La Hermandad de Santa Elena de San Fernando continúa desarrollando el programa conmemorativo del vigésimo aniversario de la bendición de su imagen titular, y en este pasado jueves en el Centro de Congresos, desarrolló una conferencia dedicada a la figura de la santa, su relación con Constantino y la tradición de la Vera Cruz. El encargado de pronunciarla fue Rafael Ríos Delgado, licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla, doctorando y miembro de un grupo de investigación centrado en las vanguardias, las últimas tendencias y el patrimonio artístico.
Bajo el título dedicado a la vida, la iconografía y la huella devocional de Santa Elena, el ponente ofreció una intervención extensa en la que combinó historia, crítica de las fuentes, tradición religiosa, análisis artístico y referencias a algunos de los principales santuarios europeos y españoles vinculados a las reliquias de la Pasión de Cristo.
Durante la presentación, a cargo del Hermano Mayor de la hermandad -Miguel Padillo Cabrera- se puso de relieve la trayectoria del conferenciante, cuya actividad docente e investigadora se ha ocupado de la imaginería sacra y procesional y de artistas como Luis Ortega Bru, José Infante Reina, José Paz Campano, Manuel Hernández León o Manuel Guzmán Bejarano. Ríos Delgado ha participado además en monografías, catálogos de exposiciones, programas de divulgación cultural y actividades desarrolladas por hermandades de Sevilla y San Fernando.
Antes de comenzar, el ponente agradeció a la corporación la invitación, así como la asistencia del público, la presencia del autor de la imagen de Santa Elena. También explicó que había aceptado pronunciar la conferencia pese a atravesar circunstancias personales y familiares complejas, una referencia que contribuyó a dotar de especial cercanía a sus primeras palabras.
Historia y leyenda en torno a Santa Elena
Rafael Ríos Delgado inició su exposición con una advertencia metodológica. Antes de estudiar la representación artística de Santa Elena, consideró necesario distinguir entre los datos históricos documentados, las tradiciones piadosas y los relatos legendarios que han llegado hasta nuestros días.
El conferenciante recordó que buena parte de las actas martiriales de los primeros siglos del cristianismo, conservadas en el archivo de la primitiva basílica de San Pedro, desaparecieron a consecuencia de un incendio. Esta pérdida documental provocó que muchas biografías de santos antiguos acabaran incorporando elementos procedentes de distintas épocas y tradiciones.
En el caso de Santa Elena, una de las fuentes fundamentales es Eusebio de Cesarea. Sin embargo, su relato debe interpretarse con cautela, ya que fue redactado también como homenaje a Constantino. La figura de la santa aparece así estrechamente vinculada a la legitimación religiosa del emperador y al proceso de transformación del Imperio romano.
El contexto histórico estuvo marcado por dos acontecimientos decisivos: el Edicto de Milán, promulgado en el año 313, que permitió la libertad de culto para los cristianos, y el Concilio de Nicea, celebrado entre los años 325 y 327 aproximadamente, del que surgiría el credo niceno.
De Drépano a la corte imperial
Santa Elena habría nacido en Drépano, en Bitinia, una ciudad de Asia Menor que posteriormente fue rebautizada por Constantino como Helenópolis. Su origen social probablemente fue modesto, aunque la santa poseía una formación poco frecuente para una mujer de su tiempo. Según la tradición, dominaba el griego y llegó a manejar también el latín.
San Ambrosio de Milán se refirió a ella como bona stabularia, expresión que puede traducirse como “moza de cuadra” o “posadera”. El término aludiría al origen familiar de Elena, cuyos padres podrían haber regentado una posada. Sin embargo, también se ha interpretado como una manera de subrayar su honradez y su piedad frente a la mala reputación que, en ocasiones, se asociaba a determinados establecimientos de hospedaje de la época.
La relación de Elena con Flavio Valerio Constancio, conocido como Constancio Cloro o Constancio I, también está rodeada de incertidumbres. No existe unanimidad sobre si fue su esposa o su concubina. La unión se habría producido en torno al año 270 y de ella nació, aproximadamente en el año 272, Constantino el Grande.
