No, no me he equivocado. Es que la primera vez que yo salí a solicitar de los isleños su dádiva para una cofradía, iba soltando tal

Improperio.

Buenas tardes, ‘apostulando’ para la hermandad de Humildad y Paciencia.

¿De quién? —se sospechaba la señora, que abría la puerta dejando escapar un olor a café recién hecho tras la sobremesa. —De Humildad y Paciencia. —le insistía.

Y la señora, allá por las callejuelas de la Iglesia Mayor, sin saber muy bien de qué hermandad le hablaba, me dio cinco duros, y yo aquella fotocopia en blanco y negro con la cara del Cristo ardileño; cosa que la buena mujer miraba, mientras me reojeaba, redoblando su sospecha.

Les traslado a enero de 1987, cuando empezaba mis titubeos cofradieros, más allá de la salida penitencial, a los doce años. Postular, por entonces, era una práctica habitual. Ver colgadas de viejas alcayatas tras la puerta o apiladas, pero de forma estratégica separadas, a modo de aviso —¡eh! Por aquí ya han pasado taitantas hermandades—, sobre la consola de la entradita, un tocho de póstulas, era una precuela de lo que estaba por venir.

La postulación domiciliaria que, por tradición, se iniciaba tras los Reyes, siempre comenzaba tras las primeras inoportunas llamadas a las deshoras de la siestas con aquella frase hecha: «¿acaba de nacer y ya lo estáis matando?». ¡Un clásico! A lo que respondías con una sonrisa entre no saber qué decir y oootra vez la burra al trigo.

Los almacenes —antes no siempre solían llamarse casas de hermandad— se abrían a horas intempestivas de un invierno que ya se antojaba cansino; y eso que aún quedaba. Recuento de póstulas, preparación de carpetas, reparto de bolígrafos, división de zonas, dispersión del personal por grupos y ¡hala! Literalmente ya estaban las hermandades en las calles. Una ciudad entera sitiada y tomada. Sin bandas, sin penitentes, sin cortes ni desvíos de tráfico…, y, aún así, sitiada y tomada. Deseando que por el barrio que te tocase no apareciera los de otras cofradías antes que tú; eso era señal inequívoca de que, económicamente, te comías un colín. Particularmente, temía encontrarme con las homónimas de los barrios en sus respectivos fueros. ¡Madre de Dios! Si había alguna manera gráfica de definir una invasión, era ver a sus cofrades cubriendo los objetivos.

Saludos entre unos y otros y partes de guerra; esto es, comunicar a los que entraban que la zona estaba batida. Pero había que entrar.

Postular era y es un arte. Diría más. Era el manual con el que se adquiría descaro, se agudizaba el ingenio, se ejemplificaba con la educación, se practicaba la cortesía y se aguantaba con estoicismo los desplantes, los portazos, los malencaramientos y hasta alguna monserga del que no perdía la oportunidad de decirte lo que pensaba de la Iglesia. Ojo por ojo, hermano.

Una labor ingrata casi siempre y solo el resultado final, lo recaudado, si era aceptable, te resultaba alentador. Pero no me malentiendan, no era por el dinero, sino por el esfuerzo de caminatas, de subir y bajar escaleras y, por qué no, del saber que eras en no pocas ocasiones un incordio.

Aún así, el pueblo siempre ha respondido. Por tradición, por devoción y hasta por desconocimiento. Aún recuerdo aquel gallego que, en los pisos del paseo del Capitán Conforto me largó, como si de un impuesto se tratara, mil pesetas. ¡Y nada más pisar el barrio!

Sí, la postulación, como una forma de hacer partícipe a todos de lo que, como celebración, es de todos, no es pasado, tan solo memoria. Hoy, donde ya no todas las hermandades —permítanme el juego y la redundancia— se postulan por ello, y no pocas se ciñen a visitar a sus hermanos o a recorrer su feligresía, está bien recordar que forma parte, más que de una recolectora estrategia, de un legado que nos recuerda, que nos anima y que nos enseña, a pesar de la época tan poco creyente que afirmamos vivir, esos amores que entregamos en papel son tan parte intrínseca de los isleños como de sus cofrades.

Esta semblanza primera, cómo no, se la debía a ese arte que, insisto, es la postulación. Un paso iniciático, seguro, para más de un lector. El primer toque, mucho antes que el de ningún llamador, que anuncia, incluso mucho más aún que el esperado azahar, que se acerca la Semana Santa.