Se cumplen diez capítulos de estas Semblanzas Cofrades. Lo cierto es que me deja cierto mal sabor de boca haber querido crear una saga que discurría entre la memoria y el hoy y que, por las circunstancias conocidas, estas no hayan sido capaces de saber plasmar la intensidad de los días que habíamos de vivir.

Pero como quiera que soy empecinado, me propongo, en fecha y forma, acabar con lo que empecé. Ha faltado mucho por decir, muchos a quienes traer a esta trastienda, pero está bueno lo bueno.Esta décima entrada que, como digo, supone la última de estas semblanzas tenían que terminar, cómo no, estrenando la Semana Santa.

Eso de estrenar la Semana Santa es casi un eufemismo para quien, como el que suscribe, se da de bruces con la realidad. Pero es Domingo de Ramos, sí. A pesar de todo, lo es. A pesar que, a la hora que esto escribo, las campanas suenen más melancólicas que jubilosas. No se acaba el mundo, desde luego. Bastante más terrible es que hayan personas que ni tan siquiera se puedan estar lamentando como hacen esas campanas que decía o, incluso, nosotros mismos.

Nosotros tendremos, si Dios quiere, otros Domingos de Ramos. ¡El año que viene mismo! Aguardaremos soleados partes meteorológicos con los dedos cruzados; cogeremos las ramas de olivo en la misa por la mañana; nos recorrerá un indescriptible escalofrío cuando veamos el primer hebreo de la Borriquita, el primer penitente con paso presto. Acudiremos con más ganas que nunca a buscar el rincón ideal mientras esperamos, entre risas y comentarios jocosos, que se abran las puertas de la capilla de la Estrella o las de La Ardila. Ya veremos

dónde vemos a la Columna.

En esta clausura impuesta, que no es como la de las capuchinas o la de las carmelitas de la hermana Cristina, acudiremos con nostalgia a la televisión, a la radio o a las redes buscando el consuelo de los recuerdos en emisiones especiales que sirvan de ungüento para aplacar, de alguna forma, esta desazón de una Semana Santa a modo de severo recogimiento. Es la austeridad en la que hemos de confinar a nuestros desatados cofrades sentimientos. ¡Pero acudiremos! Nada nos dejará con la hiel del desencanto; roscos, torrijas, un café…, para desamargarnos mientras contemplamos con rabia resignada lo que pudo haber sido.

¡Claro que tendremos nuestro particular Domingo de Ramos! Y Lunes, y Martes, y Miércoles, y Jueves y Viernes, y Sábado Santo. ¡Claro que tendremos Madrugá! ¡Claro que saldrá el Resucitado! De otra forma, con el recogimiento como de la hermandad del Rosario.

¡Claro que oleremos los inciensos! ¡Claro que sonarán las marchas! ¡Claro que tendremos ganas de una nueva Semana Santa cuando esta haya pasado! Porque nuestra devoción cumplirá la penitencia, ¡y qué penitencia!, aunque sea en nuestro inusitado claustro.

Nos toca cargar la misma cruz del amor al prójimo que llevó Cristo; el que ahora tanto sentimos no poder verlo sobre los pasos. Pero habrá una próxima vez. Y otra, y otra, y otra, insisto, hasta que Dios disponga. Solo durará siete días este dolor del huérfano y al séptimo…, ¡todo comenzará de nuevo!

Pero esta circunstancia tan trágica que vivimos ha de servir de algo más que para el lamento. Ha de servir para comprender cuánto significa lo que tenemos, a los que tenemos y a los que ya solo poseemos en nuestro corazón. Esa es la penitencia. La verdadera penitencia que hemos de cumplir. Una penitencia que nosotros, aunque nos cueste, sí podemos realizar por aquellos otros que, por desgracia, están ausentes en una aún más dura, luchando por salir de esta maldita enfermedad que nos aqueja en los hospitales, y por aquellos otros que, sin remedio, ya tienen ganado su palco en el cielo.

Hermanos, todo empieza. Ya se abren las puertas. Está pronto a salir la primera Cruz de Guía. ¡Poneos!