Era miércoles. 18 de diciembre. Toda la luz de la mañana entraba como un cañón por la puerta principal del templo. Entre los blancos muros apenas unas cinco personas. La Virgen, la primera dolorosa coronada de nuestra diócesis en Besamano. Y ante ella un hijo de la Esperanza, el número 1 de su corporación.
Lentamente había llegado sostenido del brazo de su nieto. Con pasos cortos, y unas gafas de sol que no disimulaban su emoción. No logró reconocer a nadie de los que allí estábamos, solo quiso postrarse ante sus plantas. Allí, se quitó las gafas de sol, y miró frente a frente a quien tantas veces había visto. Conoce su perfil de memoria. Acercando su mano a la de la dolorosa, su emoción rompió en llanto, y el llanto en sollozo, como un pequeño niño. Entre sus labios musitaba una oración y una súplica, y una demanda.
«Este año no viene conmigo». Repetía una y mil veces mientras secaba a duras penas sus lágrimas con un pañuelo que su nieto le había acercado. No existía nada más en ese momento. El silencio en el ambiente y su sollozo repetido. No había sido el mejor de los años, quien tantas veces lo acompañó, ya no estaba a su lado. Pero no quería faltar aún así a la cita.
Tras buscar unas monedas que sacó de su cartera, cogió una estampa, y se despidió diciendole a la Virgen «el martes nos vemos, si Dios quiere». No era un ruego, era una certeza, la de aquellos hijos de la Esperanza.
Y así, con las gafas de sol de nuevo puestas, recorrió aquel pasillo que dista con la calle Marconi para irse de nuevo a su casa. Esperanzado. Con la vista puesta en un nuevo encuentro. Porque así es. Y así será. Si Dios quiere.
Por encima de puertas santas, de años jubilares y de extraordinarias. Por encima de todo, feliz año de la Esperanza.






