo cofrade y el deseo de impulsar un proyecto propio. Aquella iniciativa inicial, marcada por la ilusión y también por las dificultades, evolucionó posteriormente hacia una asociación civil, una asociación parroquial y, finalmente, una hermandad consolidada. La primera salida estuvo incluso a punto de no celebrarse por la necesidad de que la cruz estuviera bendecida. La intervención de la Hermandad de Jesús Nazareno permitió formalizar aquel requisito y conseguir la autorización para realizar la salida desde el Colegio San José.
Los primeros vídeos proyectados, que pueden verse en nuestro canal de YouTube, durante la mesa redonda mostraron una realidad muy distinta a la actual. El paso era sencillo, los medios económicos limitados y buena parte del patrimonio tuvo que lograrse mediante rifas, papeletas, verbenas y otras actividades organizadas por los propios hermanos. Sin embargo, aquellos comienzos modestos fueron determinantes para forjar el sentimiento de pertenencia, según los participantes en la mesa, que todavía permanece entre los fundadores. Algunos de ellos definieron Santa Elena como “un hijo” al que vieron nacer y crecer, mientras que otros la compararon con una casa familiar compartida con sus hijos y con las nuevas generaciones que se han ido incorporando a la corporación.
La llegada de la imagen de Santa Elena marcó, según coincidieron los participantes, el gran punto de inflexión en la trayectoria de la entidad. La Cruz de Mayo había servido como semilla del proyecto, pero la presencia de una imagen titular aportó una identidad concreta y permitió canalizar de forma directa la devoción. Santa Elena llegó a la iglesia de San Francisco gracias a la intervención del padre Javier Orpinell, quien facilitó un espacio estable para la asociación en un momento en el que sus integrantes necesitaban abandonar los emplazamientos provisionales. También se destacó posteriormente la importancia del padre Gonzalo Núñez en el desarrollo de la hermandad.
La mesa puso de manifiesto el valor de una advocación que, pese a su importancia histórica y religiosa, era poco conocida en San Fernando. Vinculada tradicionalmente al hallazgo de la cruz de Cristo y con presencia en la Basílica de San Pedro del Vaticano, Santa Elena fue adquiriendo una dimensión propia en la ciudad gracias al trabajo de la hermandad. Los participantes señalaron que la imagen ha permitido que numerosos fieles establezcan una relación cercana con la advocación y que el altar de San Francisco sea visitado durante todo el año por personas que acuden a rezar. La procesión, en este sentido, cumple también una función evangelizadora, al llevar la imagen al encuentro de quienes quizá nunca entrarían en el templo.
Otro de los asuntos centrales del debate fue la transformación artística del paso y de la propia procesión. Desde aquel conjunto inicial, que llegó a salir con un manto rojo y únicamente cuatro candelabros, se ha avanzado hasta un paso dorado y prácticamente culminado en sus grandes objetivos patrimoniales. Los antiguos faroles de la etapa de Cruz de Mayo fueron sustituidos por candelabros y guardabrisas; el monte incorporó friso y nuevas tallas; el paso se amplió para adaptarse mejor al conjunto y la vestimenta de Santa Elena fue evolucionando hacia tonalidades como el verde y el blanco. También se resaltó la mejora progresiva del exorno floral y la participación colectiva que hizo posible cada uno de estos proyectos.
La música ocupó igualmente un lugar destacado en la conversación. Durante sus primeros años, Santa Elena contó con el acompañamiento de una agrupación musical, pero posteriormente la hermandad decidió apostar por una banda de música. El cambio no estuvo exento de debate, ya que suponía modificar el estilo al que estaban acostumbrados tanto la cuadrilla como buena parte del público. Con el paso del tiempo, sin embargo, la nueva fórmula se consolidó y terminó encajando con la forma de andar del misterio y con la personalidad de la corporación. Álvarez Llave defendió que la banda proporciona un compás más ligero y adaptable, mientras que Rubén Ortiz recordó que el paso necesitaba un ritmo menos brusco para mantener su equilibrio. La relación entre la Banda Nazareno y Santa Elena se ha convertido así en una colaboración estrecha, marcada por el crecimiento conjunto y por la fidelidad de los músicos a la cita del tercer sábado de mayo.
Las intervenciones finales estuvieron centradas en el futuro y en la necesidad de garantizar el relevo generacional. Los participantes coincidieron en que el patrimonio conseguido es fruto de dos décadas de trabajo colectivo, pero advirtieron de que la continuidad de la hermandad dependerá, sobre todo, de su capacidad para incorporar a niños y jóvenes, aumentar la participación y crear vínculos duraderos entre los hermanos. Con más de 300 hermanos, el reto ya no consiste únicamente en incrementar la nómina, sino en lograr que quienes se acercan a Santa Elena encuentren en ella un espacio de fe, amistad y compromiso. La reflexión compartida fue que el objetivo último debe ser la perpetuidad: que el espíritu de casa que impulsó a los fundadores pueda transmitirse a las generaciones venideras.
La mesa redonda concluyó con un reconocimiento a todos los hermanos, juntas de gobierno, cuadrillas, músicos y colaboradores que han contribuido a la historia de Santa Elena. Durante el acto se entregaron recuerdos conmemorativos, recordando el final de este aniversario el próximo jueves con el Besamano a Santa Elena y posterior eucaristía y exaltación a cargo de Javier Padillo Cabrera.










