La Hermandad de la Vera-Cruz de San Fernando celebró este pasado sábado la cuadragésima quinta edición de su pregón de exaltación de la Santa Cruz, una cita ya consolidada en el calendario religioso y cofrade de la ciudad que, en esta ocasión, tuvo como protagonista a Juan Ramón Prieto Masoni. Médico, investigador, escritor, pregonero y cofrade profundamente vinculado a la vida de las hermandades isleñas, Prieto Masoni ofreció una intervención de marcado carácter testimonial en la que entrelazó la historia de la cruz, sus recuerdos familiares y cofrades, la dimensión evangelizadora de las procesiones y la responsabilidad caritativa de las mismas.
La ceremonia, desarrollada en la capilla del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, estuvo acompañada por el director espiritual de la hermandad, el reverendo Juan Antonio Martín Barrera, y contó con la presencia de la Junta de Gobierno, representantes de distintas hermandades y entidades cofrades, familiares y numerosos asistentes. El acto concluyó con la entrega de una cruz bendecida conmemorativa y la bendición final, después de que los donativos recaudados se destinaran a la campaña de material escolar de la vocalía de caridad Luis Zaragoza Ruiz, en beneficio de Cáritas Parroquial.
La exaltación comenzó con el anuncio solemne de esta cuadragésima quinta edición, una tradición que la Vera-Cruz celebra anualmente desde 1981. Antes de la presentación del pregonero, el director espiritual dirigió las preces iniciales ante la Santa Cruz. Las invocaciones estuvieron dirigidas a Jesucristo crucificado, a quien se pidió protección, salud, liberación del mal y amparo frente a los peligros. La oración concluyó con el rezo del Padrenuestro, situando desde el primer momento el acto en un clima de recogimiento y espiritualidad.
A continuación se dio lectura al extracto del acta de la Junta de Gobierno celebrada el 23 de abril de 2026 en la Casa de Hermandad. En el séptimo punto del orden del día se recogía la elección, por unanimidad, de Juan Ramón Prieto Masoni como pregonero de la exaltación de la Santa Cruz. La aceptación inmediata del encargo confirmó la estrecha vinculación del protagonista con la corporación y con el entorno devocional de la capilla del Cristo de la Vera-Cruz.
Una presentación a la altura de una trayectoria cofrade
El encargado de presentar al pregonero fue Manuel Ángel Cano Vélez, quien inició su intervención con una adaptación del profeta Isaías: San Fernando debía levantarse y brillar porque la luz del Señor resplandecía en la capilla del Cristo. Con esta imagen, Cano situó el templo de la Vera-Cruz como un lugar donde conviven la penumbra y la luz, pero en el que toda claridad nace, en último término, de la presencia del Crucificado.
El presentador recordó los numerosos vínculos recientes de Juan Ramón Prieto Masoni con la hermandad. Su primer acto oficial después de ser designado para una importante responsabilidad cofrade había sido precisamente un rezo de vísperas en la capilla, y poco antes de subir al escenario del Teatro de las Cortes había participado en el traslado de la imagen. A ello se sumaban sus asistencias a cultos, convivencias, exaltaciones, belenes y actos organizados por distintas corporaciones. Con una nota de humor, Cano señaló que el “pasaporte cofrade” del pregonero estaba ya lleno de sellos.
La presentación estableció también un paralelismo entre san Agustín, nacido el 13 de noviembre en Hipona, y Juan Ramón, nacido en San Fernando 1616 años después. A partir de esa referencia, Manuel Ángel Cano repasó la trayectoria humana, profesional y cofrade del pregonero, quien pertenece a la Hermandad de los Afligidos desde los tres años. Desde 1981 viste la túnica nazarena y, a los quince años, se incorporó a la Junta Auxiliar de la corporación.
Su formación académica y profesional ocupó igualmente un lugar destacado en la presentación. Juan Ramón Prieto Masoni es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Cádiz, cuenta con acreditación investigadora y desarrolla su actividad en los ámbitos de la medicina familiar y comunitaria y la pediatría, tanto en la sanidad pública como en la privada. Su incorporación a la Hermandad de los Desamparados fue vinculada por el presentador a su vocación y ejercicio profesional en el campo sanitario.