Por motivos políticos, Constancio se separó de Elena en el año 289 para casarse con Flavia Maximiana Teodora, hija del emperador Maximiano. La decisión respondía a la estrategia matrimonial propia de la política imperial, pero no significó la desaparición de Elena y Constantino de la esfera pública. Ambos terminarían vinculados a la corte, mientras el futuro emperador recibía formación militar y política.
La conferencia repasó entonces el sistema de la tetrarquía implantado por Diocleciano para gobernar un Imperio demasiado extenso. El territorio quedó dividido en dos grandes áreas, oriental y occidental, dirigidas cada una por un Augusto y un César. En Oriente gobernaban Diocleciano y Galerio; en Occidente, Maximiano y Constancio.
La renuncia de Diocleciano y Maximiano en el año 305 abrió una etapa de conflictos sucesorios en la que participaron Galerio, Majencio, Constancio y Constantino. En ese escenario se sitúa la batalla del Puente Milvio, librada en el año 312.
El crismón y la conversión del Imperio
Según la tradición, antes de la batalla del Puente Milvio Constantino tuvo una visión del crismón, formado por las letras griegas ji y ro, asociadas al nombre de Cristo. El emperador habría ordenado colocar el símbolo en los escudos o estandartes de sus tropas y obtuvo la victoria sobre Majencio.
Aquel triunfo marcó el inicio de una profunda transformación política y religiosa. El cristianismo pasó de ser una religión perseguida a convertirse en una confesión reconocida y, progresivamente, favorecida por el poder imperial.
Río Delgado se refirió también a la fundación de Constantinopla y a la evolución posterior del Imperio romano, cuya parte occidental desapareció en el siglo V, mientras que el Imperio romano de Oriente sobrevivió hasta la caída de Constantinopla en 1453.
En esta transformación, Santa Elena desempeñó un papel fundamental como madre del emperador y como figura de referencia dentro de la nueva política cristiana de la corte.
La Augusta y su peregrinación a Tierra Santa
Una vez que Constantino se consolidó como emperador, Elena recuperó un destacado protagonismo público. Su hijo le concedió los títulos de nobilissima femina y Augusta y le asignó una residencia en los Horti Spei Veteris, cerca de la Porta Maggiore de Roma.
Allí desarrolló una vida marcada por la piedad y la caridad, hasta que, entre los años 326 y 328, emprendió una peregrinación por Palestina y las provincias orientales. El viaje se habría realizado cuando contaba más de setenta años y tuvo una dimensión religiosa, política y propagandística.
En el marco de la celebración del 1700.º aniversario del Concilio de Nicea, el ponente relacionó aquella peregrinación con la consolidación pública del cristianismo y con la política constructiva impulsada por Constantino.
La presencia de Elena en Tierra Santa no se limitó a la oración o a la visita de lugares sagrados. La madre del emperador actuó como promotora o intermediaria en la construcción de templos destinados a hacer visible la nueva identidad cristiana del Imperio.
Entre las fundaciones asociadas a ella se encuentra la Basílica de la Natividad de Belén, levantada por iniciativa de Constantino a petición de su madre. La primera configuración del templo puede conocerse también a través del relato de la peregrina Egeria, o Etheria, cuya experiencia fue difundida posteriormente por medio de copias manuscritas y ediciones impresas.
También se relacionan con Santa Elena la iglesia de Eleona, en el Monte de los Olivos, vinculada al Padrenuestro; una capilla dedicada a San Miguel en el lugar relacionado con la zarza ardiente del Sinaí, sobre el que posteriormente se levantaría el monasterio de Santa Catalina; y una capilla romana destinada a custodiar las reliquias llevadas desde Palestina.
Esta última capilla sería sustituida con el tiempo por la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén. La tradición sostiene que Elena transportó tierra del Monte Calvario y ordenó depositarla en los cimientos del edificio.
El ponente aludió igualmente al monasterio chipriota de Timios Stavros, conocido popularmente como el monasterio de los gatos. Según la tradición, Elena habría introducido gatos procedentes de Egipto para combatir las serpientes de la isla.
El mausoleo, el sarcófago y la dispersión de sus restos
Santa Elena murió probablemente en Roma hacia el año 330. Constantino ordenó construir para ella un mausoleo junto a la vía Labicana y encargó un monumental sarcófago de pórfido rojo, un material reservado tradicionalmente para enterramientos imperiales y asociado también a los faraones egipcios.
El sarcófago permaneció en el mausoleo al menos hasta el año 840. Más tarde fue trasladado al Museo Pío-Clementino del Vaticano. En algún momento fue vaciado y reutilizado como sepulcro del papa Anastasio IV.
El destino exacto de los restos de Santa Elena ha generado distintas versiones. Una tradición los sitúa en la iglesia romana de Santa Maria in Ara Coeli. Otra sostiene que fueron trasladados por monjes franceses a una abadía cercana a Reims y que, durante la Revolución Francesa, quedaron bajo custodia de los caballeros de la Orden del Santo Sepulcro.
La dispersión de sus reliquias explica la existencia de supuestos restos de Santa Elena en distintos lugares de Europa y del Mediterráneo, entre ellos París, Roma, Grecia, Chipre, Rumanía, Venecia y Tréveris.
En esta última ciudad se han hallado restos de un complejo palaciego del siglo IV relacionado con la tradición según la cual Elena cedió su palacio al obispo para convertirlo en sede episcopal y primera catedral. La catedral de Tréveris afirma conservar la cabeza de la santa, donada por el emperador Carlos IV en 1356.
Venecia conserva, asimismo, otro supuesto cuerpo completo de Santa Elena. Estas tradiciones, más allá de la posibilidad de verificar históricamente cada reliquia, han desempeñado un papel esencial en la construcción de la devoción popular y en el desarrollo de los grandes centros de peregrinación.
Una santa venerada en Oriente y Occidente
La devoción a Santa Elena supera el ámbito de la Iglesia católica. La santa es venerada también por las Iglesias ortodoxas griegas, rusas, eslavas y orientales, por comunidades armenias y antioquenas, por algunas comunidades anglicanas y, con menor frecuencia, por grupos luteranos y protestantes.
Se la considera patrona de los conversos, por su paso de un ambiente pagano al cristianismo, así como protectora de los matrimonios difíciles, las emperatrices y los arqueólogos.
En España, su culto tiene una especial relevancia en Caravaca de la Cruz, donde es patrona; en el municipio jiennense de Santa Elena; y en diferentes localidades y aldeas de León, Huesca y Córdoba.
Su presencia devocional se extiende también por Malta, Alemania, Reino Unido, la isla de Santa Elena —conocida por haber sido lugar de exilio y muerte de Napoleón—, Estados Unidos y diversos territorios de Hispanoamérica y Asia vinculados históricamente al antiguo Imperio español, entre ellos Paraguay, Argentina, El Salvador y Filipinas.
La Basílica del Santo Sepulcro y la nueva geografía cristiana
La conferencia presentó la Basílica del Santo Sepulcro como uno de los grandes proyectos arquitectónicos relacionados con Constantino y Santa Elena. El complejo se levantó en el lugar asociado al sepulcro de Cristo y al monte Gólgota.
Rafael Ríos Delgado insistió en que la peregrinación de Elena no fue únicamente un viaje de carácter devocional. También constituyó una operación política destinada a ocupar y cristianizar espacios de fuerte carga simbólica dentro del Imperio.
En este punto, el conferenciante matizó algunas imágenes difundidas por el cine y la cultura popular sobre los primeros cristianos. Las catacumbas no eran, en términos generales, lugares donde los cristianos vivieran o celebrasen habitualmente sus ritos. Se utilizaban principalmente para venerar a los mártires. Las celebraciones litúrgicas tenían lugar normalmente en casas privadas, algunas de ellas pertenecientes a familias patricias.
