La tarde del Viernes Santo en San Fernando ha sido siempre un punto de encuentro con una devoción mariana que se traduce de abuelos a padres, de padres a hijos y así durante más de dos siglos de historia.

Es le devoción a una blanca tez y unas manos que amparan ante una cruz cubierta con un sudario y una candelería de velas encendidas que son las mismas velas que prendieron en cada oración en su altar una mañana o una tarde en cualquier momento del año.

Es la devoción a la Virgen de la Soledad y el Cristo de la Redención que vino a aumentar -nunca a dividir ni restar- lo atesorado durante este tiempo y que durante unas horas se muestra por las calles de San Fernando.

El Viernes Santo es la luz ante los pasos de esta cofradía saliendo por las puertas de la Iglesia Mayor pero lo es sin duda cuando cae la noche y el cortejo busca los recovecos de u itinerario que cruza las calles históricas del barrio de la Iglesia Mayor.

Allí, en el barrio, tiene a una gran cantidad de sus hermanos. Devotos de toda la vida, familias enteras. Una devoción que poco a poco se va traduciendo también en un cortejo que gana en número -y en detalles- en los últimos años.

El paso de misterio del Cristo de la Redención nos sirve como antesala. Música de capilla y una carga portentosa de una cuadrilla que no diría que es Viernes Santo. 

Pero todas las miradas siguen puestas en un punto: la Virgen de la Soledad. Desde que sale por el dintel de la Iglesia Mayor hasta que cierra esa Semana Santa de la nostalgia, esa que se acababa con su recogida a los sones de Mater Mea.

Y es que todo en su caminar es nostalgia. Nostalgia de un San Fernando militar en sus laureadas, un San Fernando de tradiciones y costumbres, un San Fernando de la Virgen de la Soledad cada Viernes Santo.

Para mayor nostalgia la que nos evoca recordar la tarde-noche del Viernes Santo recordando el perfectamente seleccionado repertorio tras el manto de la Virgen por la Banda de Música de Agripino Lozano. Clasicismo y medida. 

La nostalgia nos invade al contemplar el regreso por su barrio hasta la Iglesia Mayor donde unas puertas nos indican que casi todo está ya por acabarse.

Antes que se cierren se interpreta "Mater Mea" y en este caso, al cumplirse cuatro décadas de unión entre la banda de Agripino Lozano y la hermandad los músicos entran tras el paso, mirándola cara a cara por vez primera.

Los sones son certeros y marcan -se podrían cerrar los ojos y se sabe que momento es de la Semana Santa- el final de una tarde-noche muy especial a la que la cuadrilla de la Virgen de la Soledad llega muy a lo justo en unas levantás finales que demuestran el cansancio de un día y quizás también de toda una semana. 

En el interior se reza cantando y un cerrado aplauso de los hermanos dan por concluida una nueva salida procesional.

La nostalgia de la Soledad, La Isla misma añorando una nueva salida, una nueva Semana Santa, una nueva tarde junto a la Virgen. (ISLAPASIÓN).

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