Hasta doblar las manecillas del reloj. Así de extraordinario fue el regreso de la Virgen de la Esperanza tras su Coronación Canónica el pasado sábado. Un regreso del Panteón a San Francisco que tuvo de todo, absolutamente de todo lo que en cofradías podamos vivir, y todo muy bueno.
Como si hubieran pasado unos minutos, a las cinco de la tarde ya hermanos, devotos y cofrades en general comenzaban el camino de regreso al Panteón tras un mediodía en el que se había vivido entre aquellos muros una de las páginas más importantes de la historia de la Hermadnad de la Expiración: la Coronación de la Santísima Virgen de la Esperana. El tiempo apuntaba buenas maneras, hacía algo de calor, pero adecuada para este tiempo, soportable, aunque en el interior del Panteón -donde llegaban las distintas representaciones- se notaban algunos grados más.
Los nervios eran distintos a los de la mañana. Había que configurar un cortejo, algo ya si más habitual para los cofrades, y tener todos los elementos del paso de palio bien dispuestos. Para ello el grupo de mayordomía de la hermandad había estado trabajando desde que se cerraron las puertas del Panteón hasta pocos minutos antes de volverse a abrir. La Santísima Virgen, con su nueva corona, se disponía en el palio, que se encontraba en el pasillo central. Candelería totalmente encendida, con velas que recordaban a los militares que descansan para siempre en este Panteón.
Antes de abrirse las puertas la Banda de Música Ciudad de San Fernando realizó el pasacalles desde el Paseo Capitán Conforto a los sones de la marcha militar ‘Mares y vientos’, ese matiz militar que quizás faltaba en lo musical en estos días tras el ‘Toque de oración’ con el que llegó la Virgen al interior del Panteón una semana antes. Los isleños y cofrades llegados de otras localidades pudieron pasar al patio de armas para ver salir a la hermandad. Un cortejo que abría la Cruz de Guía y al que, además de hermanos con cirios, se unía una amplia representación de hermandades y cofradías, el propio Consejo y la Armada española representada por los alumnos de la Escuela de Suboficiales junto a los altos mandos de este enclave militar de La Isla. El ayutamiento entendió que el acto revestía la importancia como para ser representado por un edil que no se encuentra ni siquiera entre los siete tenientes de alcaldesa.
Se levantó el paso, y mientras en el interior del templo la Santísima Virgen de la Esperanza iba transitando entre las tumbas, dejando atrás parte de la historia de España y de su propia hermandad en este día, desde el exterior la formación musical comenzó a interpretar ‘La muerte no es el final’, como si el sacerdote Cesáreo Gabaráin cuando la escribió, hubiera pensado en este momento. Solo faltó, quizás, el punto del cántico de la letra por parte de los propios Suboficiales o quizás de la Coral Logar de la Puente, hubiera sido sin duda la matrícula de honor a este momento. Pero vendrían otros y distintos instantes.
El paso de palio junto al dintel, momento exacto para el Himno Nacional que fue correspondido con el saludo militar oportuno por parte de alumnos y mandos. Tras esto la primera marcha, la marcha de la Virgen, ‘Esperanza del Silencio’ de José González García. Una composición que recordó a infinidad de Jueves Santo y que por el guiño a la historia recordó a tantos hermanos que no pudieron llegar a vivir este histórico día. La formación musical isleña es, como cuando cada temporada se juega el All-Star de la NBA y el partido entre conferencias reúne a lo mejor de los equipos. Una formación musical que no podría darse salvo en estas contadas ocasiones en las calles acompañando a un paso, pero que cuando lo hacen, y el sábado fue una excepción, es un autentico deleite. Como deleite fue un repertorio en la primera parte del recorrido a medida, queriendo tener gestos, guiños a la historia, a la música procesional y a la Santísima Virgen de la Esperanza.