También explicó el significado del pez como símbolo cristiano. Su denominación griega podía relacionarse con la expresión “Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador”, por lo que se convirtió en una señal de reconocimiento entre los creyentes.
Las reliquias de la Pasión de Cristo
Uno de los bloques centrales de la conferencia estuvo dedicado a los objetos relacionados tradicionalmente con la Pasión de Cristo. Según la tradición, Santa Elena habría regresado a Roma con numerosos elementos vinculados a los últimos momentos de la vida de Jesús: la cruz, los clavos, el titulus crucis o INRI, la túnica inconsútil, la Escalera Santa, la cuerda, la esponja con vinagre, la cruz del buen ladrón y reliquias de los Reyes Magos y del apóstol Matías.
El relato tradicional vincula a Santa Elena con dos celebraciones de la Santa Cruz. El 3 de mayo se conmemoraba la Invención de la Cruz, es decir, su descubrimiento, mientras que el 14 de septiembre se celebra la Exaltación de la Cruz, relacionada con la recuperación de la reliquia por el emperador Heraclio.
La leyenda afirma que Heraclio solo pudo entrar en Jerusalén después de despojarse de sus vestiduras imperiales, caminar descalzo y portar humildemente la cruz.
El conferenciante recordó que una parte importante de estas historias procede de la Leyenda Dorada, obra escrita por Jacopo de la Vorágine en el siglo XIII. El texto organiza las vidas de los santos de acuerdo con el calendario litúrgico y añade numerosos relatos que no aparecen en los evangelios canónicos.
Entre ellos figura la historia de la redención de la Vera Cruz. Según esta narración, una rama del árbol del Paraíso habría sido colocada en la boca de Adán al ser enterrado. La rama habría germinado hasta convertirse, siglos después, en el madero utilizado para crucificar a Cristo.
El relato establece una correspondencia simbólica entre el pecado de Adán y la redención conseguida mediante la muerte de Jesús. Por eso, la calavera representada al pie de muchas crucifixiones puede aludir simultáneamente a Adán y al triunfo de Cristo sobre la muerte.
Piero della Francesca y la representación del descubrimiento de la Cruz
El principal ejemplo artístico analizado fue el ciclo pictórico de Piero della Francesca en la Basílica de San Francisco de Arezzo. El pintor, activo durante el siglo XV y considerado uno de los grandes maestros de la perspectiva, representó distintos episodios de la Leyenda Dorada.
En sus pinturas aparecen la muerte de Adán, la colocación de la rama en su boca, la adoración del madero por la reina de Saba, su encuentro con Salomón y la posterior ocultación de la madera.
Piero della Francesca combina las arquitecturas renacentistas, la profundidad espacial y el dominio de la perspectiva con un recurso heredado de la tradición medieval: la representación de varias escenas dentro de un mismo encuadre.
El artista introduce además elementos que no aparecen literalmente en la leyenda, pero que sirven para subrayar el carácter redentor de la cruz. En la escena de la Anunciación, por ejemplo, columnas, vigas y estructuras arquitectónicas evocan la forma de la cruz y anticipan los sufrimientos de Cristo.
También se abordaron las imágenes del sueño de Constantino y la batalla del Puente Milvio. La conferencia mostró asimismo un mosaico del siglo IV conservado en el Museo Británico, en el que Cristo aparece con el crismón y con rasgos próximos a los retratos de Constantino. El conjunto podría plantear un doble homenaje a Cristo y al emperador.
El hallazgo de la Vera Cruz
La tradición sitúa el descubrimiento de la Vera Cruz después de que Santa Elena ordenara derribar un templo de Venus levantado sobre el Calvario durante el reinado de Adriano. Bajo el edificio aparecieron tres cruces.
Para determinar cuál de ellas era la verdadera, los maderos fueron acercados sucesivamente a un difunto. Solo uno de ellos habría provocado su resurrección, confirmando así su identificación con la cruz de Cristo.
La reliquia fue robada posteriormente por los persas durante la invasión de Jerusalén en el siglo VII. El emperador Heraclio consiguió recuperarla tras su victoria militar y la devolvió a la ciudad santa.
