La Virgen de la Esperanza ya está coronada. Cuando las manecillas de los relojes en el Panteón de Marinos Ilustres marcaban las doce y venticinco minutos del mediodía el Obispo de Cádiz y Ceuta, Monseñor Rafael Zornoza imponía sobre las sienes de la Santísima Virgen la presea dorada que confeccionara el orfebre jerezano Antonio García Falla.
Con este primer párrafo se podría concentrar toda la información. Quedarían respondidas las cinco W del periodismo. Pero es que lo vivido en el Panteón en este mediodía de sábado necesita mucho más que lo que las normas periodísticas requieren. Mucho más. Mucho más que tres meses de preparativos, mucho más que horas y horas de pensar, planificar y ejecutar cada una de las áreas que un acto de este estilo requiere. Todo resumido en unos segundos. Muy pocos, los que distaron entre que el mayordomo de la cofradía del Jueves Santo entregaba al Obispo diocesano la corona hasta que la misma se posaba sobre la Virgen.
Pero antes que eso, mucho antes, hubo mucho más en el Panteón. Sobre las diez y media de la mañana se abría la Puerta de las Victorias, la misma por la que una semana antes la Santísima Virgen cruzó para adentrarse en un espacio, tan cerca y a la vez tan lejos de La Isla, en el que reposan para siempre quienes a través de la Armada española dieron su vida en defensa de la patria. Un espacio particular, muy desconocido incluso para los isleños y también para buena parte de aquellos que con levita azul defienden los intereses de España a través de los mares. Los mismos que, asombrados, vieron hace unos días como más de tres mil personas se postraban ante la Virgen de la Esperanza en un Besamano para la historia.
Y de historia, galerías completas. Todo el Panteón, aquel que se iba poblando de hermanos, representaciones y autoridades, mientras llegaba la hora acordada, las once y media de la mañana. Antes de esto, en un ejercicio trabajado de protocolo colocar a cada cual en su sitio. Nadie quería perdérselo. Incluso hubo que añadir pantallas -hasta cuatro- en el dintel exterior y el patio de armas para acoger a aquellos hermanos y devotos que no pudieron ocupar lugar en el interior del Panteón. Llegaron las últimas autoridades, que suelen ser las primeras en jerarquía, y todo estaba previsto. El Obispo diocesano, Monseñor Rafael Zornoza, departía con algunos de los invitados antes de revestirse para iniciar la celebración.
Con pocos minutos de demora, y junto al canto de la Coral Logar de la Puente -acompañada esta vez por instrumentos de cuerda- comenzaba a discurrir el cortejo litúrgico por el pasillo central. Sacerdotes -pocos, para lo que la ocasión requería-, monaguillos, el Obispo y tras ellos una plataforma con cuatro asideros, cuatro puntos como la rosa de los vientos, sujetado por cuatro manos de cuatro hermanos relevantes -y que eran los padrinos de la Coronación- la presea de la Santísima Virgen. Los ojos de los presentes apuntaban a este elemento, como el mejor de los invitados a esta celebración.
La corona se puso sobre una plataforma a un lado del presbiterio, donde se celebraría la eucaristía y que había sido colocado en la zona baja del altar mayor del templo. Arriba, junto a la Virgen del Carmen, como una dualidad intrínseca en el antiguo hospicio franciscano al que hoy llamamos San Francisco, Carmen y Esperanza, Esperanza y Carmen, remataban la escena sobre las estructuras arquitectónicas tan particulares del templo.
Comenzaba una celebración eucarística en la que distintos hermanos fueron participando de la liturgia. Desde el rito de entrada con un texto introductorio, pasando por las lecturas o sirviendo en el altar. Todo estaba milimetrado, como el repertorio de Logar de la Puente, que sonó -incluso con las complicaciones acústicas del Panteón- a verdaderos cantos de gloria, como aquellos que narraban las victorias gloriosas de la Armada española tras las batallas, y que recordaban a aquellos marinos que hoy descansan para siempre en el recinto militar.
Monseñor Zornoza tomó la palabra a sabiendas que esta podrá ser, salvo que el tiempo y la Santa Sede digan lo contrario, la última de sus Coronaciones Canónicas como prelado gaditano. Dijo Zornoza que «la verdadera corona sois vosotros» en referencia a los hermanos de la Expiración, a sus devotos, a aquellos que la acompañaron incluso el pasado jueves como todos los jueves del año con el rezo del Santo Rosario en los bancos del Panteón.
Finalizada la homilía, el director espiritual de la hermandad, el Rvdo. P. Gonzalo Núñez del Castillo pasó a dar lectura al decreto de Coronación. Todos esperaban este momento. Tras las últimas palabras se puso en marcha de nuevo el mismo mecanismo: cuatro asideros, cuatro manos y muchos nervios. Los propios de quienes volvían a coger la corona pero que sabían que esta era la última ocasión. Sería para llevarla ante la Virgen, y ya ser suya para siempre. Y así fue. Antes de eso se bendijo y una vez terminado este rito el mayordomo hizo uso de su condición para con suma delicadeza llevarla hasta una escalera posterior a la Virgen en la que ya aguardaba Monseñor Zornoza.
Y aquí se paró todo. El tiempo, el viento, los comentarios. Incluso la respiración por algunos segundos. Y es que Monseñor Zornoza Boy cogía la corona para dejarla sobre la Santísima Virgen. Era el momento. Solo el parpadeo de las cámaras sonaba entre los muros ilustres del Panteón. Segundos que parecían vidas enteras, como si hace 30 años alguien hubiera pensado en aquel justo momento, alguien hubiera diseñado todo lo que allí iba a pasar. Todo aquello por lo que una vez puesta la corona se rompió en aplausos mientras las notas del Himno Nacional completaban la escena.
Las fotos, las lágrimas, los abrazos. Todo aquel que estuvo allí recordará para siempre desde donde vio por vez primera a la Esperanza Coronada. Ya sí, ya el sueño era realidad. Y la realidad es que la celebración eucarística prosiguió en los derroteros normales de estas misas. Misa que no se hizo larga, todo lo contrario, y que se pudo seguir sin prisas pero tampoco con un exceso de recubrimiento que a veces las hacen más distantes.
Todo finalizaba con un último rezo a la Santísima Virgen. Y desde aquí el final de este Pontifical en forma de fotografías de recuerdo, entrega de los últimos detalles y una visita muy especial al mausoleo de Rodríguez Arias, como recuerdo de que allí, entre tantos marinos ilustres, descansa uno que además fue el máximo responsable de la Hermandad de la Expiración durante algunos años.
Las fotos que quisieron inmortalizar que todos habían estado allí. Aquellos que con orgullo contarán que un día de octubre en el Panteón vivieron la Coronación Canónica de la Virgen de la Esperanza.