Cano repasó además su paso por la Cofradía del Padre Franco entre 1992 y 2008, donde desempeñó los cargos de secretario y vicehermano mayor, así como su participación en la Junta Permanente del Consejo de Hermandades. Desde esta responsabilidad colaboró decisivamente en la organización de la procesión magna del Sábado Santo de 2010.
La palabra y la escritura han acompañado siempre la trayectoria cofrade de Prieto Masoni. Sus primeros pregones estuvieron dedicados a la juventud cofrade y a María Santísima del Buen Fin, ambos en 1997. Dos años después pronunció el pregón de la Semana Santa de San Fernando, convirtiéndose entonces en el pregonero más joven de la historia de la ciudad. Aquel texto partía de los recuerdos de su infancia y de la certeza de que la Semana Santa no era “ni mejor ni peor, simplemente distinta”, utilizando una procesión como hilo conductor para explicar la simbología, las tradiciones y la fe del mundo cofrade.
También han sido numerosas sus presentaciones, entre ellas la de Charo Pérez antes de su pregón de 2024, así como la presentación del libro de la Divina Pastora en 2006 y de su cartel de salida en 2009. A esta actividad se unen comunicaciones científicas, artículos especializados, colaboraciones en Diario de Cádiz, La Voz de Cádiz e Isla Pasión, publicaciones en boletines de hermandades y conferencias.
Manuel Ángel Cano concluyó su intervención poniendo el acento en las cualidades personales del pregonero: su alegría, bondad, cultura, capacidad de conversación y escucha, conocimiento musical y pasión por la historia de las imágenes y de los pasos. Después de entregarle el atril, Juan Ramón Prieto Masoni tomó la palabra para iniciar una exaltación que, desde sus primeros compases, se presentó como una oración personal y colectiva.
La ausencia de la madre y la fuerza de la memoria
El pregonero comenzó confesando que este era el primer pregón que pronunciaba sin la compañía de su madre, fallecida después de afrontar con entereza una dura enfermedad. Desde ese momento, la memoria materna se convirtió en una de las líneas emocionales de la intervención.
Juan Ramón dedicó la exaltación a su madre y a todas las madres, presentes o ausentes, por su papel como transmisoras de las costumbres, las tradiciones y la fe. Con autorización del párroco, pidió a los asistentes que rezaran por ellas y dirigió el rezo de un Padrenuestro, un Avemaría y el Gloria.
La escena fijó el tono de una intervención en la que la historia de la cruz no se abordaría únicamente desde la teología o la tradición, sino también desde la experiencia personal. La cruz, en el pregón de Prieto Masoni, sería al mismo tiempo signo universal de la redención y realidad concreta en la vida de cada persona: la enfermedad, la pérdida, el recuerdo, la familia y las responsabilidades que todos deben cargar en algún momento.
El pregonero explicó después el origen del encargo. Fue una noche de abril, cuando la Semana Santa aún estaba reciente y compartía mesa con unos amigos en Tomares, cuando recibió la llamada de Fran, hermano mayor de la Vera-Cruz. En ella se le comunicaba que la Junta de Gobierno deseaba que pronunciara la exaltación de la Santa Cruz.
No necesitó tiempo para responder. A la Vera Cruz, afirmó, no podía decirle que no. Hay propuestas que se aceptan con la razón, pero otras se aceptan directamente con el corazón. Y esta pertenecía, sin duda, a la segunda categoría.
Reconoció, no obstante, la dificultad de hablar sobre la cruz. Se trata del instrumento escogido por Cristo para la salvación, un misterio ante el que el silencio y la oración parecen más adecuados que las palabras. Por eso solicitó la protección del Cristo de la calle Patrona, el Cristo pequeño, de cuerpo enjuto y muerte serena, al que presentó como dueño del barrio y de tantos corazones isleños.
