La primera vez todo era mágico. El sueño del niño que, sin dejar de serlo, hacía el trabajo de hombres curtidos. La piel no estaba acostumbrada y las primeras rojeces lacerantes no se hicieron esperar:

Esa almohada no está bien amarrá… ¿Quién va ahí? —sonaban las palabras adustas, magisteriales, secas, seguras y casi monótonas, como si fuese una acción que tuviese que repetirse mil veces. El capataz asió la almohada con las dos manos y le dio un giro de ciento ochenta grados. —¡Quién va aquí! Y una voz minúscula, breve, casi escondida respondió un monosilábico —Yo.

Así hemos empezado muchos de los que hemos probado maera. Con el cuerpo de un hombre y la ilusión y nervios de un niño, a seguir con el legado, quizás, más autóctono de nuestra Semana Santa: el del mundo de la carga (les enlazo mi artículo en este mismo medio sobre ello y que titulé Made in La Isla).

Y es que es así. La carga en San Fernando tiene identidad propia. Una base común que los años, las nuevas generaciones, no solo han respetado sino que la han estilizado; la han hecho evolucionar según las exigencias que se han ido vislumbrando. Existe un estilo que podría denominarse purista; carga clásica que, como aquellas bandas de cornetas do re tan de La Isla (Medinaceli, Gran Poder, Isla de León…), se conciben en la actualidad como el sustrato necesario para comprender cuánto se ha avanzado y respetado en ambos sentidos. Y si no me voy mucho por las chumberas de la Casería, a colación de esa carga purista que decía, podría nombrar aquella escuela de cargadores que tenía el sello y el linajudo apellido de los palos de los Carrillo.

Enero es también el mes de los ensayos. No hay diferencia alguna con cualquier población al respecto pero, en San Fernando, estos y la postulación forman un nexo inseparable, único. La tarde de cualquier sábado de enero a marzo o abril es un punto de encuentro de dos formas de vivir y hacer Semana Santa que, en su momento, serán una perfecta simbiosis en la calle.

El rito de fajarse, pulsar la madera con el cuello, cogerse el compás, andar a una atentos a la voz del capataz, escuchar la primera marcha, la primera orden, tras haber salvado la estrechez de la puerta del almacén, de la casa de hermandad o el dintel de una capilla y cerrar los ojos plantándote, por obra y gracia de la fe y el entusiasmo, en ese día esperado, da igual cual fuera, tras el Sábado de Pasión. Quien haya tenido la oportunidad de echar al cielo un paso me comprenderá. Así prosigue cualquier ensayo mientras las parihuelas desnudas enfilan alguna calle donde poder dar sentido a su ser.

Aquellas radiocasettes, dispuestas de manera oportuna, con esas marchas que volvían a sonar, antiguas, exquisitas, con aires de siempre… Con el tiempo, de forma muy acertada, las cuadrillas fueron amoldándose a las bandas que les acompañarían haciéndose con algún CD o cinta pedidas de manera expresa para tal fin. Aún recuerdo el año que la hermandad de Medinaceli trajo aquella banda de cornetas y tambores de San José de la Rinconada —ese Requiem en la recogida, solemne como un pontifical—y pareciera imposible, hasta donde yo vi, que banda y paso fuesen una tras el otro. Esa puntualización en los ensayos, a mi parecer, fue decisiva para darle a cada hermandad, a cada paso, su particularidad en sus andares.

Los niños, los vecinos, los curiosos, los amigos, la pareja…, ayer y hoy, tras las andas, tan vacías por arriba como llenas por dentro, forman parte de ese público real, y a la vez etéreo, que aún ha de esperar hasta el Domingo de Ramos. Dentro de ese grupo de acompañantes en los ensayos están los que podría llamar trepistas. Los trepistas son aquellos, jibias hasta la exasperación, que no se pierden un ensayo de tal o cual cuadrilla y aguardan, con anhelo superlativo, que les dejen una trepaíta; ya sea con la bendición del capataz o de extranjis. Pero les hablo de ellos con total cariño y hasta admiración por su tozudez.

Hubo un tiempo, esto es cierto, donde se hacía hincapié en la desnaturalización fervorosa del cargador. Se le atribuía a este un simple afán por portar pasos, lejos de cualquier significación devota. Quien escribe, cargador que fue de la JCC y de la cuadrilla del Santísimo Cristo de la Sangre; hijo y sobrino de cargadores de la extinta Asociación de Cargadores de San Fernando (posteriormente ACI), desde luego, no lo ve así. Aquellos ensayos a deshoras con un frío desolador, lloviendo incluso en alguna ocasión, dejando aparcados momentos de asueto; aquellas caras cansadas del día, pero dispuestas para un nuevo esfuerzo del que no sacarían ningún beneficio, demostraban que en este iba la penitencia.

Pocos barrios existirán en nuestra ciudad en el que no veamos cualquier tarde del fin de semana, cualquier noche de cualquier día laborable conforme la cuaresma se nos haya echado encima como una sentencia inapelable, la trasera de unas andas que, con las marchas de toda la vida, trasiegan parsimoniosas al ritmo de sus acordes. A su alrededor, almohadas bajo los brazos, muchedumbre en penitente expectación, una voz que manda; un golpe seco, dos, tres…, ¡fondo!, ordena otra bajo los palos. No ha hecho más que empezar enero y ya hay sueños de abril en unos ojos cerrados, en una frente perlada de sudor, en un mecío…

Al desamarrar, aquel joven primerizo ya sabía que en la próxima convocatoria tiene que venir con la lección del amarre aprendida; cómo se tiene que colocar para que la maniobra de salida salga más perfecta cada vez; cómo molesta la tumefacción de la cerviz; qué bien sienta un trago de agua fresca cuando se la dio a beber el chiquillo que los acompañaba como agüaor. Y la emoción… La inolvidable emoción de su primer ensayo.