La primera vez que, como cofrade de mi hermandad, escuché la frase que daba al traste con la salida procesional rondaba ya el presente siglo. 2003, así, a vuelapluma, si no recuerdo mal. Desde 1983, año en que mi padre me hizo hermano, mi cofradía jamás había suspendido ni una sola de sus salidas procesionales, ¡que ya es decir! Ese tercer año de este comenzado milenio, aún pertenecía a la Junta de Gobierno y tuve que votar, y aceptar, la realidad de un soleado Lunes Santo, a la hora de aquella reunión extraordinaria in extremis, en previsión a los partes meteorológicos que hasta el último instante barajábamos y, por qué no decirlo, aguardando algún milagro.

No llegó. El milagro digo. Esa jornada solo Medinaceli arriesgó en un expedito lunes en el que, finalmente, tuvo que regresar a la Iglesia Mayor vencido por las inclemencias.

Pensé esa tarde, que de repente se tornó de un gris doliente, en las veces que otras similares hube de esperar en las inmediaciones de alguna parroquia o radio en mano, la decisión de las hermandades ante circunstancias similares. Rostros circunspectos, lágrimas, desazón, rabia, incomprensión a veces, dudas y críticas otras… ¡Es que llevábamos un año esperando este día! Y, aunque todo era justificable, solo una decisión era la oportuna.

«¡Este año no salimos!». La frase más indeseada y temible que se podía esperar, ya revestidos con la túnica y capirote en mano o con el antifaz recogido sobre nuestro rostro. La frase del último hálito de esperanza sujeto a una previsión del tiempo que nos llegaba desde Rota o desde el otro cerro que tiene La Isla: el del Observatorio de Marina. Una previsión que era más un decreto; una sentencia, como la de Pilatos: inasequible, inamovible y desesperanzada. No se abrirían las puertas de la iglesia como deseábamos que ocurriese, ni entrarían fulgurantes rayos de una soleada y calurosa tarde abrileña. Las hileras de cirios, el altar de insignias, el vergel del palio…, todo quedaría como una estampa anunciadora de algo que, por último, no iba a ocurrir.

A la mente de no pocos, acudirían los recuerdos de una cuaresma llena de trabajo que, lamentándonos, no sería recompensado. ¡No pasa nada! ¡Es así! ¡Es lo que pensamos! La bonanza del clima en la Semana Santa es un premio a la labor desinteresada, al desvelo, a las preocupaciones y a los sinsabores que el dedicarse a una hermandad conlleva. Horas destinadas a un fin que, al fin, no será. Listados rehechos una y otra vez, cábalas para cuadrar y conciliar las posibilidades económicas, reuniones, discusiones, decisiones que quedan en aguas de borrajas. Horas invertidas y quitadas de otros quehaceres, la ilusión de un estreno, la promesa que ese año habíamos pensado cumplir, o el favor que prometimos pagar o pedir en nuestra penitencia.

La frustración va por barrios. Los más veteranos, por aquello de haber conocido otras batallas perdidas como esa, sonreirán resignados. Las cosas son así, pensarán con la paciencia del sabio. El otro barrio, el de los niños, el de los de la primera vez, el de los jartibles, eso es otra forma de resignación que, más que claudicación, es un tipo de clamor al cielo, nunca mejor dicho.

Un rosario, unas oraciones entrecortadas y el salado amargor por las lágrimas que viajan de los ojos a los labios y las puertas se abren, como rezaba aquella famosa frase del capataz, sin que se mueva un clavel. Y esta vez de manera literal. Un tumulto invade las zonas que, minutos antes, era reserva solo para los hermanos y pocos más. El prudente murmullo se envalentona hasta ser comentario sin pudor, y en un extraño desorden ordenado unos entran y otros salen con la sensación de un hueco en sus vidas en ese día. Y la tarde pasa y la noche llega con la desocupación, con ese Síndrome del Cofrade Vacío por una Semana Santa inédita.

Al llegar a casa, se desviste uno de la túnica casi sin querer arrugarla más que lo necesario, como si al día siguiente fuéramos a volver a revestirnos, como si lo ocurrido fuese solo un mal sueño del que nos recuperaríamos al despertar. Pero ya somos conscientes, con esa losa de realidad que nos pesa en el alma, que si Dios quiere, el año que viene, el año que viene será.

Este año no será la lluvia, los vientos. Este año muchas túnicas ni tan siquiera saldrán de las casa de hermandad. Este año se ha guardado todo antes de tiempo o, mejor dicho, todo se ha quedado en puertas de su cometido. Pero, sin duda, los cofrades en general, con esa capacidad de sobreponerse a las circunstancias que, como relataba, no nos son desconocidas, en esta cuaresma han hecho, más que nunca, de tripas corazón. A la precaución se le ha unido la solidaridad por el bien de todos.

El virus que hoy se expande por media Europa, parte del planeta y en toda España, y que tiene nombre de salmodia dolorosa —coronavirus—, aunque haya conseguido que nos quedemos, ¡ojo!, sin la Semana Santa plástica este año no ha hecho más que dejarnos, en este caso concreto, escenas de comunión, de responsabilidad, de amor al prójimo —el amor, que todo lo puede—. Más vale, en todo caso y aunque duela como una mala jaqueca, prevenir que lamentar mucho más. Pero todo pasa en esta vida y el año que viene, el año que viene, Dios dirá.

Cofrades, quedan trescientos setenta y seis días para que salga la primera Cruz de Guía a la calle, pero este Domingo de Ramos seguirá siéndolo a pesar de todo.