El Consejo de Hermandades y Cofradías de San Fernando ha inaugurado en el Centro de Congresos su ciclo de sesiones formativas con un coloquio dedicado a profundizar en la identidad, la misión y el compromiso del cofrade dentro de la Iglesia. La convocatoria reunió a cuatro hermanos mayores de la ciudad, quienes coincidieron en una idea central: pertenecer a una hermandad significa mucho más que participar en una procesión, conservar una tradición o sentirse atraído por la estética de la Semana Santa.
Ante unas 60 personas se celebraba esta primera sesión formativa en la que participaron los Hermanos Mayores José Fernández Mora, de la Hermandad del Nazareno; María Eugenia Salguero Coca, de Columna; Francisco José Tocino Márquez, de la Vera Cruz; y Manuel Mira Guerrero, de Pastora, abordaron diferentes dimensiones de la vida corporativa. Sus intervenciones construyeron una reflexión conjunta sobre la naturaleza eclesial de las hermandades, sus tres pilares fundamentales —culto, formación y caridad—, los derechos y deberes de sus miembros, la participación durante todo el año y la responsabilidad de quienes ejercen tareas de gobierno.
Esta primera sesión formativa estuvo moderada por el propio presidente del Consejo de hermandades, Eduardo Coto Martínez, que inició la misma tras las preces dirigidas por el Arcipreste de San Fernando, el Rvdo. P. Francisco J. Núñez.
Durante la introducción, Coto Martínez, subrayó que el hermano mayor no puede ser considerado exclusivamente un gestor encargado de coordinar personas, actividades y recursos. Su función posee una dimensión pastoral y conlleva el cuidado espiritual de la comunidad que le ha sido encomendada, siempre en comunión con la Iglesia, la parroquia, los sacerdotes y el obispo, recalcó.
La sesión formativa planteó así un examen personal para cuantos forman parte de las corporaciones religiosas: preguntarse si su pertenencia se limita a los días de Cuaresma y Semana Santa o si, por el contrario, se traduce en una vida coherente con el Evangelio durante los 365 días del año. La forma, inusual del coloquio, llevó a cada Hermano Mayor a desarrollar un punto marcado con anterioridad al inicio de la ponencia, y una pregunta a cada uno de ellos por parte del moderador posterior a cada intervención, no desarrollándose en ningún momento un coloquio como tal, y como estaba anunciado.
Mucho más que la imagen exterior de una procesión
José Fernández Mora centró su intervención en explicar las bases del carisma cofrade y aquello que la Iglesia espera de sus hermandades. Para ello recurrió a una comparación sencilla: definir una corporación únicamente por sus procesiones sería como describir una casa atendiendo solo a su fachada. La salida procesional es su expresión más visible, pero no agota ni explica por sí sola la realidad de una hermandad.
El Hermano Mayor del Nazareno presentó estas corporaciones como realidades eclesiales nacidas de la fe. Las hermandades forman parte de la Iglesia y carecen de sentido si se desligan de ella, aunque su origen histórico pueda estar acompañado por devociones familiares, tradiciones heredadas, expresiones de religiosidad popular o la admiración por el patrimonio artístico.
Desde esta perspectiva, sus integrantes no son clientes, usuarios o socios de una asociación, sino hermanos unidos por una misma fe y una devoción compartida. Las imágenes titulares consagradas al culto ocupan un lugar central en la vida corporativa, pero esa veneración ha de conducir al encuentro con Cristo, a la celebración de los sacramentos y a la participación en la comunidad parroquial.
La pertenencia a una hermandad exige, por tanto, vivir los mandamientos, practicar las obras de misericordia, reconocer a Cristo resucitado y mantener la comunión con la Iglesia. Una corporación no puede actuar como un cuerpo independiente ni construir una espiritualidad paralela, sino que está llamada a integrarse en la parroquia y a convertirse en un instrumento para vivir y transmitir la fe.
La primera intervención situó el culto, la formación y la caridad como los tres pilares sobre los que debe sostenerse la misión de toda hermandad. El culto encuentra su centro en la Eucaristía, entendida no como una actividad más del calendario, sino como el acontecimiento que da sentido a toda la vida cristiana y cofrade.
También la procesión debe estar acompañada por la oración. Una saeta, una marcha, el esfuerzo silencioso de quienes portan los pasos o el rezo del rosario pueden transformarse en expresiones de fe. Sin esa dimensión espiritual, la salida corre el riesgo de convertirse en un desfile; cuando existe oración, puede ser una catequesis pública y una forma de anunciar el Evangelio en las calles.
Junto a la Eucaristía se recordó la importancia del sacramento de la reconciliación, particularmente durante la Cuaresma y antes de los grandes momentos de la vida corporativa. La conversión personal fue presentada como una exigencia inseparable de cualquier manifestación pública de fe.
La formación constituye el segundo pilar. El cofrade debe conocer qué cree, por qué lo cree y qué relación existe entre las imágenes, la Sagrada Escritura y los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Solo desde ese conocimiento es posible superar una fe infantil y comprender el significado cristiano de elementos como la túnica, el cirio, las insignias o el silencio de una estación de penitencia.
