Si bonitos son los días de Semana Santa atrás no queda el Domingo de Pasión. El día del Pregón, de la visitas a los templos para los Besamanos, de la noche de traslados y de darte cuenta que en tan solo una semana, todo empezará a acabarse.
Pero ayer no fue un Domingo de Pasión más, especialmente para los hermanos del Perdón. La Casería era un hervidero de cofrades. Dificilmente se podía estar en el interior del templo de tantos que quisieron acercarse para ver a la Reina de la Paz en su Besamano. Con nueva corona, con el palio ya bendecido de fondo. Las caras lo decían todo. Han sido muchos años y ya el sueño comienza a tocarse con las yemas de los dedos.
En los últimos años la clausura del Besamano ha servido para un acto íntimo, entre los hermanos. Este año tenía un carácter especial. Como todo lo que cada día está pasando por La Casería. Hubo lágrimas, emoción y un sentimiento de unidad absoluto. Han sido muchos días, muchas tardes de preparativos y muchos nervios. Todo es nuevo.
Pero todo no había acabado. Quedaba la noche. Como la de Reyes. Cuando La Isla ya descansaba de una jornada maratoniana, en el interior de la Inmaculada Concepción la ilusión alcanzaba las cotas más elevadas. La Virgen de la Paz entronizada sobre su paso. Ese gesto, de pocos metros en altura, era elevar a la máxima exponencia aquello que hace ya algunas décadas soñaron algunos cofrades.
La noche de Reyes. Hoy la Paz ha amanecido sobre su paso. El regalo más bonito tras un Domingo de Pasión de ensueño.
La Paz, la Virgen de la Paz, sobre todas las cosas.