En una invocación de marcado tono poético, saludó al Cristo de la Vera-Cruz, a la Virgen del Mayor Dolor, a san Juan Evangelista y al Santo Lignum Crucis. La cruz, proclamó, no es únicamente muerte. Es también luz, camino, escalera hacia el cielo y salvación para el hombre.
La capilla de la Vera-Cruz, casa familiar y origen de los Afligidos
Uno de los pasajes más personales del pregón fue el dedicado a la capilla de la Vera-Cruz. Juan Ramón Prieto Masoni explicó que no podía rechazar la invitación de la hermandad porque aquel templo forma parte de la historia íntima de su familia.
En la capilla recibió el bautismo de manos del padre Ferrando, también exaltador de la Santa Cruz. Allí sus padres se prometieron amor ante Dios, allí fue bautizada una de sus hermanas y allí asistió a sus primeras misas. Por eso, cada vez que atraviesa sus puertas no siente que entra simplemente en la capilla del barrio, sino en un lugar sagrado de su memoria. Entra, en realidad, en su propia casa.
La capilla es también, recordó, la cuna de la Hermandad de los Afligidos, su “escuela de vida cristiana”. Allí aprendió que ser cofrade no consiste exclusivamente en vestir una túnica, limpiar la plata, conocer las marchas o acompañar un paso. La condición de cofrade exige una formación cristiana, una manera concreta de vivir la fe y una disposición al servicio.
En este sentido, agradeció la tutela histórica ejercida por la Vera-Cruz sobre la Hermandad de los Afligidos y propuso que se dejara constancia física de ese origen mediante una lápida, un azulejo o cualquier otro recuerdo que señalara que los Afligidos nacieron en aquel templo. Recordar las raíces, afirmó, fortalece la identidad y permite caminar con mayor firmeza hacia el futuro.
Desde la amistad que mantiene con Andrés Galán, hermano mayor de los Afligidos, planteó también la posibilidad de recuperar el paso de la hermandad por la capilla cada Lunes Santo, como sucedía hasta hace algunos años. No lo presentó como una simple modificación del recorrido, sino como un homenaje emocionante a la casa donde comenzó la historia de la corporación, que se aproxima ya a su centenario.
La memoria de la capilla se extendió después a todo el barrio del Cristo. El pregonero se reconoció como hijo de aquel entorno y evocó su infancia en la barriada España, junto al antiguo puente de la Casería, así como a las familias cofrades que compartían aquella zona.
Aparecieron en su relato el belén de la Vera-Cruz, convertido después de medio siglo en una de las tradiciones navideñas de San Fernando; el sonido de las campanas de la espadaña; la Academia Ramos; el Cine Madariaga; las tiendas del barrio y el antiguo almacén de la hermandad en la calle Servando Gutiérrez.
Todos aquellos espacios conformaban una geografía sentimental. No eran únicamente lugares físicos, sino escenarios de una educación religiosa y cofrade, de una infancia compartida y de una forma de entender la pertenencia a una comunidad.
Una llamada a convertirse en hermano crucero
La relación de Juan Ramón con la Vera-Cruz no se limitaba a la memoria familiar. También nació de la contemplación de la hermandad en la calle.
El pregonero recordó una salida procesional de la corporación durante la década de los noventa. Después de contemplar el cortejo desde la plaza, acompañó al misterio por la calle Ancha. Allí descubrió una manera de procesionar muy diferente de los excesos que entonces dominaban en determinados ámbitos de la carga.
El Cristo de la Vera-Cruz y su Madre del Mayor Dolor avanzaban con elegancia serena, sobriedad, firmeza y solemnidad. No había artificios, sino una estética profundamente vinculada al recogimiento. Delante caminaban hermanos de negro y esparto cuya compostura consideró ejemplar.
Aquella experiencia le hizo sentir que el Cristo lo llamaba. Entonces decidió que algún día sería hermano de la Vera-Cruz. La vida fue aplazando ese propósito, pero nunca lo hizo desaparecer. Bajo la mirada del Cristo, de la Virgen y del Santo Lignum Crucis, y ante el atril desde el que pronunciaba su exaltación, consideró llegado el momento de saldar aquella deuda.
Durante el acto firmó su solicitud de ingreso como hermano crucero, un gesto que se convirtió en uno de los momentos más significativos de la noche. La exaltación no quedaba así reducida a un discurso sobre la cruz: se transformaba también en una decisión personal, en una incorporación formal a la hermandad a la que tantas veces había acompañado y defendido.
Juan Ramón agradeció a la Junta de Gobierno la confianza depositada en él y a los jóvenes que habían elaborado las cubiertas artesanales de los folios, realizadas por Paco González. También dedicó palabras afectuosas a Manuel Ángel Cano, cuya amistad se había estrechado gracias a sus respectivas esposas. La referencia compartida a su afición por el Barcelona aportó un momento de distensión dentro de una intervención marcada por la emoción.
La cruz vacía y la victoria de la resurrección
El eje central de la exaltación comenzó a tomar forma a partir de una escena de la película Ben-Hur. El pregonero relató que, al día siguiente de recibir el encargo, encontró casualmente en televisión la secuencia final en la que aparece la cruz vacía sobre el Gólgota después de la muerte de Cristo.
Para Prieto Masoni, aquella coincidencia tuvo algo de mensaje providencial. En la cruz ya no aparecía el cuerpo de Jesús. No estaba la sangre ni la agonía. Cristo había resucitado.
De esa imagen nació la idea fundamental del pregón: la cruz fue originalmente un instrumento de tortura y muerte, pero Cristo la transformó en el árbol de la vida. Por eso no debe contemplarse como una derrota, sino como una victoria; no como un encierro en la muerte, sino como una puerta abierta a la esperanza y a la resurrección.
La cruz vacía adquiere así una fuerza particular. No significa que el sufrimiento no haya existido, ni que la Pasión pueda ser interpretada de forma superficial. Significa que el sufrimiento no tiene la última palabra. El madero conserva la memoria del dolor, pero anuncia al mismo tiempo que el sepulcro no pudo retener a Cristo.
Del instrumento de ejecución al signo de la redención
En una extensa reflexión histórica, Juan Ramón reconstruyó el significado original de la cruz. Explicó que la crucifixión surgió en Asiria y Persia aproximadamente seis siglos antes de Cristo y que posteriormente fue utilizada por griegos, fenicios y cartagineses. Roma la convirtió en un método de tortura cuidadosamente perfeccionado.
La pena estaba reservada especialmente para esclavos, rebeldes y criminales. No buscaba únicamente provocar la muerte, sino arrebatar al condenado su honor, su memoria y hasta el derecho a ser llorado. El reo era azotado, obligado a cargar con el travesaño y finalmente fijado al madero mediante cuerdas o clavos.
La muerte podía prolongarse durante días y solía producirse por una combinación de asfixia progresiva, agotamiento y traumatismos. La cruz era un instrumento de terror público. Se levantaba junto a los caminos para que todos pudieran contemplarla y recibieran el mensaje del poder imperial: cualquier desafío al orden establecido tendría aquella respuesta.
Desde su perspectiva médica, el pregonero aludió a los estudios forenses y fisiopatológicos sobre la Pasión de Cristo. Los tormentos sufridos por Jesús fueron, según explicó, especialmente violentos y alejados de las representaciones idealizadas que a menudo ofrece el arte. En la Judea del siglo I, nadie podía contemplar la cruz como un objeto de belleza o devoción. Era símbolo de vergüenza, dolor y muerte.
Todo cambió en el Calvario. Cristo convirtió el lugar de la ejecución en el escenario del triunfo del amor. La cruz dejó de ser únicamente el signo del castigo y comenzó a expresar la entrega voluntaria de Dios por la salvación del mundo.
Los primeros cristianos tardaron en representarla públicamente porque seguía demasiado vinculada a la humillación. En su lugar utilizaron símbolos como el pez, el ancla o el Buen Pastor. Con el tiempo, sin embargo, el significado del madero fue transformándose hasta convertirse en el signo universal de la redención.
