Pasó una Semana Santa de ensueño. Una más. Y ésta casi completa. Yen la transición de las Glorias tendremos que ser capaces de asimilar, de nuevo, lo efímero de la semana más hermosa del año. Desierta la vía dolorosa que cruza de un barrio a otro la ciudad, se echa en falta el nazareno que pide la venia en el palquillo.

Los cofrades caminamos estos días sin rumbo, desorientados, como necesitados de un capataz que nos ayude a ponernos en carrera para afrontar la trepá más larga. Hemos sido testigos a través de los sentidos de la explosión artística de la Fe. Rendidos por entero, hemos vivido momentos que sólo cobrarán sentido cuando volvamos a recordar la Semana Santa de nuestra niñez. Cuando la memoria nos ayude a discernir lo importante entre lo irrelevante y, al ponernos de nuevo el antifaz, nuestros ojos sean los ojos en los que se mira la devoción de toda una ciudad.

Dejamos atrás una Semana Santa de momentos ejemplares y de honrosos recuerdos, que ha demostrado que sin Cruz no hay Gloria ninguna. Que cuando sus cofradías la anuncian en la calle no hay nada que se la compare. Y este tiempo litúrgico también cobra sentido en la demostración de Fe que realizan quienes visten su túnica o se ponen bajo palos, quienes durante horas y horas marcan sonoro el compás y quienes se dejan el corazón en una saeta, que dicen que es rezar dos veces.

Qué más da si nuestra Semana Santa es o no la mejor Semana Santa. Lo importante será cómo la recordemos llenando ese vacío que nos deja la Soledad de un Viernes Santo consumado. Será suficiente con que nos haga ansiar una nueva luna de Nissan. En un callejón de ánimas que nunca tuvo tanta vida; frente a unos barrotes que encierran una Fe de clausura; o en el regreso a un barrio que estuvo todo un año esperando este momento. En esa levantá que nos sobrecoge qué más dá donde se dé o en ese silencio que nos atrapa y que definitivamente nos hace expirar.

Descubramos todo lo que esta Semana Santa ha sido capaz de dejar en nosotros. Concedámonos una nueva Cuaresma de recuerdos que sacien el ayuno al que nos obliga, de nuevo, el calendario. Dejemos que ésta otra Semana Santa, la que ya hemos vivido, nos recuerde lo que fuimos una vez y lo que volveremos a ser llegado el momento.

Comencemos a soñar lo vivido y que la nostalgia no nos impida disfrutar de ello. Felices vísperas.


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