La plata que brilló más que el sol, como un jueves de Corpus

Esta historia nunca tendría que haber sido contada, ni publicada, y tampoco tenía previsto que tuviera un final así, pero como se suele decir, el hombre propone y Dios dispone. El proceso se ha alargado más de lo que pensábamos y ahora, que hemos llegado al final del recorrido, he decido que lo justo para todos es contarlo, aún traicionando un pacto entre caballeros cofrades firmado con un clásico e inobservado apretón de manos, y poniendo el corazón y mucha pasión en lo que íbamos a hacer. Tanta pasión pusimos, que de ser un simple trabajo habitual de los que con frecuencia hacemos los cofrades, hemos terminado con una historia romántica que, al menos yo y unos cuantos más, nunca olvidaremos y nos la guardaremos en el rincón de las anécdotas que te pedirán que cuentes con detalles en las tertulias de amigos.

Su persistencia y tenacidad fueron la causa por la que finalmente quedáramos un día para tomar un desayuno, de esos que se sabe a qué hora empiezan, pero que difícilmente se fija el momento de terminar. Durante meses, cada vez que me veía por la calle, en un acto o sencillamente sentado en una terraza, se me acercaba y levantando el dedo índice al unísono que enarcando las cejas me decía: “¿cuándo podré sentarme a hablar con usted? Sin prisas, que no es urgente, pero cuando usted pueda”

A pesar de la intriga que me fue creando por tan firme e implacable voluntad, he de reconocer que al principio le di algo de largas, no por desconfianza ni falta de aprecio, no por falsas expectativas ni por encontrarme ante una posible desilusión, sino que más bien, el devenir de esos momentos me desbordaba una agenda cofrade con poco margen de maniobra para involucrarme en nuevos proyectos.

Pero al final, la persona que reclamaba mi tiempo y atención era un icono cofrade que había visto infinidad de veces desde niño, liderando actos de hermandades, iniciando proyectos, era el amigo de mi padre, era uno de los inventores y creadores de nuestra semana santa. Era el cofrade que creaba silencio y atención cuando se disponía a hablar. ¿Quién era yo para seguir sin prestar atención al “brand lover” de los cofrades de San Fernando?

Yendo al asunto que me trae, aquella mañana, entre sorbo y sorbo de un café humeante, me habló con detalle de la existencia de cuatro faroles de orfebrería que tiempo atrás flanqueaban la custodia del Corpus y relucían entre el verde de la uva y marfil de los detalles de tan curioso paso rodante. Los faroles estaban en algún sitio que pocos conocían, pero que, con la ayuda de un tercer invitado en el desayuno, quedó más que claro.

Aquella mañana, mi apreciado Juan Guerrero y yo, escuchábamos con atención el plan que desde meses atrás había estado en la cabeza del maestro. Su plan era sencillo, al menos para él. Yo, como hermano mayor de la Archicofradía -cito textualmente lo que me dijo-, debía iniciar alguna estrategia, con la ayuda de Juan, para restaurar esos bonitos faroles y que fuesen estrenados en el siguiente Corpus. No me dio más ideas ni contactos para tan ardua empresa, confiaba en mi gestión, e insistiendo en pagar el desayuno, se despidió con la convicción de que no le defraudaría. Menudo marrón me ha dejado con todo lo que llevo encima…-pensé-.

La parte más gratificante de esta historia, y por la que empecé, fue la idea de rodearme de los hermanos mayores de las sacramentales, que resultó muy fructífera y eficiente al máximo. No les pude decir en aquel momento que la idea original no había partido de mí, porque así lo había prometido el día del desayuno. Les enseñé los deteriorados y maltrechos faroles, les hice ver que, si nosotros no asumíamos tal empresa, nadie lo haría. No era un proyecto fácil, ni en el que podíamos involucrar a otras instituciones, así que los siete, nos repartimos el trabajo: buscaríamos algunos presupuestos y al mismo tiempo, tendríamos que convencer al resto de hermandades para que aportáramos entre todos. Sería un proyecto en equipo, de todos, y sobre todo, para todos, para nuestra ciudad y nuestro magnífico Corpus. La maquinaria cofrade se puso en marcha, y como todos sabemos, una vez iniciada difícilmente falla. Las semanas pasaban y las confirmaciones de aceptación en participar sin condiciones se iban sucediendo y sumando. Por fin, llegamos al soñado 100%! Todas las hermandades habían respondido positivamente.

Hubo una parada inesperada, la pandemia quitó del foco el proyecto durante meses. Ya no había prisas y el seguimiento de la restauración se hizo difícil desde el día que se llevé los faroles al orfebre. De vez en cuando, yo informaba de los avances al viejo cofrade, que asentía con alegría al comprobar que su plan marchaba bien.

Hace unas semanas, casi dos años después del desayuno, pude recoger los cuatro faroles de plata. Me parecieron una maravilla. Me ilusionaron como si hubiese ido a recoger un respiradero dorado de mi paso. Era un culmen y una respuesta a mucha gente, más de la que hubiera imaginado cuando aquel día me dejé convencer. Los cofrades somos así, nos embarcamos y confiamos en llegar a buen puerto.

Esta historia, tan simple como inefable para mí, se ha enriquecido con una carga romántica y cariñosa, al tiempo que ha clavado una pequeña espina que nunca podrá ser sacada. Mi amigo, mi icono cofrade, el viejo sabio que todo lo sabía, murió repentinamente, y cogiendo por sorpresa a la mayoría de sus amigos, y desgraciadamente para mí y para Juan, ya no pudimos enseñarle el trabajo terminado. Quizá ahora escribo estas líneas como sustitutivo de un bálsamo que mitigue el dolor de mis recuerdos.

Estoy seguro que desde el cielo, nuestro querido Pepe Macias, verá brillar la plata de los faroles de la custodia, en algún domingo de Corpus, de esos que relucen más que el sol, y que tarde o temprano le harán justicia a su plan que caviló como cofrade viejo y sabio: ver los faroles dando luz al Corpus Christi.

Eduardo Coto Martínez

Nota: en agradecimiento a todos los hermanos mayores de San Fernando, por su respuesta rápida y positiva que han hecho realidad este proyecto de conservación de nuestro patrimonio, aun sin saber la verdadera historia que escondía detrás.

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