El tercer fundamento es la caridad. La atención a familias con dificultades económicas, enfermos, ancianos que viven en soledad y personas necesitadas del barrio o de la propia nómina de hermanos no puede quedar reducida a campañas puntuales. Las bolsas de caridad deben funcionar durante todo el año y procurar una atención cercana, discreta y permanente.
En este punto se señaló una contradicción esencial: una hermandad que presenta en la calle a Cristo sufriente y a su Madre no puede permanecer indiferente ante el dolor cotidiano de quienes viven a su alrededor. Una corporación puede organizar cultos solemnes y procesiones cuidadas, pero si descuida la formación y la caridad no desarrolla plenamente su identidad cristiana.
Ser hermano supone derechos, pero también responsabilidades
María Eugenia Salguero Coca abordó los derechos y deberes derivados de la pertenencia a una hermandad. Hacerse hermano, explicó, no consiste en completar un trámite administrativo ni en inscribirse en un club. Supone entrar en una familia, asumir como propia una casa común y pasar de contemplar desde fuera a formar parte activa de la historia de la corporación.
Cada nuevo miembro recibe una identidad compartida, un legado levantado por generaciones anteriores, una comunidad unida alrededor de sus titulares y una forma cercana de participar en la vida parroquial. Sin embargo, todo cuanto se recibe comporta una responsabilidad moral y cristiana.
Entre los derechos de los hermanos se encuentran la participación en los cultos y en la vida espiritual, la realización de la estación de penitencia conforme a las normas, la intervención en los cabildos y el acceso a los procesos electorales cuando se cumplen los requisitos establecidos. También se defendieron el derecho a conocer las cuentas y las decisiones relevantes, a recibir atención espiritual y social, a ser tratado con dignidad y a poder ser escuchado ante una eventual medida disciplinaria.
Estos derechos no deben interpretarse como privilegios individuales, sino como garantías de igualdad y participación. A ellos corresponden deberes concretos, comenzando por la obligación de vivir cristianamente cada día. La conducta de un hermano en su familia, su trabajo, sus conversaciones o las redes sociales también proyecta una determinada imagen de la corporación a la que pertenece.
Otro deber es mantener una formación continua por medio de catequesis, retiros y encuentros. También se reclamó la disposición a poner el tiempo y las capacidades personales al servicio de los demás, colaborando en las labores de mayordomía, el montaje de cultos, la limpieza de enseres, las comisiones de trabajo o las actividades de convivencia.
La vida fraterna exige, además, cuidar la concordia, evitar rumores y grupos cerrados, aprender a perdonar y atender al hermano que se encuentra solo o atraviesa una situación de necesidad. La cuota tampoco puede entenderse como el precio que se paga para participar en una procesión. Con ella se contribuye al mantenimiento de la vida diaria de la hermandad, la conservación de su patrimonio, los cultos y la ayuda prestada a las familias necesitadas.
La cofradía sale un día; la hermandad se construye todo el año
Francisco José Tocino Márquez reflexionó sobre la necesidad de ser cofrade durante los 365 días del año. La procesión, afirmó, tiene como misión evangelizar públicamente y conmover el alma, no limitarse a generar una emoción estética. Se trata de la expresión pública de un trabajo espiritual, formativo y asistencial mucho más amplio.
Tras la Semana Santa suele aumentar el número de personas interesadas en incorporarse a las corporaciones. El reto consiste en que esas altas no queden reducidas a la adquisición de una túnica o a la participación en una salida. La hermandad debe ofrecer durante todo el año espacios para conocer a Cristo, celebrar la Eucaristía, convivir, formarse y participar en su misión.
La acogida desempeña aquí una función decisiva. Un ambiente fraterno puede propiciar que alguien se acerque por primera vez, regrese, encuentre su lugar y termine incorporando la vida de la Iglesia a su rutina. Las hermandades están llamadas a evangelizar de manera especial a quienes llegan atraídos inicialmente por la Semana Santa y sus manifestaciones públicas.
Tocino también advirtió de que la vida interna no siempre resulta fácil. El compromiso comporta dificultades, desacuerdos, cansancio y una cruz que debe ser asumida sin abandonar en cuanto aparecen los problemas. La formación, además, no sustituye la escucha de la Palabra de Dios ni la participación en la Eucaristía dominical.
La imagen evangélica de Marta y María sirvió para advertir del peligro de quedar atrapado únicamente en las tareas materiales. Montar, organizar, reparar y preparar son labores necesarias, pero deben dejar espacio a la oración, la escucha y la contemplación. Cuando la actividad está sostenida por una vida espiritual auténtica, el servicio adquiere sentido y las dificultades resultan más llevaderas.
El testimonio personal fue otro de los asuntos tratados. La condición cristiana no debería ocultarse en el trabajo o en las relaciones sociales, sino mostrarse con naturalidad y coherencia. La diferencia entre el cofrade meramente nominal y el comprometido no se encuentra en sus distintivos externos, sino en su forma de comportarse, afrontar los problemas y tratar a los demás.
