Una vez ya pasada esta Semana Santa 2014, en la que por fin hemos podido disfrutar de un buen tiempo después de tantos años de inclemencias metereológicas, llegan los días de rememorar los momentos vividos en los que hemos acompañado a nuestras Cofradías, de quedarnos con esos instantes que nos han llegado dentro, y de sacar conclusiones, unas positivas y otras no tantas, de lo acontecido para tenerlas como referencia en años venideros...

En ella he intentado combinar por un lado, mis obligaciones como componente de la Banda Municipal, así como la de mero espectador en mis pocos ratos libres de los desfiles procesionales de otras Hermandades, tanto de San Fernando como de otras localidades.

Mi particular Semana Mayor como espectador comienza, como viene siendo habitual en los últimos años, el Sábado de Pasión en Jerez de la Frontera, con la  llegada de la Hdad. de la Sed a la Iglesia de San Miguel para hacer su Estación de Penitencia. Estar en ese marco incomparable, con esa plaza abarrotada, empezar a oler a incienso y ver aparecer la cruz de guía de la Hermandad, me hace ser consciente de la realidad, “ya está aquí, ya ha llegado”. Y si ya, la banda que la acompaña al Cristo es “Rosario” de Cádiz, no se puede pedir más...

Pero lo que más me llama la atención, lo que me cautiva, es el momento en que aparecen los ciriales en la plaza y de repente se produce un silencio absoluto, signo de respeto y de que el paso se está acercando. Es un culto externo, y si en el culto interno se hace, no sé por qué el externo debe ser menos. Como resultado, se puede escuchar perfectamente la música, porque la gente se calla y el ambiente invita a ello...

En mi faceta como músico, en relación con la columna de opinión anterior, dar mi más sincera enhorabuena a las Hdades. de Columna y Medinaceli por sus brillantes repertorios, cada una en su estilo.

La Virgen de las Lágrimas, ha demostrado con creces que no hace falta caer en las rumbitas ni en lo chabacano para llevar un repertorio alegre -combinando marchas de toda la vida como “Pasa la Virgen Macarena”, o menos difundidadas como “El Dulce Nombre” de Farfán, o más modernas como “Virgen del Rosario Coronada” de P. Ojeda-. A las “Hermandades de bulla” se les puede incluir en algunos lugares del recorrido algunas “pinceladas” de otro corte, que no harían más que engrandecer su acompañamiento musical, como en las calles 24 de septiembre de 1810 con “Valle de Sevilla” y en San Francisco de Asís con “Margot”. ¡Chapeau! O dicho a nuestro modo... ¡Me quito el sombrero!

En lo referente a la Virgen de la Trinidad, poco a poco van definiendo un estilo solemne y elegante, como merece una Hermandad de túnicas negras y con palio de cajón, pero sin caer en lo fúnebre. Que sonaran marchas como “Hiniesta” de Peralto, “Saeta Cordobesa” o “La Sangre la Gloria” es un auténtico gustazo, así como la isleña “Calvario” de Pepe Ribera. ¡Ojalá sigan por este camino!

Todo este avance en cuanto al cuidado de los repertorios y la apuesta por la calidad de las composiciones musicales, lo echo en falta en lo que concierne a una parte del público asistente. El poco respeto que siguen mostrando durante el recorrido, la ausencia de silencio y el barullo que hay en algunas calles es insoportable. Cruzan por medio de la banda, sin importarles si los músicos están tocando o no, si lo cogen desprevenidos en una parada y entre empujones  se pueden caer los instrumentos y golpearse, ocasionando un verdadero estropicio... “Señora, ¿adónde va con el carrito y encima de gemelos? ¡¡Espérese que pase la banda al completo o dese la vuelta y pase por detrás de la formación!!”

De verdad pienso que la mayoría de la gente no sabe a lo que va, ya que muestran la misma actitud viendo pasar una procesión, que viendo pasar la cabalgata de Reyes o la de Carnaval. Pero bueno, alguno te dirá que eso del “respeto” y del “silencio” es cosa de los jerezanos o sevillitas...



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