El relato, aunque forma parte de una tradición de difícil comprobación histórica, tuvo una enorme influencia en la iconografía cristiana, en las fiestas de la Santa Cruz y en la configuración de numerosas devociones vinculadas al Lignum Crucis.
La realidad física de la crucifixión
La conferencia se detuvo también en la realidad histórica y anatómica de la crucifixión. A partir de estudios atribuidos a William Edwards, Wesley Gabel y Floyd Hosmer, se planteó que las cruces pudieron ser más bajas de lo que suele mostrar la iconografía tradicional.
La altura podría situarse, en algunos casos, en torno a 1,50 o 1,60 metros, con las piernas flexionadas y posiblemente apoyadas en un suppedaneum. Los condenados eran crucificados desnudos y los verdugos podían romperles las piernas para impedir que se apoyaran en los clavos y prolongaran la respiración.
El hallazgo de un talón antiguo atravesado por un clavo ha llevado a plantear que los pies podían fijarse en paralelo, aunque esta hipótesis no coincide necesariamente con todas las interpretaciones realizadas sobre la Sábana Santa.
Río Delgado explicó también que los clavos no se introducirían en la palma de las manos, ya que esta podría desgarrarse por el peso del cuerpo. La fijación se realizaría en una zona próxima a la muñeca, mientras una cuerda podía ayudar a tensar y sostener el brazo.
El Lignum Crucis de Santo Toribio y la Santa Cruz de Caravaca
Otro de los apartados de la intervención estuvo dedicado a los fragmentos de la Cruz conservados en distintos santuarios.
En España se destacaron especialmente el Lignum Crucis del monasterio de Santo Toribio de Liébana y la Santa Cruz de Caravaca. Ambos lugares se han consolidado como grandes centros de peregrinación y cuentan con una enorme importancia dentro de la tradición cristiana vinculada a la Vera Cruz.
El conferenciante observó el parecido entre la cruz patriarcal que aparece en el escudo de la hermandad de Santa Elena y la cruz de Caravaca. A partir de esa relación, planteó la posibilidad de que la corporación organizase, con motivo de su vigésimo quinto aniversario fundacional, una peregrinación a Caravaca de la Cruz, a Santo Toribio de Liébana o a ambos santuarios.
La propuesta fue recibida como una posible vía para estrechar el vínculo entre la identidad de la hermandad, la devoción a Santa Elena y la tradición de la Vera Cruz.
Los clavos de Cristo y la Corona de Hierro
La tradición representa normalmente a Cristo crucificado con tres clavos, aunque también existen interpretaciones que defienden la utilización de cuatro. Esta segunda hipótesis ha sido relacionada con determinadas lecturas de la Sábana Santa, las visiones de Santa Brígida y los estudios del padre jesuita Loring.
Según una antigua tradición, uno de los clavos habría sido arrojado al mar por Santa Elena durante el viaje de regreso a Roma. Una tormenta amenazaba con hundir la embarcación y la santa habría lanzado el clavo al agua, provocando milagrosamente la calma del mar.
Otro clavo se conserva supuestamente en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén. Los dos restantes habrían sido transformados. Uno habría sido convertido en el bocado del caballo de Constantino, venerado actualmente en el Duomo de Milán. El otro estaría engarzado en la Corona de Hierro de Monza, utilizada para coronar a los reyes lombardos y, posteriormente, a emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.
El titulus crucis y el debate sobre su autenticidad
El titulus crucis, la tablilla que habría acompañado a la cruz de Cristo con la inscripción INRI, fue objeto de una explicación detallada.
La pieza, realizada en madera de nogal, tendría aproximadamente 25 centímetros de largo, 14 de ancho y 2,5 de grosor. En 1997 fue estudiada por siete paleógrafos pertenecientes a distintas tradiciones religiosas. El análisis no detectó signos claros de falsificación y propuso una datación entre los siglos I y II, probablemente más próxima al siglo I.
