Diga usted, lector que me honra con su atención, que ya sí que sí. Que ya no es ni una semana lo que queda; que falta menos para que asome por cualquiera de nuestras esquinas el primer capirote. Que a las cabañuelas las dejen para el campo, y que los partes meteorológicos, como deseamos los cielos, se despejan. Que ya hay que empezar a sacar la túnica que aún está guardada y dejar que se airee antes de la gran y final planchada; esa que la dejará con más lustre que a un varal de plata. Que ahora las iglesias, rotas de su tranquilidad habitual, es un trasiego de curiosos que buscan con avidez los pasos. Ay si esa tranquilidad estuviera todo el año rota. Y más, mucho más. Diga usted que sí.

El pregón de Muñoz Rivero, apellidos que, como ocurre con los capataces en Sevilla, parecen querer perpetuase por derecho propio frente al auditorio del Teatro de las Cortes en tal evento, ha consignado al fin el equipaje de todo un año de trabajo cofrade con destino al Domingo de Ramos. Hay quien cree que el pregón de la Semana Santa es solo eso: el pistoletazo. Y es mucho más. Es la reivindicación de lo que veremos, del porqué lo veremos, del porqué lo hacemos y, sobre todo, del porqué es necesario; y el que tenga en su haber tal encargo no lo envidio, lo compadezco. Porque hay que tener fe y coraje –mucha fe y mucho coraje– no para decir el pregón más bello, sino para proclamar el más desnudo, el más sincero. Ese que hable de motivos y no se pierda en vanos detalles. Es como, pongo de ejemplo, si al mirar a un paso se detuviese en mirar el movimiento de las caídas en lugar de mirar a su cielo. Sí, porque los pasos tienen cielo; ese donde deben perderse nuestras miradas alzadas y nuestros pensamientos.

Este año, citando a Sevilla de nuevo, se ha dado allí un extraordinario suceso: no ha habido pregonero. No ha habido pregonero porque la palabra ha cambiado su género y ha sido una mujer quien ha alzado su voz para decirle al sevillano lo mismo que Muñoz Rivero le dijo al isleño: ya ha llegado el momento. Sevilla, madre y maestra de mucho, porque así es y es de justicia reconocerlo, sin embargo, ha considerado algo novedoso el que una mujer desgranase las joyas de su Semana Santa, ese tesoro. Ese tesoro en el sentido más amplio, cultural, religioso y hermoso, que para nada lo digo en el más oneroso.

No sé si lo saben, que sí supongo, pero en esta bendita tierra, en este pequeñito rincón, patria siempre querida y no siempre admirada, sin embargo, en el cincuenta aniversario de su pregón de Semana Santa, podemos decir con el orgullo de lo bien hecho que esta primera exaltación la dio una mujer, poeta a más señas: la jerezana Pilar Paz Pasamar, fallecida hace poco. Y miren ustedes que no soy amigo de distinciones por sexos, que lo que hagan la mujer y el hombre poco me importa que sean uno u otro si es de provecho. Sin embargo, que aquello que en la hispalense urbe sea algo sin parangón y aquí ya hayan sido tres las veces que una dama diera el pregón me supone, cuanto menos, una curiosa satisfacción. Satisfacción que, reitero, nada tiene que ver con el sexo pregonero, sino con aquello de poder decir que La Isla, en su historia particular, fue lugar donde nos adelantamos de nuevo.

Ya lo ven. No solo fue un día especial el del Domingo de Pasión por el pregón defensor del derecho a creer y respeto a los creyentes, por su denodada exposición a la hora de exponer sin medias tintas que ya está bien de ser el blanco de las ofensas, de recorrer palmo a palmo barrios, de consagrar a cada devoción que existe en San Fernando sus palabras, de recordar las vivencias y las personas que lo han hecho cofrade en su sentido más extenso e íntimo, ese que muchos miran con el desdén del  desconocimiento.

Hizo bien Juan Carlos Rivero en poner a los pies del nazareno del Cristo, a los pies de su Jesús de los Afligidos, su pregón porque, ante todo, Cristo. Y lo he dicho, hay que tener fe y coraje –fe ciega y mucho coraje– para aceptar la cruz de ser pregonero. Tuvo, como digo, en su garganta el honor de un día especial: el de proclamar nuestra Semana Santa en las bodas de oro de su pregón; pregón que en 1969, y recién estrenado, una mujer diera por primera vez; que eso en La Isla no es extraordinario, sino maravilloso, y no ha sucedido ni una vez ni dos, sino tres, y las que tengan que ser.

Diga usted que sí, querido lector, si aún me sigue en estas líneas. Voy a ser elemental, voy a ser poco, nada, teológico, me voy a dejar llevar tan solo por los sentimientos: ¡ahora empieza lo bueno! Usted y yo nos entendemos.