La sesión también distinguió entre la vinculación cultural con la Semana Santa y la pertenencia cristiana a una hermandad. Una persona puede admirar las marchas, las imágenes, los pasos o las tradiciones, pero esa afición no equivale por sí misma a vivir la fe. Las dudas pueden formar parte del camino del creyente, aunque la identidad cofrade requiere un compromiso cristiano real que oriente la vida cotidiana.
Casas de hermandad abiertas y participación sin reproches
Manuel Mira Guerrero dedicó su intervención a la participación de los hermanos y a la diferencia entre servir a la corporación y servirse de ella. Una hermandad no puede sostenerse únicamente con el trabajo de su Junta de Gobierno. Aunque sus integrantes poseen una responsabilidad especial, necesitan la colaboración de otros hermanos en los cultos, la caridad, la mayordomía, los actos y las numerosas tareas de organización.
La incorporación de nuevos colaboradores no debe buscarse mediante reproches, sino mostrando que el servicio puede ser una experiencia enriquecedora. La casa de hermandad ha de permanecer abierta y no funcionar como un espacio reservado a los miembros de la Junta o a un círculo reducido.
Cada persona debe poder colaborar de acuerdo con su disponibilidad y sus circunstancias. En este sentido, se rechazó el empleo despectivo del término “capirotero” para referirse a quienes solo se acercan en Cuaresma o durante los días previos a la salida. Incluso una ayuda breve merece agradecimiento, puesto que no siempre se conocen los motivos personales, familiares o laborales que limitan la participación.
Una casa de hermandad tampoco puede ser únicamente un almacén de enseres, una oficina o un museo. Debe ofrecer un lugar de encuentro donde conversar, convivir y construir vínculos. Esa implicación también puede trasladarse a los cultos, permitiendo que los hermanos participen en las lecturas, las ofrendas, la colecta u otras funciones, siempre con la preparación necesaria para comprender su significado.
La formación, por su parte, debe plantearse con imaginación y adaptarse a sus destinatarios. Junto a las conferencias tradicionales, se propusieron formatos accesibles, como el cinefórum, que permitan abordar contenidos eucarísticos, bíblicos o litúrgicos a partir de una película y de un diálogo posterior.
En el ámbito caritativo, se defendió la invitación personal frente a la comunicación exclusivamente realizada mediante carteles o publicaciones en redes sociales. Acompañar a un hermano a un comedor social o visitar juntos a una persona mayor que vive sola puede resultar mucho más eficaz para despertar el compromiso que una convocatoria impersonal.
El coloquio prestó una atención especial a quienes ocupan responsabilidades de gobierno. Los cargos no deben utilizarse para alcanzar notoriedad, obtener beneficios o convertirse en protagonistas. Inspirándose en la tradición franciscana, se afirmó que el hermano mayor debería entenderse como un “hermano menor”, llamado ante todo a servir.
Un cargo no concede una categoría superior, aunque sí aumenta la responsabilidad. Por eso los miembros de las juntas deben ser los primeros en llegar, colaborar, asistir a las actividades formativas y afrontar las tareas más difíciles. También se invitó a mantener los pies en el suelo y a evitar que desacuerdos secundarios desemboquen en conflictos desproporcionados.
La unidad fue presentada como una meta exigente que debe construirse diariamente. No es imprescindible que todos mantengan relaciones de amistad, pero sí que se respeten. Las juntas han de escuchar a los hermanos y valorar sus propuestas, mientras que estos deben utilizar los cauces internos y aceptar que una iniciativa puede ser rechazada cuando no resulte viable.
Frente a los insultos y descalificaciones difundidos en redes sociales, los participantes defendieron la crítica respetuosa y pidieron a los responsables de las corporaciones que no entren en provocaciones. El cabildo general fue reivindicado como el lugar adecuado para expresar inquietudes, plantear propuestas y pedir explicaciones.
También se reflexionó sobre los procesos electorales. La existencia de hermanos dispuestos a asumir responsabilidades fue valorada positivamente, aunque se recomendó buscar acuerdos cuando sea posible para evitar enfrentamientos que puedan prolongarse durante años. El director espiritual puede desempeñar una labor de mediación y favorecer el consenso, sin imponer una opción determinada.
Un cristiano comprometido como modelo de cofrade
La conclusión del encuentro resumió la identidad cofrade en una definición: un cofrade es, ante todo, un cristiano comprometido. El conocimiento de marchas, horarios, itinerarios o detalles artísticos puede formar parte de la afición y de la cultura de la Semana Santa, pero no sustituye la participación en la Eucaristía, la formación, la misericordia ni el testimonio cotidiano.
La sesión rechazó así una visión de la Semana Santa limitada al espectáculo, la música o la tradición popular. Las manifestaciones externas poseen valor cuando conducen a aquello que representan: la pasión, muerte y resurrección de Cristo y la presencia de María en el camino de la fe. Separadas de esa raíz, pierden su sentido específicamente cofrade.
Tras agradecer la participación de los cuatro hermanos mayores, el moderador dio por finalizada la primera sesión del ciclo, tras la entrega de un obsequio a los participantes y el rezo de las preces por parte del Arcipreste y director espiritual del Consejo de hermandades.










