Si yo pudiese, Madre,

de nuevo de versos regarte.

Ay, Madre, si yo pudiese.

Si yo pudiese  regalarte diamantes

en lugar de estos cristales vulgares.

    Ay, si yo pudiese regalarte.

Si yo pudiese te regalaría una corona

de esas que solo ciñen los ángeles.

¡Qué desdichados los metales!

Ni oros ni platas

valen lo que tu mirada.

    Oh, si yo pudiese mostrarte

lo que a fuerza de canas en mi sien,

a fuerza de tanto recordarte,

a fuerza de tanto amarte,

a fuerza de tanto necesitarte,

he aprendido qué quiero darte.

Las letras que me salen,

tinta roja de mi sangre

que a borbotones manan,

es como herida abierta

que no hay como cerrarla.

    Ah, si yo pudiese

sería lágrima en tu candelería,

sería cairel de tu palio,

sería pañuelo en tu mano,

sería rayo de sol de Lunes Santo

solo por volver a estar a tu lado.

Qué fácil rimar las palabras.

Sí, qué fácil.

Qué fácil decirte «¡guapa!».

Qué fácil escribir con el corazón,

pero qué difícil no perder la razón

mientras te piensa mi alma.

 

  Si yo pudiese…

  ¡Ay!, si yo pudiese.

  ¡Oh!, si yo pudiese.

  ¡Ah!, si yo pudiese,

te escribiría un pregón

con fragancia de azahar de calle Ancha,

con sabor a canela y clavo,

con melodía a tu barrio.

Qué verso, Salud, tu nombre;

qué verso tan bien tallado.