Las joyas que acompañan a una imagen mariana no son únicamente elementos decorativos. Pueden ser una promesa cumplida, el testimonio de una curación, el recuerdo de una familia, una distinción institucional o una muestra de la relación entre una comunidad y su devoción. Bajo esa idea se desarrolló la conferencia ‘Las joyas en el vestir de la Santísima Virgen del Carmen de San Fernando’, impartida por el orfebre y gemólogo Luis Prieto Sánchez dentro de los actos organizados por la Archicofradía de Nuestra Señora del Carmen Coronada de San Fernando con motivo del 75 aniversario de la Coronación de la Patrona.
La cita, promovida con la colaboración del Ayuntamiento de San Fernando, permitió acercarse a la historia de la joyería aplicada a las imágenes de la Virgen María y, de manera especial, al extraordinario joyero de la Virgen del Carmen isleña. Prieto, arquitecto técnico, graduado en Edificación, gemólogo y cofundador junto a Isabel Núñez de la firma El Oribe, planteó una lectura de estas piezas que trasciende su valor material: las alhajas se convierten en documentos históricos y afectivos capaces de explicar la evolución de la moda, la espiritualidad popular, las jerarquías sociales y la propia historia de España.
El conferenciante defendió que las joyas “hablan”, aunque para comprenderlas resulta necesario conocer su lenguaje. Con ese propósito, recordó el trabajo de investigación y divulgación desarrollado junto a Isabel Núñez, autora también de diseños, ejecuciones y restauraciones de joyería. Ambos son responsables de intervenciones en importantes ajuares marianos, entre ellas trabajos para la Virgen de Gracia de Carmona, la Virgen de los Reyes de Sevilla, la Virgen del Valle de Écija o la Virgen del Mar de Almería.
Prieto situó el origen del adorno mariano en las primeras representaciones de la Virgen. En las catacumbas de Priscila, en Roma, fechadas en el siglo III, María aparece ya revestida con ricos ropajes y adornos propios de una mujer principal. La evolución de esta iconografía conduciría, con el paso de los siglos, a su identificación como reina: madre de Cristo, Rey de reyes, y representada con atributos terrenales y celestiales, como la corona, el cetro, los vestidos ricos, la luna a sus pies o la corona de estrellas.
La generalización de las imágenes vestideras permitió, especialmente desde la Edad Moderna, incorporar textiles y joyas con mayor facilidad. Prieto explicó cómo el Concilio de Trento impulsó una religiosidad visual que favoreció la representación de las imágenes sagradas con una apariencia más humana y cercana. Muchas tallas antiguas fueron transformadas para adaptarlas al sistema de candelero, con el objetivo de permitir el uso de vestidos y mantos.
La referencia estética para vestir a la Virgen fue durante siglos la Reina de España. De ahí proceden las siluetas y formas inspiradas en la moda de los Austrias: cuerpos ajustados, faldas acampanadas, mangas, sobremangas y golas. La joyería, por tanto, se integró en una concepción de María como reina y señora, sin perder su dimensión devocional.
El recorrido expuesto durante la conferencia diferenció entre joyas devocionales, no devocionales y de carácter mixto. En las primeras se encuentran cruces pectorales, relicarios, medallas, escapularios, rosarios y exvotos. Las segundas agrupan piezas originalmente destinadas al uso personal, como pendientes, broches, brazaletes, anillos o alfileres. En el tercer grupo se sitúan objetos protectores y distinciones civiles o militares que, al ser ofrecidas a una imagen, adquieren un nuevo significado religioso.
Los exvotos ocupan un lugar destacado en esta lectura. Son recuerdos materiales de una petición, una protección recibida o un favor atribuido a la intercesión de la Virgen. El caso de la ráfaga de la Virgen del Valle de Écija sirvió para explicar cómo los llamados “milagros” de plata podían fundirse y reutilizarse para ampliar piezas de orfebrería. En el caso de la Virgen del Carmen de San Fernando, numerosos exvotos de oro y plata se destinaron a la realización de la corona de la coronación, aunque se conservan otros de hojalata con formas anatómicas.
La relación entre la Patrona de San Fernando y la Armada fue uno de los ejes centrales de la intervención. En 1901, la reina regente María Cristina proclamó a la Virgen del Carmen de San Fernando patrona de la Marina de Guerra. Años más tarde, en 1920, Benedicto XV la declaró patrona principal de la Isla de León, junto a San José, celebrándose los actos correspondientes en 1921.
