No pudo salir mejor. No había forma alguna de disipar las dudas de una mejor manera posible. La madrugada soñada se hizo realidad. 

Pasaban algunos minutos de las doce y media de la madrugada en el interior de la Iglesia Mayor los pasos de Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores situados en el altar mayor. Mientras en el interior se reunía la Junta de Gobierno de la hermandad para decidir sobre la salida procesional. 

Desde bien temprano se apuntaba a alguna probabilidad de lluvia ya entrada la madrugada pero los últimos partes que se manejaban no apuntaban eso sino una estabilidad durante toda la noche y el comienzo de la mañana. La Junta de Gobierno se agarró a esos pronóstico y decidió salir a las calles de San Fernando.

Se comunicó la decisión a los hermanos por parte del Hermano Mayor, Miguel Ángel Cruceira, que se despedía con unas sentidas palabras ya que tras esta salida procesional dejará el cargo ante un inminente cabildo de elecciones. A las dos en punto en el reloj de la Iglesia Mayor se abrían las puertas para que las túnicas moradas inundaran la arteria principal de la ciudad.

En el interior un silencio frío se adueñaba de los presentes mientras el murmullo del exterior se colaba a rachas, como el viento de dejó de soplar a esa hora. No hacía frío, ni nubes en el cielo, ni nada que pudiera empañar la noche de Jesús Nazareno. Y así fue. El paso del Regidor se alzó sobre el mármol del primer templo de la ciudad para salir a la calle. Fuera, las cornetas y trompetas de Lágrimas de Dolores -enorme la agrupación en tamaño, afinación, potencia y todo lo que quieran añadir- apuntaban los primeros compases mientras con una maniobra perfecta el Señor de la Isla se adueñaba de la Plaza de la Iglesia.

Una salida elegante. Atrás quedaron esas enésimas subidas y bajadas de la rampa. Ahora sale Jesús Nazareno y se acerca a su pueblo, sube la rampa a medias y vuelve a salir para girar en su entrada en Carrera Oficial. Aplausos, lágrimas, peticiones, todo eso es la salida del Nazareno, pero es sobre todas esas cosas un escalofrío que se clava como las miradas lo hacen -sin necesidad de foco- en el rostro de Jesús Nazareno.

Se adentra el paso en la Carrera Oficial y en el interior del templo se alza el paso de palio de la Virgen de los Dolores. Grandísimo el trabajo de esta cuadrilla que se afana en hacer una carga tradicional pero bien entendida, sin estridencias, sin brusquedades, eso también forma parte del pasado. Fuera la recibe su banda que interpreta las primeras marchas de un repertorio escogido para hacer mejor si cabe esta estación de penitencia.

Del recorrido en la noche destacar algo menos de público pero mucho mejor que en años anteriores. La subida por Hermanos Laulhé y Cayetano del Toro hizo que el público congregado fuera a eso, a ver una procesión, y se alejara de otros condicionantes. Las cuadrillas se crecen en calles como Hermanos Laulhé o la subida de la calle Murillo. En las estrecheces se ven las maniobras más complicadas y las mejores resueltas. 

Llega el cortejo a la calle Ancha y comienza a despuntar la mañana. Con el cambio de luz se adivinan todos los detalles que la noche guardaba. Se suceden las saetas, las levantás dedicadas, las oraciones y peticiones. Todo sigue pero a plena luz. Las marchas se suceden al mismo nivel por parte de las dos bandas y las cuadrillas levantan como si fuera aún las dos de la mañana. 

El Regidor Perpetuo llega a la Plaza de la Iglesia que está llena de fieles que esperan el último momento de esta madrugada, ya mañana de Viernes Santo. La Virgen de los Dolores sube Real en una demostración de lo que es esta hermandad. Los hermanos anteceden a los pasos y delante de los mismos son muchos los que acompañan. 

El encuentro sigue como siempre. Jesús Nazareno baja parte de Real y juntos llegan a la puerta de la Iglesia Mayor. Ya allí las últimas marchas y los últimos aplausos hasta que el paso de Jesús Nazareno se posa de nuevo en el mármol de la Iglesia Mayor. Hasta el año que viene Nazareno dice su capataz finalizando la madrugada soñada por los hermanos del Nazareno que se hizo realidad en todos y cada uno de los aspectos. (ISLAPASIÓN).

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