El pregonero recordó la tradición que atribuye a santa Elena la recuperación de la Vera Cruz en Jerusalén. Según ese relato, tras encontrar tres cruces, la verdadera habría sido identificada al producirse la curación de una mujer enferma que entró en contacto con una de ellas.
La devoción al Santo Madero se extendió por el mundo cristiano. La propia capilla de la Vera-Cruz conserva una pequeña reliquia de la Vera Cruz, circunstancia que Juan Ramón destacó con emoción al imaginar que aquella astilla pudo haber estado en contacto con el cuerpo de Cristo.
Desde entonces, la cruz pasó a presidir templos, hogares, caminos y plazas. Acompañó los bautismos, las bendiciones, la unción de los enfermos y los últimos instantes de los moribundos. Su presencia se integró en la vida cotidiana de los creyentes, como recuerdo permanente de la entrega de Jesús.
En ese proceso, las hermandades de la Vera-Cruz desempeñaron un papel esencial. Predicaron de pueblo en pueblo que seguir a Cristo implica también aceptar y abrazar la propia cruz, conforme a sus palabras: “Toma tu cruz y sígueme”.
La cruz como compromiso con quien sufre
La reflexión del pregonero se trasladó después de la historia a la vida cotidiana. La cruz es, afirmó, el centro de la fe cristiana y el eje de la liturgia, la espiritualidad y la identidad del creyente. Acompaña al cristiano desde el bautismo hasta la muerte y permanece presente tanto en las iglesias como en las casas.
Para quien no tiene fe, puede representar el abismo del sufrimiento. Para el creyente, en cambio, constituye la declaración de amor más grande de la historia. En ella se contempla a Dios hecho hombre entregándose sin reservas, sin pedir nada a cambio.
Pero contemplar la cruz obliga a responder. No basta con admirarla o venerarla. El cristiano está llamado a permanecer junto a quien sufre, cuidar al enfermo, acompañar al solitario, tender la mano al que ha caído, compartir tiempo con quien lo necesita y consolar al afligido.
En esta dimensión práctica situó el papel de las hermandades. Aunque su función principal sea el culto, las corporaciones han comprendido que la devoción a Cristo debe traducirse en caridad. El pregonero recordó la participación de las cofradías en comedores solidarios, campañas de donación de sangre y órganos, recogidas de alimentos, material escolar y juguetes, así como en conciertos y actos benéficos.
Muchas de estas acciones, destacó, se desarrollan sin buscar reconocimiento. El trabajo de las vocalías de caridad permanece con frecuencia lejos de los focos, pero sostiene a personas y familias que atraviesan dificultades.
También reivindicó la contribución económica de las hermandades al mundo de la artesanía y el arte sacro. La contratación de pasos, mantos, insignias, imágenes y otros enseres permite mantener la actividad de artistas, orfebres, bordadores, tallistas, imagineros y numerosos profesionales. Tras cada encargo hay familias y talleres que encuentran en las cofradías una fuente de trabajo.
Por ello pidió defender con orgullo la labor social de las hermandades, a las que presentó como cirineos capaces de ayudar a quienes cargan con su propio calvario.
La esperanza que nace del sepulcro vacío
La segunda gran dimensión de la cruz es la esperanza. Juan Ramón insistió en que el madero no puede comprenderse aislado del sepulcro vacío y de la resurrección. Una cruz separada de la Pascua conduciría a la desesperación. La fe cristiana, sin embargo, proclama que Cristo abraza nuestras cruces, cae junto a quien ya no puede más y se levanta para mostrarnos que también nosotros podemos levantarnos.
Esa convicción explica que los cofrades puedan vivir la Semana Santa con emoción, pero también con alegría. Contemplan el sufrimiento y acompañan a Cristo en su Pasión, pero saben que la historia no termina en el Calvario. La última palabra corresponde a la vida vencedora, a la piedra apartada y a la presencia del Resucitado.
