Dijo una vez Antonio Burgos que cuando es difícil escribir sobre lo cofrade es cuando no tenemos cerca su hálito. Y creo que es cierto. Tan cierto como que el hombre es un ser que se mueve por impulsos, y el cofrade más.

Así, si Dios quiere, emplearé esta tribuna de Islapasión, a la que tengo el honor de estar abonado, y desde mi palco de La trastienda haré buena la inversión de estas letras intentando traer cada semana una semblanza de nuestras hermandades, de nuestra Semana Santa, de lo que la precede y antecede, pero a mi forma.

No leerán pregones, leerán sensaciones que, seguro, compartimos todos, o casi todos. Incluso, fíjense, hasta el más escéptico ciudadano de La Isla porque, se quiera o no, nuestra Semana Santa forma parte inherente de nuestro ADN, aunque no seamos siquiera creyentes. Aunque, año tras año, nos vayamos a Grazalema a pasar esos días para desasirnos del trasiego, del tumulto, de tambores, de cristos y vírgenes que, al parecer, no nos dicen nada. Pero es nuestro. Netamente nuestro. Profundamente nuestro. Íntimamente nuestro. Tuétanamente nuestro.

Usted que me honra leyéndome, si suele asomarse a esta página, me entenderá; si no, haré el esfuerzo por hacer patente esa latencia que ora por convicción, ora por comodidad, subyace en la capa más férrea de su sentir cañaílla. A usted, que detesta al cofrade —seamos sinceros—; que abomina de la suntuosidad y riquezas de sus hermandades; que no entiende cómo un cristiano comete los mismos pecados que cualquiera y acude a la iglesia para que se los perdone algún Dios; que huye, como he dicho, a cualquier lugar para escapar de la versión católica de lo que cree la adoración al becerro de oro. Especialmente a usted están dedicadas estas próximas entradas que no serán sino un viaje, una visión particular y compartida de lo que nos ha de acontecer desde ya mismo y de las que cree sentirse tan poco arraigado.

Y a usted, que es cofrade recalcitrante —como yo he sido—; que aguarda con ansias de niño las primeras andas ensayando a deshoras por calles y plazas; que cree atisbar en pleno enero el primer balcón abierto de par en par del perfumado azahar; que ve con satisfacción, como quien ve cerca la meta, los primeros roscos de clavo y canela en la Victoria; que respira incienso como si fuera oxígeno… Con usted anhelo saber sintonizar, llegarle, expresarme en la misma banda en la que siente con verdadera hondura eso tan difícil de explicar que es la devoción, la fe y la tradición a la que muchos nos aferramos, por legado, por curiosidad o porque sí, desde pequeños.

Sirva como declaración de intenciones, como aviso, como deseo, este prefacio a los próximos artículos de este humilde escritor que intentará ser fiel a su empeño y constante en su determinación, y que cree que habrá valido la pena esta idea de acercarles a detalles todo lo que rodea nuestra Semana Santa si les hago sentir la décima parte de lo que solo se siente cuando algo muy nuestro nos toca de lleno.

Acepto críticas [constructivas], sugerencias y hasta, si se merece, alguna palmadita en la espalda, que un dulce nunca amarga; y es que esto a lo que me lanzo es algo tan de todos —decir nuestro es decir sobre lo personal y lo común— que no se entenderían estos próximos capítulos sin su participación. Así pues, queda hecha la invitación para darle forma a estas Semblanzas cofrades.