El pasado 21 de junio, primer día del verano, implosionaba el mundo cofrade. La Esperanza Macarena regresaba, en principio, después de someterse a unas labores de mantenimiento y conservación desde el 16 de junio. Según la prensa, esto se desarrollaría en las propias dependencias de la hermandad al igual que había sucedido días antes con el Señor de la Sentencia.
Lo que debía ser un proceso ordinario, meramente administrativo, se ha convertido en un verdadero terremoto social y devocional. La imagen repuesta al culto generó una fuerte reacción. La Hermandad llegó a señalar que debió “corregirse un efecto indeseado provocado por las pestañas sustituidas durante la intervención”. Este detalle no pasó inadvertido por algunos sectores críticos con la religión católica y la religiosidad popular. Lo ocurrido en la basílica ha generado una fuerte reacción no solo por cuestiones estéticas o artísticas, sino por lo que representa en lo emocional, espiritual y culturalmente.
Como señaló recientemente un editorial de Islapasión, la religiosidad popular vuelve a demostrar que es, ya no solo la niña pobre de la Iglesia, sino que se ha aprovechado desde ciertos medios de comunicación para ridiculizar el dolor de los devotos comparándolo de forma irónica con otras causas sociales o políticas, como si fuera incompatible preocuparse por varias cosas a la vez. Esta actitud no solo revela un profundo desconocimiento del valor del patrimonio inmaterial que las hermandades tienen, sino además, una cierta condescendencia hacia las formas de religiosidad popular que no se ajustan a sus esquemas culturales. Nuevamente debemos vernos sometidos a la risa, los comentarios cargados de moralina y superioridad moral. Señalan a los hermanos y devotos que han presenciado con inmenso dolor cómo con nocturnidad y alevosía le han arrebatado su identidad y no reconocen la imagen devuelta al culto. No encuentran a su Esperanza Macarena.
Se ha producido un grave daño a la imagen de la Santísima Virgen. Ni siquiera caben por el momento explicaciones de su junta de gobierno que guarda un silencio incomprensible que permite que salgan a la luz las más absurdas teorías conspirativas. Al contrario, favorecen que el enfado y el malestar se canalice por redes sociales permitiendo que se llenen los foros de señalamientos, insultos y descalificaciones. Se trata de una falta de respeto inmensa al sentir de miles de personas que se refugian en su mirada, en aquellos que buscaban consuelo en la Madre de Dios y que confían en ella sus más íntimas reflexiones, miedos y pasiones. Es el rezo diario, la depositaria de millones de intercesiones.
Más allá de la fe, se ha atentado contra la integridad de una obra maestra de la imaginería y del arte de nuestro país. Sería interesante comprobar qué estaría ocurriendo si en lugar de dañar a la Esperanza Macarena, el sujeto del daño hubiera sido un cuadro de Velázquez o Goya. Si el Museo del Prado hubiera lacerado en una restauración nefasta Las Meninas o La rendición de Breda. ¿Podría ser entonces motivo de escándalo? ¿Sería sometida a la burla desde los medios de comunicación nacionales?
Lo que ha sucedido en la basílica de la Macarena es suficientemente grave para exigir responsabilidades a quienes dirigen y gestionan el patrimonio de una entidad con más de 17.000 hermanos y un inabarcable número de devotos. Una imagen de la Virgen, una obra de arte que trasciende el ámbito de Sevilla y Andalucía y que es reconocida mundialmente.
Lo sucedido debe servir para reflexionar sobre cómo se protege el patrimonio histórico, cultural y devocional de nuestras cofradías y exigir una reparación urgente para la correcta conservación de la Santísima Virgen de la Esperanza Macarena. El mundo necesita que vuelva la mirada de la Esperanza.
Pablo Lobato de Enciso