El 12 de octubre de 1951 tuvo lugar la coronación canónica solemne y pontificia de la imagen. Para aquella ocasión se impulsó una colecta nacional e internacional de oro y joyas, con aportaciones de municipios, comandancias de Marina, cofradías de pescadores y devotos. La corona fue ejecutada por el orfebre Manuel Seco y, según los datos expuestos por Prieto, se realizó con 3.362 gramos de oro, 11 gramos de platino y 328 piedras preciosas, enriquecidas posteriormente con nuevas incorporaciones.
El joyero de la Virgen del Carmen reúne además piezas directamente vinculadas a la identidad militar y marinera de la ciudad. Entre ellas se encuentran la cruz laureada de San Fernando donada por el capitán ingeniero Ángel Sevillano, fallecido en 1936; una medalla relacionada con el teniente general José Enrique Varela, fallecido en 1951; las estrellas donadas por el segundo batallón de Infantería de Marina antes de partir hacia la guerra de Cuba; y la medalla de oro concedida por el Ayuntamiento de San Fernando en 1954, tras su nombramiento como alcaldesa perpetua y honoraria.
La Virgen recibió en 1955 los honores de capitán general, con el uso de bandera de España, banda y fajín. Prieto precisó durante la conferencia que el fajín de cinco entorchados pertenece exclusivamente al Rey, mientras que la imagen utiliza el de cuatro, correspondiente a su distinción. El investigador sostuvo que estos honores fueron concedidos específicamente a la Virgen del Carmen de San Fernando, aunque el patronazgo general de la Virgen del Carmen sobre la Marina haya llevado a extender iconográficamente algunos de estos símbolos a otras imágenes.
La conferencia también se detuvo en piezas que revelan las conexiones comerciales y sociales de cada época. Las cadenas de oro adquiridas en Filipinas y Oriente podían ser, al mismo tiempo, signos de prestigio y reservas económicas, pues sus eslabones permitían venderse de manera individual en situaciones de necesidad. Igualmente, la presencia de perlas, esmeraldas, corales o cristales de strass habla de rutas mercantiles, modas internacionales y posibilidades económicas diversas.
Prieto recordó que la historia de los ajuares marianos está marcada también por pérdidas. Guerras, expolios, desamortizaciones y transformaciones de gusto provocaron la desaparición de numerosas piezas. Las joyas, por su reducido tamaño y valor, resultaban especialmente vulnerables al robo, pero también podían conservarse, ocultarse o transmitirse de generación en generación.
El siglo XX incorporó al joyero de muchas imágenes piezas procedentes de la burguesía y de la joyería industrial. Brazaletes, semiaderezos, broches y pendientes elaborados mediante estampación y matricería llegaron a los ajuares por medio de donaciones particulares. Su valor no depende exclusivamente de la calidad de sus materiales, sino de la memoria personal que portan y del gesto devocional que motivó su entrega.
En ese sentido, el ajuar de la Virgen del Carmen de San Fernando conserva cruces, pendientes, brazaletes, medallas escapulario, broches, piezas con motivos marineros y joyas con perlas, diamantes, anclas o estrellas. Cada una de ellas contribuye a formar un patrimonio colectivo en el que se reconocen familias, instituciones, militares, marineros y devotos de distintas generaciones.
El ponente abordó igualmente el fenómeno del “sobreenjollamiento”, la acumulación de varias piezas sobre los vestidos y otras joyas de la imagen. Más allá de una cuestión estética, lo relacionó con antiguas representaciones de emperatrices bizantinas y con una manera de expresar la realeza de María. En otros lugares de Europa e Italia, señaló, se mantienen todavía tradiciones de colocar durante determinadas festividades la práctica totalidad de las joyas de una Virgen.
La conclusión fue clara: las imágenes de la Virgen pueden y deben recibir joyas porque estas no se entienden como una demostración de riqueza individual, sino como regalos ofrecidos a una madre. Son muestras de cariño, gratitud y confianza; elementos que dirigen la mirada hacia la imagen y que forman parte de su iconografía. También son documentos materiales de la fe popular, de las enfermedades superadas, de los peligros afrontados, de las promesas formuladas y de las experiencias compartidas por una comunidad.
Tras la conferencia, la Archicofradía agradeció a Luis Prieto su participación y el trabajo realizado en la limpieza de varias piezas del ajuar de la Virgen, entre ellas dos cadenas fechadas en 1900 y elementos del pecherín. Como recuerdo, recibió un cuadro-relicario con fragmentos de la capa y del hábito de la Patrona, además de un facsímil histórico.
La sesión se integró en el programa conmemorativo del 75 aniversario de la coronación canónica de 1951. Una programación que continuará el próximo día 9 con el comienzo del Triduo a la Santísima Virgen en la Iglesia conventual del Carmen.










