Noviembre es el mes de los crisantemos. El tiempo de acicalar la memoria. De hacer recuento de ausencias. De visitas al cementerio. Allá, en los vastos jardines sin aurora. Donde habita el olvido. Pero la Esperanza, la que tiene de apellido Triana, le cambió las veladuras negras. Le injertó la primavera ausente. Le devolvió a la ciudad el sol de la infancia perdido en días de lluvia. Salió a celebrar seis siglos de historia. De vida. Y le rompió las costuras a las dos orillas. Hasta colmatarlas de gente. De mucha gente. Más de 250.000 personas, según cálculos del Ayuntamiento de Sevilla.

La Esperanza es expectación elevada al cubo. La que se sentía en la mañana del jueves en las calles del viejo arrabal. Cadenas de flores y anclas verdes. Un mar de papel y cartón por donde navegan las ilusiones. Desde primera hora Pureza aparecía aforada. Se ponía en marcha el dispositivo de seguridad diseñado para la ocasión. Vallas en las que pronto se apoyaría un público dispuesto a esperar cuantas horas hicieran falta para ver la procesión. La mañana fue un punto y aparte. Los cielos pasaron página. La lluvia se convirtió en pretérito. No había más que luz. En la Capilla de los Marineros se sucedían las visitas. El adorno del paso se mantenía fiel a un estilo perpetuado las últimas décadas. La exuberancia es marca de la casa. Y pocas pueden permitírselo. Nardos, gladiolos, rosas y azucenas sobre las que la Madre del Cristo de las Tres Caídas parecía flotar. Galeón de plata que pondría rumbo a Sevilla pasadas las cuatro de la tarde.

A esa hora una ráfaga de cohetes anuncia que las puertas de la capilla se abren. Sale la cruz de guía. Fuera se ovaciona. En el Altozano resulta imposible transitar. Quien cruce el puente debe quedarse allí anclado. Trasiego de sevillanos, turistas y algún que otro despistado con bicicleta. “No sabía que hoy había procesión. De eso sólo están al tanto los capillitas”. El público, compasivo, le abre un pasillo para que pueda salir sin tener que atravesar la marea humana que colmata la plaza.

La Banda de San Juan Evangelista llega a la Capillita del Carmen. Aduana trianera de espíritu regionalista. De nuevo se escuchan cohetes. La Esperanza está en la calle. Aunque la gente no la vea, aplaude. Sabe que pisa ya el mismo suelo que ellos. El de un barrio donde esta tarde regresan aquéllos que viven en la diáspora. Suelo compartido por turistas de pantalón corto a los que poco importa que el mercurio baje. Para ellos siempre es verano en Sevilla. Aunque los termómetros apenas superen los 20 grados. Su hablar y su rostro de perplejidad ante la bulla los delata. Fijan la mirada en los últimos balcones de Pureza. Allí arriba hay jóvenes con chaquetas preparados para una petalá. Los sones de la banda se escuchan cada vez más cerca. Los ciriales van subiendo hasta el Altozano. Aparece el palio de la Virgen y en ese momento llega la lluvia hiperbólica de flores. Pétalos rojos y amarillos. No hay tregua para manos y brazos. Ni para la garganta. Un quinceañero se desgañita en vítores a la Virgen. Los cangrejeros le responden con vivas y alabanzas. Así hasta que el paso corona la plaza que la despide.

El palio cruza el puente y se lleva prendido los últimos reflejos del sol de noviembre. El ocaso de Todos los Santos llega en Reyes Católicos. El cortejo toma todo el eje entre Rioja y Paseo de Colón. La lumbre de la Esperanza prende en los cirios de los hermanos. La noche se echa encima. El otoño presta sus credenciales al momento. No hay sólo nubes de incienso. Algún puesto de castañas también aporta su sahumerio en este día de anclas prendidas en la solapa de las chaquetas.

La procesión avanza por las entrañas de la ciudad. La corporación municipal recibe a la hermandad en el andén del Ayuntamiento. El galeón de plata busca la penumbra afilada de la Catedral. La candelería refulge en el refregaor que inventó Fernando Morillo, aquel joyero que humanizó a la Dolorosa más castiza. La de los ojos grandes. La de la piel morena. La de los robanovios en los hombros. La que despojó a noviembre de negrura para anclarlo a su nombre. La Esperanza de Triana.

Galerías: