Parecía que alguien había escrito una historia en la que, a cada paso dado, todo eran malas noticias. Desde hace algunos años una bicentenaria cofradía vive uno de sus peores momentos en todos los ámbitos. Los cofrades de Vera-Cruz luchan, a diario, por sostener una hermandad que sin su capilla restaurada, con problemas económicos muy graves y encima con la lluvia del Miércoles Santo del año pasado. A esto se le sumó también la marcha de su cuadrilla por no disponer de acompañamiento musical este año.

Todo pintaba mal, muy mal, para esta hermandad. Pero sus hermanos quisieron que el Miércoles Santo no quedara huérfano de una de las señas de identidad de nuestra Semana Santa. Y así fue. A veces "Dios aprieta pero no ahoga" como se escuchó en el interior del templo del Santo Cristo minutos antes de la salida de la cofradía.

En rotundo silencio solo con el paso de sus cargadores guiados por Juan Carlos Peña y el sonido del crujir del madero que sostiene al Cristo de la Vera-Cruz la cofradía fue ganando metros no solo de su recorrido sino también de su alargada historia.

Todo eran dudas: Una cuadrilla nueva, heterogénea, que iba a tener que sacar quizás el paso más pesado de nuestra Semana Santa sin música. También la organización de una cofradía que debía acomodarse a ser la última del día y aún así mantener su ritmo con la cadencia de una hermandad de negro.

Todo eran dudas y las dudas se disiparon. La cofradía de Vera-Cruz supo dar una imagen por encima de cualquiera de las expectativas creadas. Y La Isla cofrade lo agradeció.

El paso por Ancha en su recorrido de ida -marcado por el lento caminar debido al retraso en este punto de la cofradía del Gran Poder-, su estación de penitencia en la Iglesia Mayor con imágenes de verdadero recogimiento y un andar decidido y alargado de una cuadrilla que supo estar a la altura.

Sin duda, ya de regreso al Santo Cristo, la imagen de esta cofradía por la calle Churruca puede ser uno de los momentos cofrades más espectaculares de los que acontecen en nuestra Semana Santa. No más de un centenar de personas en toda la calle. Público selecto para un cortejo que hace soñar estampas en sepia de esta misma cofradía hace muchas décadas. Vera-Cruz de vuelta por su barrio transporta a muchos años atrás y eso, lo agradece el buen cofrade.

El paso por la capilla con el sobrecogedor sonido de sus campanas tocando a duelo y la vuelta al templo del barrio del Cristo marcaron el punto final cerrado con las lágrimas de los hermanos cruceros ya dentro de la iglesia que significaban tanto esfuerzo por mantener viva la cofradía. (ISLAPASIÓN).

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