Uno de esos gestos llegaba con la siguiente de las marchas con la que la Santísima Virgen abandonaba la ESUBO, sonó ‘Reina Carmelitana’ en recuerdo a la primera Coronación en La Isla, la de la Santísima Virgen del Carmen. Tras esto la maniobra para salir por la puerta de Levante que se hizo de manera natural, sin problema alguno, con un gran trabajo por parte de la cuadrilla de la asociación de Jóvenes Cargadores Cofrades (JCC) con Alberto Moreno e Isaías Sánchez como capataces. En la primera parte para abandonar la población militar la luz de la tarde dibujó en el cielo un color especial, que se reflejaba en el palio y la orfebrería. Sin duda por el interior del Paseo Capitán Conforto se dieron las estampas idílicas que todo cofrade querría para una tarde de cofradías.
Seguían sonando las marchas y tras dejar atrás la zona de la estación de tren y el paso por la Glorieta el cortejo se adentraba en el barrio del Cristo. Aquí un momento muy especial con la incorporación del paso por la calle Servando Gutiérrez para salvar una obra en la esquina de San José y San Antonio. Una calle coqueta, con dificultad por los árboles pero de autentico sabor cofradiero. Ya aquí se paraban un poco más los tiempos y con la llegada a la calle Patrona, la primera de las petaladas y los versos de Luis de Celis se asimilaba que todo era distinto.
La alegría bajo los pétalos se sucedió algunos metros después con quizás, el momento de la tarde-noche, la llegada a la Capilla del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz. En el altar de la capilla todo dispuesto, un gesto de sumo gusto por parte de la corporación del Miércoles Santo, pero no quedó atrás el momento preparado por hermandad, cuadrilla y banda. La Santísima Virgen se posó antes de llegar a la plaza, a pocos metros de la capilla. Levantó y sonó ‘¡Miradlo en la Cruz!’ la composición de David Hurtado. No cabía un alfiler en la plaza. No se escuchaba un murmullo. Por momentos la estampa parecía de otro tiempo, de otra época, de otro sitio. Solo se podía contemplar, callar y disfrutar. Y así fue. Y tal como llegó, levantó el Hermano Mayor de la Vera-Cruz, Francisco Tocino, y el palio se fue a los sones de ‘Los Estudiantes’ de Cristóbal López Gándara. Serían necesarias muchas crónicas para solo el momento del paso por la Capilla de la Vera-Cruz. Aquel que estuvo, lo disfrutó y recordará para siempre.
Pasado el paso por el Cristo se buscaba, y aún se iba bien ajustado al horario establecido, el siguiente hito: la Pastora. Pero para llegar de un punto a otro es necesario, y así lo mandan los cánones cofrades, bajar por la calle Maestro Portela -Ancha-. Aquí quizás la cuadrilla, en la parte alta, excedió en los quietos e incluso pasos atrás que sumaron minutos al reloj y marcaron los primeros retrasos de la jornada. Aún así fue el momento de cambio de formación musical, Ciudad de San Fernando se despidió, a la altura de la confluencia con la calle Churruca, engarzando ‘Esperanza’ de Manuel Marvizón con ‘Esperanza Macarena’ de Pedro Morales. Toda una delicia para la primera mitad de la calle Ancha.
Aquí entro la segunda de las formaciones musicales. Siguiendo el simil deportivo, si Ciudad de San Fernando es actualmente uno de los dos equipos de los All-Star de la NBA, la Banda Municipal de Música de la Puebla del Río sería sin duda Carlos Alcaraz en el tenis, un valor joven y seguro que se sitúa por méritos propios en el top de referencia. Y vino para demostrarlo a La Isla tras la Virgen de la Esperanza. Con un repertorio variado, con piezas para todos los gustos, demostró su calidad interpretativa en cada una de las marchas.
