Hay rincones que tienen un nosequé, un pellizquito que hace que la piel se erice y el alma se encoja. Duende le dicen.

Son de esos sitios donde hasta los que no han mamado allí su infancia se sienten parte de ellos. La gran atracción que poseen es un misterio. Los más pragmáticos dirán que será el nudo gordiano que une a las personas con sus orígenes o sus interacciones durante la vida. Aquellos más sentimentales asegurarán que es simple embrujo.

En La Isla hay un huequecito que linda con sus propios orígenes, allá junto a antiguas salinas y una fortaleza que resistió hasta a los políticos que devastaron la monumentalidad arquitectónica de la ciudad. Una plazuelita coqueta, vestida siempre de gala, y que rezuma un aire castizo que envuelve incluso a quien tan sólo la invade como lugar de paso ocasional: mi barrio de La Pastora.

Es mi orgullo como isleño, decir que soy pastoreño. Es una seña de identidad más. A cualquiera que sea de San Fernando o lo conozca no hay que darle muchas indicaciones para que llegue hasta el mismo corazón de aquél santuario donde, en febrero, se canta coplas a don Carnal y en la primavera florecida se oyen oraciones escritas en pentagramas o desde gargantas desgarradas. El contraste por seña, su nombre su propio estandarte.

Pero a nadie escapa su origen, el motivo de su ser: la devoción a la Divina Pastora de las Almas. Aquella devoción que fray Diego de Cádiz tuviese la gracia de plantar y regar, dejándola para que floreciera también en esta bendita tierra.

Decir Madre de la Pastora es rememorar lo más atávico del barrio, degustar su esencia. Adentrarse en el templo y contemplar la bucólica escena de su altar mayor es llenarse de una paz indefinible. Aquella quietud, alumbrada por el reflejo de las cristaleras, adormece los sinsabores por los que acudimos y despierta los sentidos de algo infinito que somos incapaces de comprender, pero que percibimos.

El quince de agosto se ha convertido en día grande donde los haya en toda La Isla. Ya no es solo cosa de unos pocos vecinos.

La hermandad de la Divina Pastora ha reinventado ese día, se ha rehecho a sí misma, ha logrado ser modelo para otras cofradías en muchos aspectos, ha congregado las antiguas devociones con las nuevas, nacidas del propio empuje del que hace humilde pero sincero valor. Ha iniciado un ciclo donde ha prevalecido la fortaleza de la unidad en torno a la Señora y siguen en su empeño de no cerrarlo. Han convertido con su ilusión, esfuerzo y dedicación a quienes los criticaron y dudaron de que su línea sería un fracaso. ¡Qué error!

Su  consistencia no reside en ser diferentes, sino en sentirse y vivir como hermanos en la fe.

Ya queda poco. En estas jornadas previas, cordones de cielo y oro que sostienen la medalla de la sagrada centinela del rebaño de Dios, laten orgullosos -como corazones que son- mientras bombean fervor que insuflan de vida el alma de los que veneran al divino pastorcillo y a Su Madre bendita.

Sólo unos días, y en la relativa tranquilidad de la tarde en aquella plaza de soles agosteños, se volverán a contemplar los reflejos dorados de la peña desde donde se aposenta para cuidarnos. Sonarán campanillas de gloria a su paso y al elevar la mirada hacia Ella, siempre su sonrisa. Su eterna sonrisa.

Ustedes me entienden.