La Iglesia Mayor ha acogido este miércoles uno de los actos que se mantiene año tras año en la programación del Corpus: la Exaltación de la Eucaristía. Un acto que cambiaba de ubicación tras varios años celebrándose en la Parroquia Vaticana y Castrense de San Francisco y que ha contado con un público eminentemente cofrade que ha ocupado la mitad de la capcidad de los bancos del primer templo de la ciudad.
Este acto litúrgico y reflexivo sirvió para profundizar en el misterio central de la fe católica: la presencia real de Cristo en la Eucaristía. El discurso, cargado de testimonio y poesía a cargo de Manuel Jesús Sánchez Casas, enlazó la experiencia personal, magisterio de la Iglesia y homenaje colectivo, destacando cómo la adoración eucarística transforma vidas individuales y comunidades. Expuso la exploración de los caminos de la fe vivida, la importancia de la tradición popular, y el compromiso solidario, presentando la Eucaristía como fuente singular de esperanza, unidad y caridad, también en contextos de dificultad y persecución.
El acto se inició con la exposición de Su Divina Majestad tras la cual se proclamó una lectura del Libro de la Sabiduría, que evoca el “pan de ángeles” dado al pueblo elegido, un manjar lleno de delicias como anticipo de la Eucaristía. Tras esto tomó la palabra Sánchez Casas para iniciar una meditación poética: el pan humilde, transformado en alimento eterno para el cristiano, y el sagrario, centro silente de la vida de fe. El exaltador relató su gratitud hacia quienes sembraron en él la devoción eucarística—padres, educadores, catequistas y hermanos de la Hermandad de los Afligidos—y subrayó la importancia del ejemplo cotidiano. Explicó en su alocución el dogma de la presencia real, citando al Concilio de Trento: en la Eucaristía, el pan y el vino son realmente cuerpo y sangre de Cristo. Afirmó también que la Eucaristía fortalece el amor, renueva la esperanza y sostiene la vida interior, una gracia llamativamente definida por Santo Tomás de Aquino como “sagrado banquete”.
En su exaltación Sánchez Casas exploró el trasfondo teológico y existencial: participar del rito conecta al fiel con el misterio de Cristo Resucitado; la profunda comunión espiritual se prolonga en la vida diaria, siendo fuente de caridad y sentido para el compromiso con los más necesitados. Grandes voces de la Iglesia, como San Juan Crisóstomo y los documentos del Vaticano II, fueron citados para subrayar la dimensión social y consoladora de la Eucaristía. En este punto el exaltador ioncluyó una intensa reflexión poética sobre el campo, el pan y la presencia misteriosa de Cristo, resaltando su cercanía en el altar y el poder transformador de la adoración. El testimonio personal retomó la centralidad de la fe en la vida matrimonial: el orador detalló cómo, junto a su esposa Carmen, la adoración y la Eucaristía han sido soporte en tiempos difíciles, renovando la entrega diaria y consolidando el amor conyugal.
La meditación se expandió al impacto comunitario: el Corpus en la Isla no es solo una festividad, sino la manifestación pública de una fe viva, donde Dios “sale a la calle” y recorre un pueblo cuya religiosidad popular—contrapunto de la liturgia oficial—refuerza la memoria y la identidad. Describió con detalle la procesión entre altares, flores, músicas y la implicación de niños, autoridades y cofradías, convirtiendo la jornada en una catequesis viviente. Agradeció también el trabajo callado de la Comisión Pro Corpus y los hermanos que, como Pepe Macías hiciera, mantienen viva la dignidad del Corpus mediante servicio desinteresado. El orador destacó que la grandeza del acto radica no solo en lo visible, sino en el amor que motiva cada preparación y acto de fe. A nivel universal, subrayó la comunión con los cristianos perseguidos, para quienes la Eucaristía es refugio y fortaleza; cada Misa celebrada es una auténtica comunión con toda la Iglesia, uniendo oración, dolor y valentía y recordando el deber de orar por aquellos que sufren por su fe.
La reflexión teológica alcazó un punto de contemplación mariana: María ocupa un lugar esencial en la Eucaristía como “primera custodia” y tabernáculo vivo, pues de ella tomó carne Jesús, el pan bajado del cielo. Citó San Juan Pablo II en: María, “Mujer Eucaristía”, enseña a vivir la entrega, la fe y la esperanza. Su presencia al pie de la cruz resaltó Sánchez Cass que la Eucaristía es al mismo tiempo sacrificio y comunión. El orador ensalzó esta espiritualidad con la identidad cofrade: la devoción verdadera trasciende lo estético o folklórico para encontrar su culmen en la presencia real de Cristo. La misión de las cofradías. aseguró, es preparar el ambiente humano y espiritual para el encuentro con el misterio eucarístico, haciendo del pueblo custodio de Jesús. Se confrontan emociones y ritualismos con el llamado a buscar a Cristo en el altar, en la hostia y sobre todo en los necesitados, invitando a los cofrades y fieles a superar lo exterior y adentrarse en la experiencia transformadora de la adoración.
El orador invitó a trascender lo material y lo inmediato, buscando a Jesús en el Sagrario, principio y fin del tiempo de cada creyente. Llamó a la oración confiada y a dejar de lado los miedos, encontrando fortaleza junto al Santísimo Sacramento.
Tras la exaltación, que fue aplaudida, se realizó la procesión con Su Divina Majestad seguida de la bendición y reserva. El acto concluyó con la entrega al exaltador de un cuadro como recuerdo de este anuncio de una nueva conmemoración de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
https://youtu.be/tmAQ0lZJoiI