La llegada a la Pastora fue muy especial. Mucho público también aquí, donde se retiraron las representaciones que acompañaban en el cortejo. En el dintel de entrada al templo por la plaza esperaba el párroco, el Rvdo. P. Luis Palomino Millán como muestra de acogida en el seno de la parroquia. En el altar mayor esperaban las distintas hermandades representadas que agasajaron con un ramo de flores a la Santísima Virgen de la mano de jóvenes de cada una de las cuatro hermandades.
El paso levantó y se fue de la Pastora dejando otra estampa para la historia con la característica espadaña al fondo. Aquí ya se acumulaban bastantes minutos de retraso sobre el horario previsto -y cayeron ligeras gotas de lluvia- y se sabía que era imposible llegar al cruce de la calle Real en el horario marcado por Trambahía, habría que hacerlo en la siguiente ventana horaria. Por eso al pasar por la calle Santo Domingo, en la sede de la JCC, y junto a una alfombra de sal instalada en la puerta de la misma, la soprano Lola Martínez cantó el Ave María al paso de la Virgen, acompañado de una petalada y marchas emotivas y dedicatorias de levantás en favor de esta asociación de cargadores que naciera al amparo de la cofradía del Jueves Santo hace algo menos de cinco décadas.
Dejando atrás la sede de la JCC el cortejo pasó por las curvas de Capitanía, calle Real y por Almirante Cervera y Pérez Galdós se encaminó por el barrio de la Iglesia Mayor, lugar que recorre cada jornada de Jueves Santo. Allí sonó ‘Caridad para mi Hijo’ en una trepá dedicada a la cofradía del Martes Santo. No cesaba el público en las aceras buscando el siguiente punto; el paso por la Capilla de los Desamparados y el encuentro con la cofradía del Viernes Santo. Emotivo el giro del palio hacia la puerta donde en un altar efímero se situaba la Virgen de los Desamparados. De aquí a la subida de la calle San José con una gran petalada a los sones de ‘Siempre Macarena’. Justo fue terminar la petalada y apretar un poco más la lluvia que siguió por el cruce de Real y la entrada en la calle Sánchez Cerquero. Se estaba ya en casa, la lluvia dejó algunas dudas, pero al cesar, se siguió por el itinerario acordado que no era otro que volver a la Castrense por el lugar más icónico de la cofradía.
General Valdés engalanado con colgaduras, flores de papel y banderas anunciaban moemntos emotivos y para el recuerdo. Lo fue sin duda la entrada en la Alameda Moreno de Guerra a los sones de ‘Pasan los campanilleros’ recordando estampas de hace más de tres décadas en esta cofradía. Fue el contrapunto a un repertorio distinto a su vez del interpretado por la Banda de Julián Cerdán en el traslado del sábado 18 o el que la Banda Ciudad de San Fernando había interpretado solo algunas horas antes. La Alameda fue la despedida final, como la mascletá en las Fallas de Valencia. El palio totalmente encendido, como casi toda la tarde-noche, un ambiente cofradiero excelente y muchas ganas de acompañar a la Santísima Virgen hasta su templo. Si alguien al ver los horarios de la procesión creyó que esta terminaría con poco público, se equivocó.
Y así, como sin quererlo, llegó de nuevo a San Francisco, a su templo, de donde había salido una semana antes para rubricar en el Panteón de Marinos Ilustres una de las páginas más gloriosas de la historia de la hermandad y de las cofradías isleñas. La Esperanza ya coronada se posaba junto al altar donde esperaba el Santísimo Cristo de la Expiración.
Todo fue tan completo que hasta las manecillas de los relojes regalaron una hora más al disfrute cofradiero. La Coronación de la Esperanza, aquella que marcó el tiempo hasta doblegarlo. De tres meses de preparación. De unos días en el Panteón. De segundos de imponerse una corona. Y de hasta un cambio de hora para volver a su templo. Ojalá siempre cuando marquen las tres vuelvan a ser las dos, y seguir quedándonos en lo vivido junto a la Esperanza en su Coronación. Y el que lo vivió, lo sabe, y lo recordará.