Los investigadores plantearon que la tablilla pudo ser escrita por un escriba judío, teniendo en cuenta la dirección de la escritura y determinados errores producidos al transcribir con rapidez el texto en hebreo, griego y latín.
Sin embargo, la prueba de carbono 14 realizada en 2002 por la Universidad de Roma situó la madera entre los años 980 y 1146. Río Delgado advirtió de que la datación puede verse alterada cuando una reliquia ha sido manipulada, expuesta al culto o contaminada durante siglos.
Una tablilla trasladada desde Tierra Santa, tocada por numerosos peregrinos y expuesta a diferentes condiciones ambientales puede incorporar carbono posterior y ofrecer un resultado alejado de la fecha original.
El conferenciante señaló que esta circunstancia también ha sido planteada en relación con la Sábana Santa. La cifra cronológica, por tanto, no permite resolver por sí sola el debate sobre la autenticidad histórica de una reliquia.
A pesar de la controversia, la forma del texto del titulus crucis guarda semejanzas con otras inscripciones INRI presentes en la imaginería andaluza.
La esponja, la lanza y la corona de espinas
La esponja con la que Cristo habría recibido vinagre cuando expresó su sed constituye otra de las reliquias vinculadas tradicionalmente a Santa Elena.
Una tradición sostiene que fue depositada en el Santo Sepulcro hacia el año 330. Sofronio, monje y patriarca de Jerusalén, afirmó haber contemplado hacia el año 600 la esponja, la caña y la lanza.
Después del saqueo persa de Jerusalén en el año 614, algunas reliquias fueron trasladadas a Constantinopla. En 1239, San Luis IX las llevó a París para depositarlas en la Sainte-Chapelle.
Con el paso de los siglos, la esponja fue fragmentada. En la actualidad se atribuyen partes de ella a distintos relicarios conservados en San Millán de la Cogolla, El Escorial, Valencia y Roma.
En cuanto a la corona de espinas, existen versiones que sostienen que Santa Elena llevó a Roma algunas espinas sueltas, mientras que otras sitúan la corona principal en Jerusalén desde el siglo V.
San Luis IX habría adquirido la reliquia al último emperador de Constantinopla y la habría trasladado a París. También se recoge una tradición según la cual Roma recibió dos espinas a cambio de un fragmento de la columna de la Flagelación, conservado en la basílica de Santa Práxedes.
La túnica inconsútil, supuestamente tejida por la Virgen en una sola pieza, habría sido sorteada por los soldados y descubierta posteriormente por Santa Elena. La santa la habría entregado a la catedral de Tréveris, donde se conserva cubierta por varias capas de tejido de plata.
Finalmente, Santa Elena habría trasladado a Tréveris los restos del apóstol Matías, considerado el decimotercer apóstol. Para custodiar la reliquia se construyeron una abadía y un relicario específico.
La Escalera Santa y la cuerda de Cristo
La llamada Escalera Santa de Roma es otra de las reliquias relacionadas con la peregrinación de Santa Elena. Según la tradición, se trata de los 24 peldaños que Cristo habría descendido desde el pretorio de Poncio Pilato después de ser presentado como Ecce Homo.
Los peldaños se encuentran actualmente protegidos por una cubierta de madera de nogal. Los peregrinos los suben de rodillas como acto de penitencia y devoción.
Al final de la escalera se encuentra la capilla del Sancta Sanctorum, donde se custodiaron otras reliquias, entre ellas supuestas túnicas de San Pedro y San Juan Evangelista. Las restauraciones recientes descartaron que una de ellas perteneciera a San Pedro por motivos cronológicos, mientras que la de San Juan podría corresponder a los siglos I o II.
La conferencia mostró también el relicario de la cuerda de Cristo, conservado en el monasterio chipriota de Timios. Según la tradición, habría sido utilizada para conducir a Jesús maniatado hasta el Calvario y podría haber servido durante la crucifixión.
El ponente volvió a explicar, desde el punto de vista médico y anatómico, que los clavos no se introducirían directamente en la palma de la mano, sino en una zona próxima a la muñeca, mientras una cuerda tensaba el brazo y contribuía a soportar el peso del cuerpo.
