El 15 de agosto volvió a traer a Sevilla, un año más, una mañana de gentío y devoción en torno a la figura de la patrona de la ciudad y la Archidiócesis: La Virgen de los Reyes.

Como es tradición, los fieles circundaban la Catedral desde horas previas al amanecer, amén de aquellos que, desde diversos pueblos de la provincia, realizan una sentida peregrinación para rezarle y contemplar lo que es toda una procesión para los cinco sentidos.

El deleite visual ha sido constante. Para empezar, por la incontestable visión de la Virgen en su palio, desde que emergía de la Puerta de Palos hasta que culminaba todo un recorrido de luces y sombras. Literalmente. La imagen de la patrona recibiendo el sol de cara, tamizado por los diferentes edificios de los alrededores del templo metropolitano es una estampa única, como la que pudo verse al bajar por Alemanes o al llegar a Almirantazgo. 

El colorido de la mañana fue fundamental. Desde el cielo azul al cromatismo del cortejo, en especial en los tabardos verdes y rojos de los maceros, provinciales y municipales, respectivamente; en el azul de la representación de la Policía Local; en el púrpura de los hábitos del Cabildo Catedral o en la cera roja de la Archicofradía del Sagrario.

Pero también por los detalles: el sutil y clásico recogido de los laterales del manto, (este año lucía el verde que le regalase Isabel II), la pícara sonrisa del niño o el propio rostro de la Virgen de los Reyes, no sólo en su paso sino también como adorno central de los gallardetes y banderolas que adornaban el recinto. En el aspecto tan diferente que la Señora presenta en el azulejo que luce en el zócalo del convento de San Leandro.

Los frescos nardos cumplían su función con el aroma, reforzado por el dulce olor del incienso que precedía en todo momento al paso y que daban a la escena ese singular aspecto de ensoñación.

En el tacto, la sensación térmica. Una mañana de agradables temperaturas en este atípico mes de agosto hacía más llevadera la breve espera de la imagen, en especial en los citados lugares donde se proyectaba la luz del sol, entre tanto calor humano.

El propio cortejo es un ejemplo, en el sentido figurado de la palabra, de tacto. Poco más de 90 minutos bastaron para culminar el itinerario de una procesión donde, sin faltar las representaciones consistoriales, eclesiásticas, institucionales, del Consejo de Cofradías y de la propia Asociación de Fieles, la impresión que queda es la de la mesura.

El paso, siempre avanzando y a buen ritmo, tuvo el clásico detalle de girar sobre su eje en las esquinas, para que toda la ciudad pudiese contemplar a la imagen. Ocurría así en Placentines, García de Vinuesa y a la altura de Correos. Y es que no era sencillo buscar a la Virgen. Las vallas que delimitaban todo el recorrido, recuperadas el pasado año, supusieron ciertos problemas de movilidad. Más seguridad, pero también mayor incomodidad para los presentes.

El sonido en esta mañana, en cambio, fue el de un divino caos. Las campanas de La Giralda iniciaron su repique tan pronto el paso se encontraba fuera de la cancela que delimita el porche. A las 8 en punto. Desde entonces no cesó, con alguna breve interrupción, hasta el regreso de la Virgen, haciendo en ocasiones imperceptible las marchas que interpretaba, con la acostumbrada delicadeza, la Banda Sinfónica Municipal.

A pocos metros del paso, la solemne escolanía, a veces entremezclada por los briosos sonidos de la banda militar que cerraba el cortejo. Los profundos cánticos en honor a la patrona, al unísono de las alegres marchas Virgen de la Paz o Coronación de la Macarena, entre otras, y de un «díscolo» clarín que, sello de la casa, sobresalía puntualmente del conjunto.

Por último el sabor. Tal vez lo primero que colmaron aquellos devotos que asistieron a las eucaristías que, desde las 5:30 horas, se oficiaron dentro de los muros de la Catedral. Y lo último, en el merecido desayuno reconstituyente para todos aquellos sevillanos que no quisieron dejar de madrugar en este día de la Asunción. El Arenal, El Salvador y otras tantas calles del centro quedaron, pues, llenas de un público que, paladeando los flamantes recuerdos, se emplazaba hasta el año que viene. En el mismo lugar. (ISLAPASIÓN).

Galerías: