Escribir lo que te pide el alma.

No es la primera vez desde esta trastienda donde las palabras se transforman en un réquiem. Y es que hay que quemar hasta el último cartucho de esta vida para hacer buena la filosofía del carpe diem.

Nos amaneció el sábado con una noticia que, estoy seguro, dejó helado a muchos. A muchísimos. Fue la repentina llamada que nos dejó, a la mayoría, con los ojos pegados a las letras de nuestras pantallas: Ha fallecido el cofrade Daniel Jesús Nieto Vázquez. Y, de repente, como quien ha recibido una breve y potente descarga eléctrica, una turbulencia, un tifón, una sacudida enorme nos remueve los recuerdos y reaccionamos: ¡Daniel! ¡Daniel! Como si alguien nos agarrara de los brazos y nos zarandeara con fuerza. Así, al menos, fue para mí.

No voy a hacer desde estas líneas semblanza del cofrade, ni mucho menos del político, ni del hombre, que a mí para nada me corresponde; pero, como decía como solitario párrafo de presentación, sí escribir lo que me pide el alma. Y el alma me pide esto: esbozar un recuerdo. Un breve, simple, sentido y sincero recuerdo para alguien a quien conozco desde que tengo uso de razón de pertenencia al bendito barrio de la Pastora y, por ende, memoria cofrade.

Mucho y más profusas, con más razón de ser, con más dolor, con más amor, con más lógica del llanto por la pérdida, se leerán próximas letras, pero ahora que hablo de letras, mi pésame también a las que han quedado huérfanas de su pluma. Esas que tenían fecha y lugar ciertos de nacimiento. Un pésame para ellas y para nuestros oídos, para nuestro corazón, para nuestros sentimientos que, como ya cité una vez, decir nuestro es decir de lo propio y de lo común.

Sí, me lo pedía el alma. Sin ser tuyo, Daniel, más que un vecino de toda la vida, más que un reconocido desconocido de la hermandad del Ecce Homo, el alma me pedía escribirte unas líneas. Quizás no las más acertadas, ni las más profundas, pero plenas de un vacío inexplicable que necesitaba explicar.