En este contexto, las procesiones fueron presentadas como una forma de evangelización. Cada imagen, cada paso, cada oración y cada gesto de recogimiento pueden convertirse en un medio para acercar a alguien a la fe. Una sola oración ante una imagen, afirmó, puede justificar toda una procesión.
Ante una sociedad acelerada, diversa y carente en ocasiones de referentes, el pregonero defendió la vigencia de las cofradías. Aunque algunas voces pretendan limitar las manifestaciones públicas de fe al interior de los templos, el mundo cofrade continuará llevando el mensaje de Cristo a las calles con convicción, dignidad y orgullo.
No se trata únicamente de conservar una tradición, sino de ofrecer un testimonio. Las hermandades, según la reflexión de Prieto Masoni, siguen teniendo la responsabilidad de mostrar que la fe puede expresarse públicamente a través de la oración, la belleza, la caridad y la fraternidad.
Cruz y Eucaristía, una misma entrega
Otro de los momentos doctrinales de la exaltación estuvo dedicado a la relación entre la cruz y la Eucaristía. El pregonero las presentó como dos manifestaciones de una misma entrega salvadora.
En el Calvario, Cristo ofreció su vida por la redención del mundo. En el altar, ese sacrificio se hace presente en el pan y el vino para alimentar y consolar a los fieles. La cruz sin la Eucaristía sería únicamente un recuerdo doloroso; la Eucaristía sin la cruz quedaría reducida a un signo vacío. Unidas, ambas realidades muestran que el amor de Cristo permanece cercano y accesible en cada sagrario.
Esta relación se concreta especialmente en la estación de penitencia de la Vera-Cruz a la Iglesia Mayor cada Miércoles Santo. Ante el Cristo se contempla el sacrificio histórico del Calvario, mientras que al arrodillarse ante el Santísimo se adora al mismo Señor que quiso permanecer como pan de vida eterna.
A partir de ahí, Prieto Masoni explicó que las cofradías de penitencia nacieron de la cruz. Su origen está en el deseo de contemplar la Pasión, acompañar al Señor en el camino del Calvario y anunciar el Evangelio mediante imágenes en una época en la que la mayoría de la población no sabía leer.
Las calles se transformaron en templos y las procesiones en catecismos. Cada paso, cada escena y cada gesto tenían una finalidad pedagógica y evangelizadora. Esta función continúa vigente, aunque el contexto social haya cambiado.
El pregonero repasó entonces la presencia de la cruz en las distintas jornadas de la Semana Santa isleña. El Domingo de Ramos, Cristo espera los clavos. El Lunes Santo, Jesús de los Afligidos carga con la cruz mientras consuela a su Madre. El Martes Santo, el madero aparece junto a la Virgen de la Caridad. El Miércoles Santo, Jesús del Gran Poder avanza con la cruz y la Vera-Cruz ofrece su particular calvario de inspiración decimonónica.
El Jueves Santo, el Señor de la Misericordia cae ayudado por Simón de Cirene, mientras otros crucificados exhalan su último aliento entre silencios y cirios. El Viernes Santo, Cristo derrama su sangre redentora y la Soledad llora tras el entierro. Finalmente, el Domingo de Resurrección, Cristo porta triunfalmente la cruz como signo de victoria.
También tuvieron cabida la hermandad de gloria de Santa Elena y las innumerables formas en las que la cruz está presente en las corporaciones: escudos, antifaces, capas, insignias, coronas y enseres. Es, en definitiva, el elemento que vertebra la identidad cofrade.
La cruz de guía: el primer anuncio de la procesión
La cruz de guía ocupó un apartado propio dentro del pregón. Todas son distintas, señaló Juan Ramón, pero todas transmiten una misma verdad: antes que cualquier otro elemento, está la cruz.
Las hay de madera noble, de orfebrería, barrocas, de filigrana de plata, con formas arbóreas o de diseño sobrio. Pueden variar sus materiales, estilos y dimensiones, pero comparten una función esencial: abrir el cortejo y anunciar que no se trata de un desfile, sino de una profesión pública de fe.