Santa Elena en la escultura contemporánea
La última parte general de la conferencia estuvo dedicada a las representaciones artísticas de Santa Elena. Se citaron obras de Encarnación Hurtado realizadas para la Vera Cruz de Sevilla y para otras corporaciones, así como imágenes de Villalba del Alcor, Aznalcóllar, Santa Elena de Jaén, Ocaña, Viescas y Los Morenos.
El caso de Aznalcóllar sirvió para ilustrar la estrecha relación entre la santa y la cruz. En esta localidad, la Santa Cruz sale en procesión, recoge a la imagen de Santa Elena en la ermita y ambas recorren juntas las calles del municipio.
La escena expresa visualmente una de las ideas centrales de la conferencia: Santa Elena no puede entenderse al margen de la Vera Cruz, del descubrimiento del madero de Cristo y de la construcción de una devoción que ha unido historia, leyenda, arte y religiosidad popular durante siglos.
La imagen de Santa Elena de San Fernando
El tramo final de la intervención se centró en la imagen titular de la hermandad de San Fernando, realizada hace veinte años por el escultor Juan Carlos García Díaz.
El artista recibió una formación académica en el ámbito de las artes y las Bellas Artes, que completó con el aprendizaje de taller junto a Alfonso Berraquero en San Fernando y con imagineros sevillanos relacionados con el corralón de los artistas, entre ellos Antonio Vega y Antonio Martín.
Ese recorrido formativo se refleja en la concepción de Santa Elena como una mujer joven, digna y de porte imperial. La imagen se aleja de una representación excesivamente anciana y se acerca a la condición de Augusta que tuvo la madre de Constantino.
La escultura incorpora sandalias de corte imperial y atributos acordes con su dignidad. Durante la conferencia se explicó que la representación descalza de figuras imperiales o sagradas podía funcionar como signo de divinización, mientras que las sandalias expresaban una condición histórica y terrenal.
Las fotografías proyectadas permitieron seguir distintas fases del proceso de creación: la talla en madera de cedro, el modelado de la cabeza, las pruebas de vestuario y la policromía.
Juan Carlos García Díaz trabajaba simultáneamente en la restauración de San Juan Bautista de La Salle y aplicó a Santa Elena técnicas tradicionales de la escuela sevillana. El procedimiento incluyó una imprimación coloreada, la construcción progresiva de la policromía mediante capas, la aplicación de matices y veladuras y un acabado destinado a dotar al rostro de una apariencia realista.
Las imágenes del proceso mostraron la evolución de la talla hasta su presentación definitiva, junto a miembros de la hermandad y colaboradores del escultor.
De una cruz de mayo a una hermandad consolidada
Rafael Ríos Delgado concluyó su intervención con una reflexión sobre la historia de la propia corporación. La hermandad nació como una cruz de mayo, casi como un juego de niños, y con el paso del tiempo se transformó en una realidad devocional plenamente integrada en la vida eclesial y cofrade de San Fernando.
Ese recorrido constituye, en sí mismo, un paralelismo con la trayectoria de Santa Elena. Una tradición que comenzó vinculada a la recuperación de una cruz acabó dando lugar a una devoción extendida por distintos países, a numerosas representaciones artísticas y a una compleja red de santuarios, reliquias y celebraciones.
La fotografía final de la capilla, con Santa Elena adorando el relicario de la cruz junto a la imagen de Cristo yacente, resumió visualmente el contenido de toda la conferencia. En ella aparecen unidos la santa, la Vera Cruz, la Pasión de Cristo y la identidad devocional de la hermandad isleña.
Tras las palabras de agradecimiento, la Junta de Gobierno entregó un recuerdo al conferenciante como reconocimiento por su participación en el programa conmemorativo. La hermandad anunció asimismo los próximos actos del aniversario: una mesa redonda prevista para el 9 de octubre a las 19:30 horas y el acto final de la conmemoración, programado para el 15 de octubre.










