Que la Semana Santa, la cuaresma su prólogo y su epílogo, están llenos de hechos que se repiten cada año y cada año los vivimos con ilusión renovada es incuestionable. Incluso, fíjense, hasta uno que, como quien suscribe, se encuentra en excedencia cofrade.

A nivel particular, a nivel de La Isla, el prefacio semanasantero tiene la firma dulce de la pastelería La Victoria. Rubricado en canela y clavo, pocas introducciones tienen la categoría de pregón y pocos pregones se degustan con tanto ahínco y cansan tan poco disfrutarlos como el de la corona de sus roscos. Doy fe, que la palabra muda de sus efímeros versos trenzados ocasiona, y no solo en nuestras lindes, verdadera admiración. Un pregón de enero a…, ¡hasta que se pueda!, es de las cosas más típicas que nuestra tierra posee.

En breve, en los diarios paseos, en nuestros ajetreos, descubriremos que, ¡oh, sorpresa!, el tiempo pasa con un control horario más ajustado que el de un Lunes Santo, o un martes, da igual.

Sí, pasará que en una de nuestras idas y venidas, un día cualquiera, veremos colgado o puesto de manera estratégica en algún establecimiento un cartel con aquello de «se hacen capirotes». Y empezaremos a creernos que ya está esto aquí. Aunque será La Perla o la papelería Piñero, con aires de lustrosos apellidos en esto de las artes capiroteras quienes, por derecho propio y antigüedad ganadas, den el doblez de honor. Antes, recuerdo, otro lugar de aquellos, ineludibles, era, por ejemplo, la mercería Loli, cerca del Carmen.

Los escaparates, adornados de capirotes multicolores, son, más que una señal, un aviso serio. Y si de escaparates hablamos, y a tipismos nos referimos, un rincón por excelencia inevitable es aquel coqueto y escueto de la mercería Aragón; que es casi como un visor del tiempo, de la época que toque. Mantillas, guantes blancos y negros, veneras, medallas, pasos y devociones a escala, carteles, el olor a incienso saliendo por sus antiguas puertas... Que entrar por ellas, por cierto, es como volver al San Fernando del romanticismo.

Otra de las cosas típicas, de las muchas que hemos perdido, era también, llegada la cuaresma, seguir o ser seducido por el perfume a incienso que se desprendía de la desaparecida perfumería Ruíz, al principio de la calle Rosario, junto a la nonagenaria corsetería Ramírez; también en el amplio listado para el recuerdo que va confeccionando esta Isla nuestra.

¿Típico, típico? La alternancia cultural en tiempos cuaresmales: cultos de hermandades en las parroquias y ritmos al tres por cuatro por las calles.

Típico es ir coleccionando itinerarios, y La Isla tiene tradición en ello.

Antes, hablo de los ochenta, cuando salíamos del colegio el Viernes de Dolores, acudíamos a la Caja de Ahorros de Cádiz o a la de Jerez en busca de estos anhelados útiles. En realidad, salvo excepciones puntuales, los recorridos de las hermandades diferían muy poco de año en año y el afán, más que práctico era, como digo, coleccionista. Con esos trípticos fue como muchos aprendimos los títulos completos de las cofradías;la de Medinaceli ya era de cum laude. Hoy las aplicaciones móviles y la ya tradicional, requerida y codiciada guía de La Venera, suplen con creces cualquier necesidad de información en este sentido.

Hubo, no sé si recordarán, si no yerro demasiado, sobre el año noventa y cinco y muy poco más, un itinerario muy particular que, por desgracia, insisto, tuvo una vida efímera. Fue la Asociación Juvenil Cofrade «El Llamador» quien lo realizara y, si mi memoria no me deja mal, se denominó Rosa de Pasión. Era una elaborada guía de los distintos besapiés y besamanos que se concitaban en el, valga la coletilla, Domingo de Pasión isleño.

Típicos, y sigo en épocas pretéritas, fueron los concursos de pasos en miniatura organizados por la Hermandad de Misericordia, allá donde la Caja Postal, por ejemplo, en la calle Héroes del Baleares. Y algo que no lo fue tanto, pero sí muy llamativo, fueron los dioramas de la pasión que, en épocas distintas, organizaron las cofradías de la Vera+Cruz, donde tradicionalmente montaban su belén, en la calle Rosario; y la de la Divina Pastora, en el salón de la antigua sede del Consejo Local de Hermandades, en el hospital de san José.

Típico: el pregón del cargador de la JCC. Recuerdo que en uno de ellos la banda de música del Maestro Tejera tocó y estrenó una revisada «La saeta» para este tipo de agrupaciones. ¡Un éxito, oigan!

Hay muchas más cosas que habrían de incluirse, sin duda. Sé que me quedo corto, pero entenderán que no es este el típico boletín, y todo tiene su espacio. Tampoco cito cosas tan típicas como la postulación o los ensayos, por haber tenido ya estos su particular momento en estas semblanzas. Y no expongo, a sabiendas, sobre otros tipismos que, por sí mismos, darían —o darán— para un capítulo propio.

Y ustedes, ¿qué cosas típicas añadirían?