La cruz de guía no está destinada únicamente a ser contemplada. Invita a seguir a Cristo. Su presencia en las calles actualiza las palabras del Evangelio: quien quiera ir detrás de Él debe negarse, tomar su cruz y seguirlo.
Esta idea enlazó con los recuerdos del propio pregonero sobre la Semana Santa recientemente vivida en San Fernando. Después de mucho tiempo sin poder disfrutarla completa en la ciudad, aquel reencuentro supuso para él el regreso a sus raíces.
Quiso recuperar numerosos momentos: la salida de la Borriquita, el discurrir de Columna, el paso por el parque junto al Prendimiento, la primera salida de la Paz, el silencio, el encuentro con Jesús Nazareno acompañado por su padre, el Santo Entierro, la Soledad y el regreso del Resucitado.
Varios amigos le habían recomendado contemplar especialmente el retorno de la Vera-Cruz por las últimas calles de su recorrido. Alcanzó el cortejo en la calle Lanza y caminó junto al paso hasta la plaza de la Vera-Cruz, sin apartar la mirada del Cristo.
La noche era templada y no soplaba el viento. Los cirios y los candeleros permanecían encendidos. La luz de la cera se mezclaba con el incienso, el azahar, la luna y la música, creando una atmósfera suspendida en el tiempo.
Cuando el paso entró en la plaza, la banda interpretó Margot. Para el pregonero, en aquel momento se produjo una convergencia perfecta entre belleza, armonía y fe.
Los cargadores convertían el peso de la talla de Guzmán Bejarano en una oración acompasada. El incienso se mezclaba con el azahar y la cera caliente, mientras la música parecía sostener y elevar el paso. Aquel tramo final no fue, en su relato, una simple recogida. Fue un encuentro con Dios a través de la belleza.
Una oración sin palabras. Un salmo construido con cera, incienso y música. Una catequesis capaz de conducir el corazón hacia la fe.
Una proclamación de confianza en Cristo resucitado
En la parte final de su intervención, Juan Ramón Prieto Masoni regresó a la imagen de la plaza de la Vera-Cruz. Después de la entrada del paso y del cierre de las puertas de la capilla, la hermandad había vuelto a cumplir su misión de ofrecer un testimonio público de fe.
La Vera-Cruz había proclamado por las calles que la fe no es oscuridad, sino luz; no es muerte, sino vida eterna. El sacrificio del madero anuncia siempre la gloria del Domingo de Resurrección.
El pregonero pidió que nunca faltara una cruz en las iglesias, en los hogares, en las hermandades ni en la existencia personal de cada creyente. La cruz debe ser amparo en la pena, consuelo en la tristeza, norte de las corporaciones y signo permanente de amor, esperanza, salvación y vida.
Mientras permanezca en pie, afirmó, Cristo seguirá diciendo que la muerte ha sido vencida y que estará con los suyos hasta el final de los tiempos.
La proclamación final invitó a los hermanos a alegrarse porque el Cristo de la Vera-Cruz triunfó en el primer Domingo de Resurrección. Las campanas debían repicar para anunciar la victoria de Cristo.
Los aplausos pusieron fin a la exaltación, aunque el acto continuó con la entrega a los asistentes de una cruz bendecida conmemorativa, siguiendo una costumbre arraigada de la hermandad. La entrega estuvo vinculada a la dimensión caritativa de la convocatoria, ya que los donativos se destinarán a la campaña de material escolar de la vocalía de caridad Luis Zaragoza Ruiz, en beneficio de Cáritas Parroquial.
Con esta ceremonia, la Vera-Cruz volvió a situar la cruz en el centro de la vida cristiana y cofrade de San Fernando. Juan Ramón Prieto Masoni convirtió su pregón en una declaración de pertenencia, memoria y esperanza: pertenencia a un barrio y a una hermandad; memoria de una madre, de una familia y de unas raíces cofrades; y esperanza en un Cristo que, desde el madero, continúa anunciando que el amor es más fuerte que la muerte.










