Setenta y cinco años después de aquel 12 de octubre de 1951 que grabó con letras de oro la devoción de La Isla hacia su Patrona, San Fernando volvió a vestirse de gala para renovar su juramento mariano. Tras una mañana histórica que devolvió a la Santísima Virgen a la Plaza del Rey para el Solemne Pontifical conmemorativo y su posterior traslado a la Iglesia Mayor Parroquial, la tarde del 12 de octubre reservaba el broche de oro a las bodas de diamante de su Coronación Canónica con una procesión extraordinaria de alabanzas para el recuerdo.
Minutos después de las seis de la tarde las puertas del primer templo parroquial de San Pedro y San Pablo se abrían ante una calle Real abarrotada de fieles, devotos y visitantes. Con la cadencia sobria y elegante del andar isleño, el paso de la Patrona, mandado por el capataz José González García, cruzaba el dintel acompañado por los primeros sones de la Asociación Cultural Musical Maestro Agripino Lozano, formación musical ligada históricamente a las grandes efemérides carmelitanas de la ciudad.
El cortejo, integrado por representaciones corporativas, la propia Archicofradía del Carmen y hermanos con cera, tomó de inicio la calle Real para seguir por San Nicolás en dirección a Pérez Galdós. Allí, en las calles más estrechas del casco histórico, la procesión ganó en cercanía e intimidad: los balcones lucían colgaduras conmemorativas, guirnaldas y reposteros con los colores carmelitanos y la bandera nacional en el Día de la Hispanidad.
Uno de los momentos de mayor recogimiento y emoción popular de la tarde se vivió al paso de la Patrona y Capitán General por la calle Virgen de los Desamparados y la Plaza de San José. El saludo a las corporaciones representadas en el cortejo -allí finalizaba el tramo protocolario de la procesión- y el canto de la Salve marinera pronosticaron lo que sería una segunda mitad marcada, en la propia calle San José con una alfombra de sal y petalada que auguraban momentos de procesión gloriosa de regreso.
La cuadrilla de cargadores supo interpretar este cambio de registro, en una línea marcada en las últimas salidas de julio y que hacen de esta procesión -también en esta extraordinaria- más patronal, más cercana, todo cuajado con el olor a nardos que embriagaba la cercanía del paso de la Santísima Virgen del Carmen.
El itinerario vespertino adentró a la Virgen por rincones poco habituales en su salida procesional de cada 16 de julio, pero que ya transitara la Patrona en sus últimas salidas como son Tomás del Valle o las Siete Revueltas. Allí, quizás el punto de mayor afluencia de público, sonaron las marchas y los vecinos respondieron con vivas desde los balcones. Tras este punto, y de vuelta al recorrido más o menos habitual de regreso, el cortejo transitó por Héroes del Baleares, Menorca y la Plaza General Rodríguez de Arias, desde donde se buscó el regreso al barrio del Carmen por las calles Lezo, San Bruno y Olivarillo.
En este entorno, muy consolidado en el regreso cada 16 de julio, el público aguantó pese a ser laborable el día siguiente. Calles de un barrio que buscaban -por Alsedo y San Román- la llegada a la calle Carmen y el desborde de esta devoción carmelitana en la última parte del recorrido. Entre el humo del incienso la Santísima Virgen subió la calle que lleva su nombre con un repertorio cada vez más consolidado tras la Patrona.
A las once de la noche, con las campanas marcando la hora, la Virgen cruzaba el dintel del templo carmelitano no sin antes recibir la mejor oración de su pueblo en forma de la Salve Marinera cerrando así una jornada que certifica la vigencia del fervor carmelitano en San Fernando y sella setenta y cinco años de una Coronación revalidados por sus hermanos, fieles y devotos.












