Y así comenzaba uno de los pregones más conocidos de nuestra Semana Santa. Lo siento por los esencialistas que dan por hecho que el primero lo ha dado siempre el azahar. No. Este era un [f]actor de relleno en el anuncio de la cuaresma; uno efímero que, incluso, ni nos fijamos cuando se ha ido. Los verdaderos protagonistas eran esos pregoncillos oficiosos que, de forma velada, escribieron parte de las líneas y estrofas de los otros pregoneros, de los oficiales; esos gastronómicos que han rellenado folios de verso, prosa y recuerdos y que, inefables, han constituido páginas llenas de sabor cofrade.

Pregones de pastelería local, de gloria bendita, de dulce recurso, de efluvios que salen zalameros coqueteando con nuestra pituitaria, flirteando con nuestra gula, pecadillos para el estómago que, para qué negarlo, nos induce a una felicidad que solemos agradecer.

He empezado por el coqui como podía haberlo hecho por los roscos o las torrijas. Podía, también, haber hecho ayuno y haber pasado por los alcauciles con chícharos, unos garbanzos con bacalao, babetas con caballa o el bienmesabe en sobreusa, y es que si hay algo fuera del mero ámbito cofradiero y, sin embargo, tan intrínseco en él, son estas delicias.

He dicho pregones y me reitero, porque mejor que estos poco habrán que sepan describirnos y hacernos sentir la cercanía de esos días santos y sus albures. Pocos como estos sabrán hacernos viajar hasta un Domingo de Ramos o a un Viernes Santo. Pocos como estos serán capaces de afirmar que la Semana Santa es algo íntimamente nuestro, más allá de lo que pensemos de ella. El caramelo del penitente, largo y llamativo, pegajoso, cansino de consumir, capaz de durarnos siete o más días; o los nazarenos, rellenos también de azucarado manjar, con los colores de las cofradías de la ciudad, son las primeras páginas de este pregón inmenso.

Pregón del rosco de La Victoria, La Mallorquina o la Nueva Suiza. Pregones que, no por más citados, no por más repetidos, no por más escritos, dejan de ser verdaderos, exclusivos, inimitables exaltaciones que, desde luego, bien merecían su distinción en oro. No se puede hablar de roscos en minúsculas, sino de Roscos; así, ¡en mayúsculas!, como reconocimiento a su papel de peculiar embajador de esta tierra.

El olor de la miel esponjando las torrijas. Dulce universal que se regodea en nuestros paladares, que se agarra a nuestras papilas y se enquista en los recuerdos. El olor, tan nostálgico como exquisito del pan en una sartén, friéndose e invadiendo poco a poco, pero con rotundidad, hasta el último rincón del hogar. El perfume de la miel sobre aquellas rodajas, aún calientes, derritiéndose, deleitándose, desparramándose en un lago goloso en el fondo del recipiente…

Reconozco que nunca me gustaron las torrijas; me resultaban empalagosas y pringosas. Fue una noche de Jueves Santo, antes de acudir ir con un buen amigo a acompañarlo a San Francisco, pues era hermano del Silencio, cuando subí a mi casa a ponerme ropa cómoda y desprenderme del terno que dicho día requería. Al abrir la puerta, ese intenso perfume que citaba me asió de la mismísima nariz y me llevó directo a la bandeja de metal donde se disponían, en perfecto orden de revista, una copiosa formación torrijera. Algo se despertó en mí. Un amor inaudito que dura hasta hoy. Qué gran verdad que al hombre se le conquista por el estómago.

De cualquier tiempo: el arroz con leche. Pero, quiérase o no, está tan ligado a estas fechas de cuaresma que, aun degustándose en verano, más fresco que a temperatura ambiente, ese sabor acanelado le confiere una distinción inseparable del susodicho Rosco o las torrijas.

¿Y las panizas? ¿Y las poleás? Vetusta historia del acerbo de la restauración local. Aquiesencia de otros tiempos de verdadera penitencia.

Y es que no sabe igual un café, una cerveza, un desayuno, una merienda, incluso una cena, con el dosel de la cuaresma o la Semana Santa tras ellos. No es igual agenciarse de un papelón de churros y un humeante chocolate un día cualquiera a una mañana de Viernes Santo; no sabe igual un café a media tarde cualquier día que en la de un Domingo de Pasión, dando descanso a las piernas exhaustas y departiendo sobre lo visto y revisando el itinerario que aún queda por recorrer. No es lo mismo tapear un día cualquiera que una parada improvisada tras el Vía Crucis del Consejo o tras unos cultos cuaresmales, por ejemplo. No sabe igual un almuerzo expectante un Domingo de Ramos, chaqueta sobre el respaldar de cualquier restaurante, que en ese mismo lugar otro día cualquiera. No saben igual las cosas, no.

Ya mismo hemos empezado la cuenta atrás con el Miércoles de Cenizas, ahora es cuando comienzan las cocinas a darle forma al sabor de la tradición de estas fechas, y tomarán un sabor especial aquellos momentos que decía junto a las prebendas culinarias. Ese nosequé que atesoraremos en una primavera más junto a otras vividas rememorando historias, a amigos que ya no están, revisando lo que nos queda por delante o anticipando, con los dedos cruzados por una meteorología bondadosa, lo que hemos esperado, con paciencia cofrade, al aroma de una agradable charla.

¡¡Al coqui!! ¡¡Al coqui huevo!! ¿No les ha entrado con este pregón hambre de Semana Santa?